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Alrededor de un tuit

Hace unos días leí un tuit que, aunque estaba redactado de una forma quizá demasiado directa, pareció plenamente acertado en el fondo.

Venía a decir que a menudo encontramos a quien rechaza ir a misa porque dice que no tiene tiempo para perder, pero en cambio se apunta a dos o tres sesiones semanales de yoga. Quien critica la obligación de abstenerse de comer carne los viernes, pero que se jacta de haberse hecho vegano. Quien menosprecia la oración, pero encuentra todo tipo de beneficios en la meditación. Quien nunca se ha confesado, pero que acude regularmente -y pagando- al mejor coach que dice haber encontrado.

Todas estas opciones personales tienen en común centrarse en la autosuficiencia humana. El hombre, no sólo prescinde de Dios y del sentido de trascendencia, sino que se cree capaz de sustituirlo con soluciones autorreferenciales y puramente inmanentes.

En el fondo, lo que existe es una sustitución de las respuestas por las soluciones. Intentaré explicarlo haciendo un paralelismo con los coches.

A las personas nos ocurre como a los coches (o las motos). Desde que salimos de la fábrica materna y empezamos a circular por la vida, o sea, por las autopistas, las carreteras nacionales, las vías secundarias, las pistas forestales sin asfaltar y las complicadas redes viarias urbanas, nos desgastamos, necesitamos revisiones periódicas, sufrimos rasguños en la carrocería y, de vez en cuando, algún bulto más o menos fuerte, o incluso un accidente más grave, más estructural, que nos deja fuera de circulación durante un tiempo.

Cuando ocurre alguna de estas circunstancias, necesitamos “soluciones” para resolver los problemas y poder seguir circulando en buenas condiciones o sin riesgo. De la misma forma que llevamos el coche al mecánico, las personas acudimos a los médicos, a los psicólogos, a los fisioterapeutas o cualquier otro profesional o experto que nos puede dar una solución para seguir circulando. Son soluciones meramente humanas.

Pero ninguna de estas soluciones es una respuesta. No es una explicación sobre el sentido de nuestro viaje: no nos explica de dónde venimos, dónde vamos, y qué sentido tiene nuestro viaje vital.

La eucaristía, el sacrificio piadoso en forma de abstinencia, la oración, la confesión, se sitúan en el terreno de las respuestas a las grandes preguntas, a las que nos interpelan sobre el sentido último de nuestra existencia terrenal.

La angustia, la soledad, la crueldad y la falta de amor, que a menudo forman parte de la vida de millones de personas, es normal que generen una búsqueda de respuestas, una búsqueda de sentido. Pero las soluciones nunca serán una respuesta. Una carrocería repintada y un motor reparado de un coche no dan sentido al viaje. Pueden ayudar a hacerlo en mejores condiciones, pero no lo explican, no relatan su porqué, su profundo sentido existencial.

El triunfo comercial del coaching personal, de las dietas y las recetas “naturales”, la práctica de actividades como el yoga o de otros recursos de actividad física y mental, las meditaciones panteístas (en el mejor de los casos) o simplemente idolátricas , son la dramática expresión de una gran necesidad de respuestas profundas a las grandes preguntas que las personas nos formulamos ante el sentido de nuestra vida.

Pero cuando pensamos que estas respuestas pueden venir de soluciones limitadas a los recursos y las capacidades de la inmanencia humana es cuando nos equivocamos y cuando, lejos de salvar (sanar) a las personas, no se hace más que entrar en una dinámica perversa de una sucesión adictiva de terapias que no aportan una verdadera respuesta al sentido de la existencia humana.

Cuando hablamos de las raíces cristianas de nuestro mundo occidental, hablamos también de esto, de estas referencias culturales (sociales, vivenciales) que dan sentido a la existencia, que son respuestas a las grandes preguntas de la humanidad.

Unas respuestas que son una invitación a la humildad, a sabernos limitados y saber confiar en el amor infinito de Dios Padre. La salvación no depende de nosotros. De nosotros sólo depende, y no es poco, ser capaces de amar y dejarnos amar.

En la eucaristía encontramos la actualización y celebración comunitaria del misterio de la encarnación, y la radical salvación de la humanidad a través de la resurrección del cuerpo y de la carne del Dios hecho hombre. Es la concentración ritual del misterio de nuestra Fe.

La abstinencia nos aporta una invitación a la frugalidad, a sufrir con quienes sufren carencias de todo tipo, y a recordar la entrega sacrificial de Cristo para redimir a toda la humanidad.

La oración frecuente es nuestra forma íntima de hablar con nuestro Padre. Como decía el catecismo que estudié: “Orar es hablar con Dios, nuestro Padre celestial, para alabarle, darle gracias, y pedirle toda clase de bienes”.

Por último, la confesión es el reconocimiento de nuestras faltas, de nuestras limitaciones, y de la necesidad de ser siempre perdonados, en la confianza del amor infinito del Padre.

Como podemos ver, las respuestas son diferentes a las soluciones “mecánicas”. Las respuestas hablan del sentido de la vida. Una vida orientada a la plenitud, y que sólo encuentra su sentido en la trascendencia. Una trascendencia que nace de la condición gratuita de Hijos de Dios, y que es la base de la radical dignidad de toda vida humana.

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