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Juntos (a) por la vida

Dado cómo está el mundo de revuelto, y para no perder el tiempo mareando la perdiz con vocabularios aguados e incluso ambiguos, como nos sucede a menudo, hace falta que nos preguntemos de entrada qué es para nosotros la vida. ¿La raíz de nuestra existencia, o hacer lo que nos rota? Según sea la respuesta a esta pregunta, la siguiente será aún más personal e intransferible: “¿Es para mí la vida la oportunidad de ganarme individualmente pero fraternalmente la vida eterna?”. La respuesta va definiendo nuestra propia transformación de ser humano en ser divinizado. Y luego: ¿Vamos “a” o “por” la vida? Ésta última será ya la que nos situará en el escalafón de “amar” o en el de “usar y tirar”.

Observamos que será determinante, pues, nuestra orientación inicial para no desviarnos del camino marcado por la propia Naturaleza (en última instancia, por Dios), y no desgastarnos las suelas de las sandalias yendo hacia horizontes vacíos de contenido donde solo existe el caos, que nada tienen que ver con la razón profunda e irrevocable de nuestra existencia trascendente. Nuestra meta es eso que tanto anhela nuestra ánima en pena: el Bien, la Belleza, la Paz, el Amor, la Verdad. Y eso, para siempre. En definitiva, trascender.

Ten en cuenta, amigo, amiga, que tal como vivamos aquí viviremos allí, pues la vida eterna no es nada nuevo, sino que existe desde “antes de la fundación del mundo”, como afirma Jesucristo (“Pan de Vida”), de sí mismo (Jn 17,24 y Jn 6,30-35). Por tanto, es una prolongación de esta nuestra vida terrena tan imperfecta… o la que puedan tener seres personales de otros planetas, ¿por qué no?

Podríamos preguntarnos, entonces: ¿qué hago yo por la vida? ¿Defiendo la vida, eso es, la existencia humana desde la concepción hasta la muerte natural? ¿Colaboro en difundir entre mis amistades (y más allá, por qué no) la razón natural humana, que no tiene por qué depender en principio de ninguna adscripción religiosa, sino ser la base de una cultura de la vida? La vida con minúscula es camino hacia la Vida con mayúscula, como nos advierte el Dios de la Biblia, sí, pero que nuestra razón natural puede racionalizar e interpretar, tanto si creemos en Dios como si no, por la mera observación de la Naturaleza.

Todos luchamos de modo distinto, manifestando la diversidad existente en la vida terrenal creada de la nada por Dios, y redimida por Jesús. Todos conseguimos o no sembrar la buena semilla con nuestra azada (nuestros dones), por medio del trabajo santificador o bien explotador del prójimo, de manera que la vida que logramos cuando la semilla crece y comunica vida (nuestros frutos) es mayor o menor, e incluso nula, teniendo en cuenta que lo que cuenta es la calidad y no la cantidad.

Observando la Naturaleza, advertimos que así es. En la vida humana vive y sobrevive la diversidad natural, que nada tiene en común con la artificial. Ésta no es más que manipulación del hombre por el hombre, pura degeneración o al menos subsidiaria. Todos debemos participar en la expansión de la vida. Planteémonos: “¿Cuál es mi propio estilo de comunicar vida?”. Quizás despertamos ante la asistencia de amigos a manifestaciones públicas a favor de la vida, o incluso por medio de la participación en ellas. Quizás damos la mano al necesitado. Podemos también abnegar nuestra vida dando vida a nuestros propios hijos para devolverle a Dios el don de la vida, que nos ha hecho co-creadores con Él. O bien es posible que sea por medio de nuestro trabajo que irradiamos el saber hacer y el saber vivir. Tú decides, hermano. En tus manos queda, hermana.

Así pues, como la Vida es vida para siempre y porque la próxima nos la “ganaremos” con nuestras obras unidas a los méritos de Jesús, será importante que también nosotros ajustemos nuestro caminar a las enseñanzas del Maestro, que nos ha abierto la puerta por si nosotros queremos entrar. Sin amenazas. Sin obligar a nadie. Respetando escrupulosamente nuestra libertad. Eso sí, avisándonos (desde su perspectiva de eternidad) de los errores en los que podemos caer viviendo en humano (que es subsidiario al vivir divino), para ayudarnos a conseguir llegar ufanos a la Puerta, y que san Pedro con sus llaves nos la abra.

Vayamos de la mano para que nuestra existencia sea consecuente con ella misma. Debemos prepararnos para ser luz (Mt 5, 14-16; 25,1-13) en esta hora oscura de la Humanidad, tomándola de Jesús, “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero” (como recitamos en el Credo). Así nos será posible hallar (ya en la vida con minúscula) el Bien, la Belleza, la Paz, el Amor y la Verdad. Será suficiente para ganarnos la misericordia de nuestro Creador, que nos ofrece estos sus dones para ganarnos la Vida (con mayúscula), de manera que juntos y llegados al Fin con paso firme, podamos exaltar nuestro ánimo: ¡Viva la Vida!

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