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Amor a los enemigos

Quien responde al terrorista con terrorismo ya ha sido convertido en terrorista por su enemigo. Puede obtener victorias externas, pero en su interior ya ha sido vencido. Se ha enrolado en la categoría malévola de a quien pretende combatir.

Por supuesto, que existe el derecho a la legítima defensa. Pero ésta ha de realizarse sin odio, tratando humanamente a quien quizás sea inhumano.

Esta actitud se ve iluminada por el mensaje de Cristo, que nos dice que amemos a nuestros enemigos y hagamos bien a quien nos odia:

“Pero yo os digo a vosotros que me escucháis, amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborrecen (…) Si amáis a los que os aman ¿qué gracia tendréis? (…) Pero amad a vuestros enemigos (…) y seréis hijos del Altísimo, que es bondadoso para los ingratos y los malos (…)” (Luc 6, 27-38).

Y en Mt 5, 43-48: “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos y llueve sobre justos e injustos (…) Sed, pues, vosotros perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial.”

Muchas veces somos enemigos de nosotros mismos, por el pecado que cometemos, que nos priva de la paz y el amor verdadero. Así, después de recibir el perdón de Dios, hemos de perdonar al enemigo que somos nosotros, con el perdón que Dios nos da. Y, por extensión, hemos de hacer participar del perdón divino a los que nos ofenden.

Y la medida de nuestra reconciliación con Dios viene dada por nuestro perdón a los ofensores:

“Porque si vosotros perdonarais a los hombres sus faltas, también os perdonará a vosotros vuestro Padre celestial. Pero si no perdonarais a los hombres las faltas suyas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestros pecados” (Mt 6, 14-15).

Cuesta, humanamente, perdonar a quien nos ha ofendido. De hecho, sólo movidos por el Espíritu Santo, y con la inspiración del mismo Espíritu, podemos perdonar a nuestros enemigos y rezar sinceramente por ellos, deseando su conversión.

Un ejemplo luminoso de persona que se deja imbuir de ese Espíritu y adopta esa actitud que ensancha el corazón, nos lo proporciona Franz Jägerstätter, mártir de la objeción de conciencia bajo los nazis, que en una carta en vísperas de su ejecución (9 agosto 1943) recomienda que no se alimente pensamientos de ira ni de venganza contra nadie, ya que “Durante todo el tiempo que un hombre está vivo, es nuestro deber ayudarle con nuestro amor para que camine por el camino del Cielo”.

Este perdón no equivale a negar el mal sufrido, ni consiste en no querer que se repare el mal hecho por otros, sino en estar abiertos a amar al que nos ha hecho mal, deseando que también él se salve, que llegue a arrepentirse de sus pecados.

Franz Jägerstätter, mártir de la objeción de conciencia bajo los nazis, en una carta en vísperas de su ejecución (9 agosto 1943) recomienda que no se alimente pensamientos de ira ni de venganza contra nadie Clic para tuitear
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