Apóstoles de la esperanza (I)

Quien más, quien menos, nos sentimos desesperados, o al menos desesperanzados. La noche se está imponiendo en pleno día, como un robo a mano armada efectuado por expertos atracadores que ya no se esconden, porque son percibidos por la masa como los grandes salvadores.

Parece como si la podredura fuera estructural. De hecho, se percibe una sensación general de desánimo que nos quema a todos la llaga y nos la retuerce de dolor donde más a lo vivo está. Resulta evidente para un ojo observador que no pretenda engañarse ni engañar, que tras el marchitarse flores y hojas, con el declinar del tallo se diría que está todo podrido hasta la raíz. Sin duda, nos ha tocado vivir una época especialmente herida por Satán.

¿No tendremos todos algo de atracadores? Hemos ido cediendo y cediendo al enemigo mundo, que siempre avanza de mano de la carne. Como su poder procede del Enemigo infernal de la obra de Dios -el diablo-, ha llegado a dominar el cotarro imponiendo su gran mentira. Pero que no se engañe nadie. La Verdad acaba siempre imponiéndose, porque siempre sigue ahí, omnipresente y omnímoda, brillando como el sol cenital de Dios. “No tengáis miedo, Yo he vencido al mundo”, nos dice su Hijo (Jn 16,33). En efecto, aunque los nubarrones lo cubran, el sol sigue ahí, imperturbable. A la vista está: la que parecía brisa matutina traía de la mano los vientos huracanados, y con ellos, la hecatombe.

El mundo es, por definición, territorio común del hombre y la mujer creados por el Todopoderoso. Como tanto el uno como la otra gozan de libertad, y como con ella y tentados por el demonio desafiaron a Dios su Creador, su espíritu está caído desde ese pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva. Y seguimos cayendo exactamente en el mismo pecado, píntese del color y adopte la forma que quiera. El mundo es y será mundo.

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No por capricho, la Iglesia siempre ha enseñado que los enemigos del alma son tres: el mundo, el demonio y la carne. Nuestro pequeño mundo está enfermo, ofuscado por los nubarrones que él mismo se ha engendrado. Lejos de ser la panacea de su felicidad, resulta que eran nubes tóxicas, y el aire está ya irrespirable, de modo que hombre y mujer, jóvenes y ancianos, ricos y pobres, vamos cayendo ante el  avance implacable del temporal.

La omnipresencia de la mentira y la inviolabilidad de la maldad están entorpeciendo la abnegada labor de la minoría silenciosa, que con su trabajo y su labor callada tratan de procurar mantener la débil llamita de la vida. Esa energía ya se antoja solo posible por efecto consecuente de la carroña de los muertos de los santos, cuya carne, por más putrefacta que sea, abona la regeneración. Solo falta el soplo divino. Por eso Jesucristo, “el Sol que nace de lo Alto” (Lc 1,78), el Mesías que ha de volver, vendrá “con gran poder y majestad sobre las nubes del cielo” (Lc 21,27), reconstituirá las almas fieles, y con ellas reconstruirá el Amor y la Justicia, e impondrá su Reino: el Reino de Cristo prometido (Cfr. Sal 2; Lc 1,33; Jn 18,37; 1 Cor 6,19-20; Apc 11,15).

Pero, ¿seremos capaces de insistir? ¿Hay motivos para la esperanza? Lo hablamos la semana que viene.

Y seguimos cayendo exactamente en el mismo pecado, píntese del color y adopte la forma que quiera. El mundo es y será mundo Clic para tuitear
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