Vista panorámica (I)

Observemos el panorama. Es una instantánea que nos resulta eterna. Nos confunde. Nos aturde. Nos atolondra. Pero lo cierto es que a cada segundo que pasa se nos va dibujando con mayor claridad y desgarro. ¿Qué está pasando? ¿Hacia dónde va el mundo? ¿Y nosotros? ¿Qué será de nosotros y de nuestros seres queridos? ¿Y la Iglesia? ¿Debe temer la Iglesia? Preguntas. Dudas. Desconcierto. Y, como consecuencia de todo ello, miedo.

Vayamos por pasos. El virus nos trastoca por sí mismo y por todas sus consecuencias, esa es la realidad objetiva que se nos planta delante, bien enfrente. Nos descoloca. Pero, si recapacitamos, si le ponemos fe, sabemos que cada nuevo descalabro es una nueva oportunidad ascética y hasta física de superación. Es una nueva realidad (no nueva normalidad, pues de normal no tiene nada), y por tanto precisa de nuevas respuestas. El problema está más que nada en que esto no hay quien lo pare. Por si fuera poco, encima, parece que nada dure. Los acontecimientos se suceden y se sucederán propulsados en cadena como desencadenados, multiplicándose desgajados entre sí, y se antojan caprichosos, surgen aquí y allá y más allá, siempre en movimiento. Tenemos un virus, pero otros virus vienen en la cola… ¡Ya vale, no?

“¿Ponerle fe? ¿¡Cómo se puede tener fe ante esto!?”, exclamas, amilanándote acurrucado. Ya se lo preguntó Jesucristo en vida, y ahora nos lo pregunta a todos nosotros: “Cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la Tierra?” (Lc 18,8). Sin duda. La fe seguirá aquí para cuando Él (el Mesías que ha de venir) vuelva, si todos, cada uno de nosotros por su parte como individuo, pero también como seres sociales que somos, cumple su deber personal y social.

Ya no hay posibilidad de demora. “El tiempo se ha cumplido” (palabras de Jesús ante la eminencia de su presencia como Hijo del hombre sobre la Tierra, el enviado de Dios, Su propio Hijo: Mc 1,15). Ahora nos toca a todos. A todos, a ejemplo de tantos otros en el presente y en el pasado. Todos, absolutamente todos, debemos dar testimonio, y más que deberemos dar. Surge como algo radical: O damos testimonio, o apostatamos.

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La fe es el acicate de toda actuación en el Tiempo. En la otra vida, la fe ya no será tal, puesto que tendremos certeza de la existencia de Dios por nuestra visión. Naceremos, “los que hayan hecho el bien, a una resurrección de vida; los que hayan hecho el mal, a una resurrección de condena” (Jn 5,29).

De la fe brotan las demás virtudes, tanto las teologales: fe, esperanza y caridad, como las cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, desde las cuales se expande el abanico del obrar cristiano y hasta humano con mil y una virtudes aún por descubrir y aplicar. Por eso, a condición de que le seamos fieles a Dios, (Padre, Hijo y Espíritu Santo), contaremos en todo momento de esperanza, que nos impulsará con audacia; y de caridad, que será la concreción de nuestras obras. Obras para Dios, y con Él y a través de Él, para los demás hombres y mujeres de nuestra realidad. Obras que deberemos forjar, al límite y al fuego encendido, con los talentos con que Dios creador nos ha dotado. A carne viva.

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