La gasolina del cansancio y la paz de nuestro hogar

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Hay derrames que nos ponen inmediatamente en guardia. Cuando cae gasolina al suelo, el peligro no es solo el líquido visible, sino esos vapores invisibles que flotan en el aire y que cualquier chispa, incluso a cierta distancia, puede prender en un segundo. Ante un derrame así, nadie se queda a discutir: nos alejamos, evitamos el roce y protegemos a los nuestros.

En nuestro matrimonio y en el día a día de nuestra casa ocurre exactamente lo mismo, aunque a menudo nos cueste verlo. El cansancio acumulado, las noches en vela, el dolor físico o las pequeñas incomodidades diarias son nuestra gasolina particular: ese elemento externo que nos vuelve inflamables y extremadamente irascibles. Y como consecuencia, caemos con frecuencia en el error de juzgar… el sofá. Si el combustible cae sobre el sofá y salta una chispa, no es el tapizado el que tiene naturaleza inflamable; es la gasolina. Nosotros, nuestro cónyuge, nuestro hogar… nosotros somos el sofá.

Lo compruebo muy a menudo. Es el agotamiento el que hace que una crítica inocente a la paella se interprete como un ataque personal. Es el dolor sordo el que vuelve insoportable el bullicio normal de un hogar. Hace unas semanas, en una sesión de mentoría, un matrimonio me confesaba, entre asombrado y desbordado, las enormes dificultades de comunicación que estaban teniendo desde que él se había puesto brackets. Me pareció un ejemplo de libro: no hacen falta grandes tragedias ni dolores insoportables para que la paciencia y la tolerancia de siempre se esfumen en un abrir y cerrar de ojos.

Por eso, lo primero que debemos aprender a hacer en pareja es diagnosticar bien: reconocer si estamos ante un problema de sofá o de gasolina. Si descubres que lo que os rodea es gasolina —ese dolor, ese estrés, esa falta de sueño—, entiende que esa mala contestación no te pertenece, no es contra ti. No hay que darle mayor importancia ni entrar al trapo; solo hay que guardar la distancia prudente para que la chispa no prenda y procurar, en la medida de lo posible, que el derrame no se repita.

Sé perfectamente que hay etapas en la vida familiar en las que la gasolina parece una constante inevitable. Los años de los niños pequeños, los quebraderos de cabeza en el trabajo, los malabares con la casa… Todos los hogares atravesamos esas temporadas de combate. Pero es precisamente en esos años cuando se vuelve más urgente que nunca buscar momentos para reencontrarse con el sofá limpio, sin una sola gota de combustible derramada. Hacer lo que haga falta: pagar una canguro, pedir ayuda a los abuelos o ajustar la agenda, pero buscar ese espacio para recordar quiénes sois, cómo por qué habéis llegado hasta aquí y cómo seréis cuando pase esta marejada. Redescubrirnos sin gasolina… sólo sofá.

Y cuando notes que la atmósfera de la cocina se pone densa y que cualquier roce en el pasillo amenaza con hacer saltar todo por los aires, hay algo que podemos y debemos hacer. Acude al remedio más certero: saca la mejor manguera y riega el hogar sin miedo. Ahoga la ansiedad, el agotamiento y la apatía, desgranando juntos las Avemarías del Santo Rosario, refrescando el corazón para que ninguna chispa vuelva a encontrar fuego. Aprovechamos para probar su eficacia en este mes de octubre… Why not?

Instagram Mar Dorrio

Antes de juzgar una mala contestación de tu cónyuge, pregúntate: ¿hay un problema de fondo o estamos agotados? A veces, amar también significa comprender el cansancio del otro y no echar más leña al fuego. Compartir en X

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