Hace unos días tuve la fortuna —y no encuentro palabra más exacta— de acompañar a un grupo de niños a visitar al Santísimo. Fue una de esas experiencias que, a ojos mundanos, parece no tener nada de extraordinario; una mañana de domingo, un pequeño grupo de críos, un cuarto modesto en la casa sacerdotal de un pueblo perdido en la geografía española…pero estaba El más importante, el Señor en una custodia.
Muchos de esos niños me comentaron que era la primera vez que entraban a una capilla para simplemente estar ante Dios. No entramos para repetir oraciones aprendidas —que algunos, es cierto, ya sabían— sino para intentar algo más elemental: hablar con Él. Hablar con Dios.
No os podéis imaginar sus caras.
Por suerte, el asombro todavía habita entre los niños. Doy gracias de que la vida no lo haya conseguido erosionar del todo.
En sus caritas se percibía esa mezcla de sorpresa, pudor y reverencia que surge cuando el corazón intuye que está sucediendo algo importante, aunque su tierna inteligencia todavía no disponga de las palabras para nombrarlo.
A veces, hablamos de la infancia con un sentimentalismo excesivamente cómodo pero yo palpé que el drama humano está presente desde muy temprano.
La necesidad de Dios no aparece al final de la vida, cuando llegan las grandes preguntas o las grandes pérdidas, aparece mucho antes, cuando el corazón empieza a percibir, confusamente, que la vida contiene alegrías, heridas, gozos, silencios y misterios.
Vi gestos que pellizcan el corazón. Una niña tomó la mano de otra porque se le escapaban las lágrimas a través de sus ojitos cerrados. Se me regalaron ojos cargados de preguntas que nadie se había atrevido todavía a contestar en voz alta. Vi rostros en los que se adivinaban pequeñas penas.
Pero sobre todo fui testigo de caras en las que el descanso empezaba a abrirse paso.
En el fondo presencié una escena real y sencilla: el Señor nos estaba esperando a todos aquella mañana.
En aquel pequeño cuarto —insignificante para la cartografía del mundo— Dios se hizo presente. Y eso fue más que suficiente.
A veces olvidamos hasta qué punto estamos bien hechos. Desde la simplicidad de la escena y de la vida, aquellos niños comprendieron que allí estaba ocurriendo algo grande. Nadie necesitó mayores explicaciones.
Me conmovió como el corazón infantil posea una capacidad tan extraordinaria para reconocer lo verdadero.
La pedagoga Charlotte Mason apunta en sus escritos: una madre debería hablar de Dios a su hijo del mismo modo en que hablaría de un padre ausente pero amado, con todas las señales de cariño visibles en su propia vida y en la vida de sus hijos.
Aquella mañana de domingo me llevó a Charlotte. Pues fue evidente que el conocimiento de Dios debería de ocupar el primer lugar en la vida de un niño.
No porque sea una obligación moral añadida a las muchas que ya imponemos a la infancia, sino porque es el conocimiento que más profundamente alimenta la persona y la felicidad humana.
Es imprescindible enseñar a nuestros hijos que en cada circunstancia de la vida —cuando el niño juega, descansa, se maravilla, pregunta o sufre— sus pensamientos pueden dirigirse naturalmente hacia Dios. Como quien vuelve a casa. Como todos volvimos a casa en aquella mañana de domingo.
Cada una de las caritas, que el Señor me regaló esa mañana, me llevaban a la misma certeza.
La educación espiritual de un niño no consiste en llenar su cabeza de normas ni en exigirle una virtud precoz que ni siquiera los adultos alcanzamos. Consiste más bien en despertar una relación viva. Piedad.
En su origen latino, pietas designaba ante todo el amor filial, el vínculo de gratitud y reverencia que une a los hijos con sus padres. Solo más tarde comenzó a aplicarse también a Dios.
El padre Leonardo Castellani lo explicaba con agudeza: el mandamiento “honrarás a tu padre y a tu madre” está situado en la primera tabla de la Ley, la que se refiere a nuestras obligaciones hacia Dios. No es un detalle menor. Los padres son, en cierto modo, representantes vivos de Él.
Desde la antigüedad, esta virtud, la piedad, fue considerada una de las más valiosas. Los griegos la entendían como el reconocimiento humilde de nuestra dependencia de algo mayor que nosotros mismos. Los romanos admiraban al héroe Eneas precisamente por su pietas: su fidelidad a los dioses, a su patria y a su familia incluso en medio de la adversidad.
Pero el cristianismo fue capaz de llevar esa intuición mucho más lejos. Porque toda paternidad tiene su origen en Él.
Santo Tomás de Aquino habló de la piedad como una inclinación del corazón hacia aquello de donde procedemos. Hacia nuestros padres, hacia nuestra patria y, finalmente, hacia Dios.
Esa mañana de domingo, ante Dios y rodeada de niños, reconocí que el drama más profundo de nuestro tiempo no es únicamente el olvido de Dios. Sino que hemos olvidado que somos hijos. Nos cuesta inclinarnos ante Aquel que nos precede y nos sostiene.
Me bastó solo un grupo de niños mirando al Señor. Como señalaba el cardenal Newman, “el mundo invisible en las cosas visibles”. No necesitamos acontecimientos extraordinarios para advertir que la realidad está llena de significado.
Nada más, que si no volvemos a ser como niños, no entraremos en el Reino de los cielos.









