¿Cómo interpretamos la muerte los católicos?

muerte

Hoy el problema central del catolicismo es su pérdida de identidad como pueblo de Dios, reducido como mucho a acudir a la Misa dominical de 45 minutos, presentes como individuos aislados, a pesar de que el centro sea la eucaristía, la comunión real con Cristo. Pero ¿cómo va a existir esa comunión entre nosotros si carecemos, o es débil, de una identidad compartida? Precisamente la tarea fundamental del sacerdote es, participando de la comunión con su obispo, acercar lo profano al misterio de lo sagrado en la vida cotidiana de las personas, forjando una verdadera comunidad, pueblo de Dios en cada parroquia. Después, en la práctica, la realidad se moverá en círculos concéntricos del más al menos, pero la finalidad solo puede ser esa.

La identidad surge de sentirse y ser miembro de una comunidad que profesa una concepción determinada, que en aspectos decisivos es específica y distinta de otras concepciones que en nuestra sociedad son básicamente seculares.

Reconstruir la identidad católica pasa necesariamente por poseer conciencia de tal especificidad.

Un caso concreto que constituye una cita obligada para todos, con independencia de los que creamos, es la muerte. Todos tenemos este mismo final. Pero ¿cómo interpretamos la muerte los cristianos? ¿Qué es para nosotros la muerte?

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Es útil repasarlo para mostrar la diferencia radical de cómo la concebimos, de cómo lo hace el mundo, y la perspectiva tan distinta que arroja sobre la vida, una y otra visión.

Si releemos el Génesis, el primero de los libros bíblicos, que empieza con la creación del mundo, constataremos un hecho extraordinario sobre el cual es posible que no hayamos parado suficiente atención: el hombre, Adán, y Eva, son creados por Dios antes que la muerte. Primero existe el ser humano, que habita en un estado al que llamamos “Paraíso”, y que está libre de sufrimiento, de las enfermedades, de la necesidad de trabajar… y de la muerte. Solo después, cuando Adán y Eva desobedecen y rompen con Dios, solo después de que surja el pecado, aparece la muerte. Ellos no están destinados a morir, Adán y Eva vivían como humanos y la gran Parca todavía no existía.

San Pablo lo explica con rotundidad en el capítulo quinto de la “Carta a los Romanos”, sin duda uno de los textos centrales del cristianismo. “Por tanto, así como por medio de un solo hombre entró el pecado en el mundo, y a través del pecado la muerte, y de esta forma la muerte llegó a todos los hombres, porque todos pecaron…” (Rom. 5,12). Este texto, y los que le siguen, se utiliza habitualmente para contraponer el pecado de Adán que se extendió al mundo, con la salvación que con Jesucristo llega a toda la humanidad, pero también nos muestra al ser humano existente antes de la muerte, porque este no era nuestro destino, y es precisamente esta situación de la que Jesucristo, Dios y hombre, nos rescata con su muerte y resurrección.

Lo que nos dice el cristianismo es algo tan radicalmente nuevo que parece que aún no lo hemos terminado de asimilar: la muerte no pertenece a la naturaleza humana creada por Dios, sino que es consecuencia del pecado. Romano Guardini, en una de sus obras más leídas “El Señor” (P 242. 1963) lo subraya: “Es paganismo decir lo contrario porque separa al hombre de Dios. La vida verdadera del hombre consiste en la conformidad con la naturaleza divina”. Esto no son abstrusas elucubraciones teológicas, sino algo vital de cómo contemplar la muerte: no es a ella a la que debemos de temer, puesto que es extraña, sino al pecado que nos ata a ella. Vivir en la gracia de Dios, es decir, fuera del pecado, y que exige necesariamente Su ayuda, es la forma de recuperar la plenitud de nuestra naturaleza humana.  Esta es la primera consideración. El superar la muerte como aquello que amenaza es esforzarse en una vida de santidad, palabra que también debemos normalizar en nuestro vocabulario puesto que no es algo reservado a unos pocos, sino la llamada a todos. Esto es mucho más que la muerte digna, porque es superarla con la vida eterna, que es nuestro destino humano.

Nos sucedió algo que ha destruido lo inmortal en nosotros, dice Guardini. “Morimos porque se ha extinguido en nosotros ese destello inmortal” (236) Y la respuesta a esta muerte nos la da Jesucristo: “En verdad os digo que el que escucha mi palabra y cree en el que me envió tiene la vida eterna” (Juan 5,24). Esto forma parte de la especificad católica, cristiana, la forma de encarar la muerte para vivir la vida.

Y aun quedaría otro aspecto para desarrollar en esta relación entre muerte y pecado. El hecho, como escribe Guardini (222), de que “todo forma una continuidad y que, aun teniendo en cuenta la responsabilidad individual, ha de hablarse más de la trama formada por la culpabilidad humana que del pecado de un hombre aislado” … ”y ve que la miseria y el sufrimiento son fruto del pecado”. Y esa trama humana, y ese sufrimiento y miseria, nos permite abordar lo que en su momento trató Juan Pablo II, las estructuras de pecado: “Si muchos y graves aspectos de la actual problemática social pueden explicar en cierto modo el clima de extendida incertidumbre moral y atenuar a veces en las personas la responsabilidad objetiva, no es menos cierto que estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera «cultura de muerte» (Evangelium Vitae), a las que se refiere el Catecismo de la Iglesia Católica (1869). Y esto a su vez nos conduce a la necesaria acción del Pueblo de Dios, porque no se puede afrontar la trasformación y erradicación de estas estructuras, no puede ser solo la acción de personas aisladas, sino que es necesaria una acción común en un plan establecido.

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