Cuentan que, en los años previos al gran debate sobre la ley del aborto en España, Manuel Fraga acudió al cardenal Tarancón con una propuesta política clara: su partido estaba dispuesto a apoyar a la Iglesia en su oposición a aquella ley. Tarancón, según relatan algunos, respondió con prudencia, pidiendo esperar. El motivo no era teológico, sino práctico: en aquel momento se estaban negociando los conciertos educativos, y no convenía, al parecer, levantar demasiadas tensiones.
No sé hasta qué punto esta anécdota, tal y como se cuenta, refleja con exactitud los hechos. Pero, sea o no literal, ilustra algo que muchos intuyen: cuando la Iglesia depende en exceso de acuerdos económicos o institucionales con el Estado, su voz puede volverse más cauta de lo que le gustaría, y de lo que nos gustaría a muchos fieles, que, a veces, percibimos demasiados complejos en nuestros pastores.
Quizá aquí está el fondo del asunto.
La Iglesia no es una ONG, ni una institución cultural, ni un organismo del Estado. Es, en su esencia, el pueblo de Dios. Como tal, debería sostenerse desde dentro, no desde fuera. Es decir: por los fieles. Al fin y al cabo, la Iglesia es Madre. Nuestra Madre. Debemos ser nosotros, los católicos, los que la saquemos adelante.
Durante años, en España, se ha consolidado un sistema en el que una parte de la financiación eclesial depende de la casilla en la declaración de la renta. Es un sistema que muchos consideran práctico, incluso razonable. Sin embargo, quizá convenga preguntarse si es el mejor camino.
Porque no todo lo que es útil es necesariamente lo más adecuado.
Abogo, con respeto y sin ánimo de polémica estéril, por la supresión de esa casilla y, en general, por la eliminación de cualquier financiación directa o indirecta de la Iglesia por parte del Estado. No por rechazo a la Iglesia, ni mucho menos, sino precisamente por lo contrario: por amor a su libertad. Me considero hijo de la Iglesia, soy católico de comunión diaria (de ducha y comunión diaria, como diría un buen amigo mío), y quiero lo mejor para la Iglesia. Desde ese amor profundo, y también desde el dolor de ver cómo a menudo los que la deberían defender se esconden detrás de complejos y posturas conciliadoras en exceso, a mi parecer.
La Iglesia, si quiere ser plenamente ella misma, debe poder hablar sin ataduras. Y no hablo solo de grandes declaraciones doctrinales, sino de cuestiones concretas que tocan la vida pública y moral de un país: la defensa de la vida, la concepción del matrimonio, la dignidad de la persona o incluso el sentido religioso de lugares que forman parte de nuestra historia espiritual.
Cuando la financiación depende del Estado, aunque sea de forma parcial, siempre queda la sospecha —a veces injusta, pero humana— de que determinadas posiciones pueden resultar incómodas. Y la tentación de la prudencia excesiva aparece, aunque no se reconozca abiertamente.
No es una cuestión de mala voluntad. No quiero dudar de la buena fe de nuestros prelados. Es, simplemente, la lógica de la dependencia.
La independencia económica, en cambio, obliga a la coherencia. Si la Iglesia depende exclusivamente de la aportación libre de los fieles, entonces son los fieles quienes, con su generosidad o su falta de ella, sostienen su misión. Y eso cambia muchas cosas.
Primero, porque devuelve responsabilidad al creyente. No basta con sentirse católico: hay que sostener materialmente a la Iglesia. Y eso, en un mundo acostumbrado a la comodidad delegada, no es menor. Hay que rascarse el bolsillo, y hay que hacerlo, cada uno según sus posibilidades, con generosidad.
Segundo, porque purifica la relación entre Iglesia y sociedad. La Iglesia no recibe “de todos”, sino de quienes libremente quieren sostenerla. Eso refuerza su identidad, no la debilita.
Y tercero, porque sin duda haría a la propia Iglesia más libre. Más libre para decir lo que cree que debe decir, sin las ataduras de posibles condicionamientos externos. Sin miedo. Sin complejos.
Se dirá, con razón, que este modelo podría reducir los ingresos. Es probable. Pero también es posible que, a cambio, se gane algo más valioso: una comunidad más comprometida, más consciente, menos pasiva, más entregada y más valiente.
Una Iglesia más pequeña, quizá, pero más viva. Como predijo Benedicto XVI, una Iglesia menos numerosa pero más vigorosa.
No es extraño que muchas veces, en la historia, los periodos de mayor fecundidad cristiana no hayan coincidido con épocas de abundancia material, sino con tiempos de mayor exigencia personal para los creyentes.
En el fondo, la pregunta es sencilla, aunque quizá incómoda: ¿qué Iglesia queremos?
¿Una Iglesia sostenida en parte por mecanismos estatales, o una Iglesia sostenida por la fe real de sus miembros? ¿Una Iglesia acomplejada y con miedo al qué dirán, o una Iglesia valiente, libre, sin complejos?
No se trata de rechazar el diálogo con el Estado, ni de romper puentes, ni de vivir de espaldas a la sociedad. Se trata, más bien, de recuperar una coherencia básica: que la fe se sostenga desde la fe, no desde estructuras externas. A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César.
Quizá entonces los pastores hablarían con más libertad. Quizá los fieles nos sentiríamos más interpelados. Quizá la Iglesia volvería a recordarnos algo esencial: que seguir a Cristo nunca fue cómodo, ni delegable, ni subsidiado.
Y quizá, solo quizá, volveríamos a descubrir que lo verdaderamente valioso no se sostiene con impuestos, sino con convicción y generosidad.
La Iglesia, si quiere ser plenamente ella misma, debe poder hablar sin ataduras. Y no hablo solo de grandes declaraciones doctrinales, sino de cuestiones concretas que tocan la vida pública y moral de un país Compartir en X








