Nunca en una sola frase hubo tanta verdad: «Tía, el cuerpo de Cristo, literal.»
La escena, aconteció ayer al desgaire, en los márgenes de una procesión del Corpus Christi. Envuelta por el denso aroma a incienso, el repique de las campanas y el respeto litúrgico del pueblo de Dios.
A mi lado, dos adolescentes se vieron sorprendidas por el cortejo de la procesión. Quedaron paralizadas ante la majestuosidad y belleza de la custodia que avanzaba a hombros de costaleros.
Una de ellas se giró hacia su amiga: «Tía, pero ¿qué es esto?». La respuesta de la otra, fulminante, cargada de una clarividencia milagrosa. Esa chiquilla liquidó en dos segundos siglos de disputas teológicas: «Tía, el cuerpo de Cristo, literal». Para a continuación añadir: «muy fuerte, tía» . Y ambas continuaron su marcha.
Confieso que la frase dejó mis rodillas clavadas en la acera. Por si acaso vamos a explicarlo. En la jerga hiperbólica y un tanto desvaída de nuestros jóvenes, el término «literal» opera como un adjetivo comodín para enfatizar las naderías del día a día.
Sin embargo, en ese preciso instante, la palabra se despojó de su envoltorio banal y recuperó su densidad ontológica más pura, su peso de absoluto. Aquella muchacha, acababa de formular la verdad más radical que sostiene la civilización cristiana, es decir, la presencia real, verdadera y sustancial de Dios en el Santísimo Sacramento.
Vivimos, bien lo sabemos, en la era de la desmaterialización total. Es más, nos hemos mudado a una realidad gaseosa, donde todo es representación. Hemos sustituido el misterio de la encarnación por la tiranía de la pantalla. Nos hemos vuelto expertos en la ausencia. Pero allí estaba «Tía, el cuerpo de Cristo, literal»
Lo que cruza nuestras plazas, obligando a doblar la rodilla y deteniendo el paso al descreído, es, con un realismo sobrecogedor, el mismo Dios.
Hay en el misterio eucarístico una formidable subversión de la dictadura de las apariencias. Es el triunfo definitivo del ser sobre el parecer. La Hostia Santa nos enseña el camino inverso, algo así como, la máxima densidad del universo escondida en la máxima humildad de la materia.
La vida, se nos dio como alimento. «Tía, el cuerpo de Cristo, literal» La Eucaristía es el corazón que bombea la sangre en el cuerpo místico de la Iglesia; sin ella, nuestra fe se disolvería en una respetable ONG de tintes morales o en un club de iniciados nostálgicos.
La procesión del Corpus Christi supone un regalo para el espacio público. Aquellas dos muchachas, deambulando en el tumulto de la tarde, chocaron de frente con el Absoluto. La Providencia, sopló sobre el asfalto para arrancar una confesión de fe tan pura como demoledora y con ello nos conmovió a todos.
Nos urge recuperar la santa audacia de esa expresión callejera. Volvamos al asombro de esa mirada. «Tía, el cuerpo de Cristo, literal»
Hagamos el favor de repetirlo, con la certeza de quien se sabe amado hasta el extremo: es Él. Literal.









