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Derecho internacional: la violencia y el orden

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La captura de Nicolás Maduro, en la operación militar del ejército norteamericano del 3 de enero de 2026, plantea una interesante serie de cuestiones en el campo de la Teoría Política y el Derecho Internacional. Evidentemente, se trata de un contundente uso de la fuerza. Los que justifican la acción arguyen la situación de tiranía e injusticia en la que se encuentra Venezuela bajo el actual régimen; estamos ante el tema de la legitimación de la violencia  y el tiranicidio, que desarrolla, entre otros, santo Tomás de Aquino. El bando de los críticos recuerda las normas del Derecho Internacional y la ilegitimidad de que una nación actúe sobre otra con uso de la fuerza; es decir, se defiende la idea de la soberanía nacional.

Hay un interesante aspecto en esta cuestión: la relación entre la violencia y el orden.

Recurro a  la obra de este título de Álvaro D´Ors (La violencia y el orden, Madrid, 1986).  Desde su perspectiva tradicionalista, hay un desorden en la naturaleza humana introducido por el pecado original y “el hombre puede superar su propio desorden mediante la violencia que se hace a sí mismo”. Este fenómeno se da también en el orden social: “La sociedad, en su conjunto, debe ejercer una cierta violencia sobre sí misma para que se mantenga en ella un orden”.

Álvaro D´Ors establece este axioma: “No hay orden posible sin violencia”. Y esta, siempre presente,  puede ser real o posible. Si no me salto  un semáforo en rojo y tengo prisa, puede que lo haga por civismo, pero, en el fondo, la causa es el temor a la multa (violencia,  si no real en el momento del acto, sí posible o latente). Si pago mis impuestos, lo que me mueve primariamente es el temor a una sanción. Debiera ser mi pretensión contribuir al bien común,  pero así es nuestra flaca condición humana. Esta idea nos aleja de un pacifismo ingenuo y de una visión angélica del fenómeno político.

La violencia garantiza el orden, aunque no lo legitima, no es su “sustancia“. La violencia no puede ser más que un medio. Convertirla en un fin conduciría a un nihilismo suicida. La sustancia de un orden político debe ser los valores en los que se sustenta; entramos, así, en un terreno moral y, en última instancia, religioso.

Ahora bien, en este caso, estamos en un conflicto internacional, que nos sitúa en otra perspectiva.

Cada estado-nación establece un orden y dispone de unos recursos (fuerza directa o persuasiva)  para mantenerlo. Pero, ¿qué ocurre cuando varias entran en conflicto? ¿Cómo se legitima la agresión de una nación a otra?

Kant, en su opúsculo La  paz perpetua plantea con lucidez este problema.  “No existe ningún tribunal de justicia que pueda juzgar con la fuerza del derecho (…) el resultado entre ambas partes decide de qué lado está el derecho”. El juicio supone un derecho previo; en el conflicto entre naciones (la guerra, en última instancia) el acto previo es el que decide. El derecho de gentes (ius gentium) “debe proceder de algún contrato que no necesita fundarse en leyes coactivas (como sí está el contrato de donde surge el Estado)“.

Evidentemente, en la época de Kant no existen los organismos internacionales actuales (la Sociedad de Naciones se funda en 1919). El filósofo de Königsberg piensa que esta legitimación sólo puede venir de una “Federación de estados libres”. ¿Llegará algún día en que un poder tenga fuerza suficiente para dirimir los conflictos entre naciones? La magnífica inteligencia de Kant no le libera de esa ingenuidad que conlleva el optimismo ilustrado: “La paz perpetua (…)  no es una idea vacía, sino una tarea que, realizándose poco a poco, se acerca permanentemente a su fin”.

Basta echar un vistazo a la actualidad para percatarse de que este final está bastante lejano.  El realismo del tradicionalista d´Ors, aunque apoyado en premisas religiosas, parece más avalado por los hechos que el optimismo ilustrado.

El realismo del tradicionalista d´Ors, aunque apoyado en premisas religiosas, parece más avalado por los hechos que el optimismo ilustrado. Compartir en X

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