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La razón bajo prejuicios

Vivimos en una época de razonamientos alicaídos. El concepto “verdad” está a muy bajo precio en cualquier mercado, posiblemente también la podemos encontrar rebajada de precio en anticuarios, más allá de las aseveraciones basadas en el método científico experimental, que disminuye el campo de observación a lo cuantitativo. Las grandes verdades sobre el mundo, la persona y el mismo Dios que han definido a todas las civilizaciones, las hemos cambiado por principios subjetivos, adaptables y de pastaflora, pero esta situación no es casual sino el producto de cierto miedo colectivo y consciente a las grandes verdades, como si ellas nos trajesen e implicasen aires de violencia, sumisión o cualquier tormenta impetuosa plagada de imposiciones frenéticas.

El siglo pasado ha sido un gran espejo de las marabuntas modas ideológicas que han herido , maltratado y casi destruido nuestra fe en la razón y, su capacidad de suscitar convicciones compartidas mediante diálogos racionales sobre la persona, el bien y el mal entre otros. Pero el producto de tal ataque a la razón no ha sido una maravillosa creación de tolerancia, como algunos creyeron, sino un mundo repleto de inseguridades personales que generaron nuevas crisis y alguna que otra violencia bien estudiada y acaramelada. Ahora nos toca de lleno reconstruir la confianza de llegar a seguridades del mundo intelectual sobre la misma dignidad humana, libertad, igualdad en dignidad de todo ser humano, identificar lo valioso de entre la jauría de mediocridad y, con estas seguridades, de la mano de nuestros conciudadanos, apostar en serio hacia la construcción de sociedades humanistas por convicción.

Toda calidad humanista, Estado de Derecho, Democracia, Libertad y Derechos Humanos entre otras, es una merecedora herencia de nuestra gran tradición occidental. No hemos de abandonar estas grandes raíces en busca de futuros fantasmagóricos, todo lo contrario, si abandonamos nuestras grandes raíces será nuestro gran peligro en el hoy y en el mañana. Nos toca aprender de las enfermedades ideológicas que venimos sufriendo para no caer de nuevo en los mismos errores; pero nunca, jamás, al precio de ladear las claves humanistas de nuestra civilización y si lo hiciésemos entraríamos de lleno en un escepticismo galopante que impediría compartir valores y construir comunidades.

Venimos coleando de los restos de grandes y nefastos sistemas filosóficos desde el siglo XVII y con ese humus cultural posado han surgido modas de pensamiento dominantes de hoy, como ideología de género, cultura woke, animalismo o el transhumanismo. Todas ellas primas hermanas y angustiosas herencias para el ser humano. Tenemos pues un reto en repensar hacia Occidente e intentar entender cómo hemos construido una civilización humanista, cómo la hemos llevado al síncope en el XXI y cómo hoy podríamos reiniciar un camino ascendente en vez de enfangarnos en la autodestrucción de lo mejor de que hemos sido capaces.

Nuestra cultura occidental se ha caracterizado siempre, desde su nacimiento en el siglo V a. C por una apuesta segura en fiarnos de la razón. La persona, razonando, siempre se ha podido entender y aclarar; de que mirando la realidad, podemos discernir, con razonable certeza, lo verdadero o falso, el bien del mal. Sócrates, Platón y Aristóteles desde sus inicios fueron grandes figuras de estos planteamientos. Cuando Roma conquista Grecia, la razón sigue aplicándose en el uso del buen proceder y, el cristianismo también reforzaría y justificaría esas intuiciones. Tales presupuestos de buena herencia recibida permitieron que Occidente descubriese la dignidad de la persona humana y la radical igualdad entre todos nosotros, teorizar derechos humanos, abolir penas de muerte, etc. Por ello, Occidente ha sido el precursor del humanismo y de la ciencia. Así, la ciencia moderna presupone la creencia en que el mundo es razonable, y por eso puede ser racionalizado. Solo en el seno de la cultura occidental nos hemos planteado que podíamos conocer con certeza cómo es el mundo y cómo funciona la realidad física.

Descartes, Kant, el Cientifismo, Darwin y, en general, los mitos ateístas de una deficiente ciencia decimonónica han realizado el caldo de cultivo y han sido hoy arrumbados por la ciencia contemporánea. Muchas teorías científicas y filosóficas han deseado presentar al ser humano como un conjunto de estructuras, fruto del devenir de la evolución, no teniendo más contenido ni más valor que el resto de cosas materiales de nuestro planeta. Así, el deconstruccionismo ha buscado socavar todo cimiento y toda metafísica que permitan sostener cualquier relato legitimador de sentido. ¿Qué decirles de la cultura woke , del reto transhumanista o Nihilista? Ideologías al servicio de un negocio, negocio que se viste de ideología presuntamente humanitaria.

El fruto final de tales “ismos” han venido de la mano del Nihilismo. Aquí, la afirmación de que nada tiene sentido y de que las verdades no son objetivables, la idea de que el hombre es un ser abocado a un mundo caótico y sin propósito alguno ha sido la bandera del cada día. Nietzsche ha sido el padre de la criatura. A través de su literatura que apela al corazón y a los sentimientos, se sigue leyendo. La apuesta por la nada como sentido y objetivo de la vida, este quitar valor a todo lo que existe, este rechazo a la razón de nuestros clásicos, a la ética, a las raíces cristianas de Occidente, va convirtiéndose en el humus cultural que impregna las tendencias de pensamiento del siglo actual.

Está en juego por tanto “lo mejor de nuestra civilización humanista”. Es por ello que a todos nos conviene reflexionar y concretar desde donde los espacios que actualmente vivimos, seamos capaces de hacer entender a tanta buena gente, pero sin formación alguna, que somos herederos de un gran tesoro pero que poseemos otro  que es posible esté en blanco: el de nuestra formación, el del pensar, el del formarnos, el del cuestionar lo que vemos cada día en la calle y en cualquier otro rincón de nuestra ciudad. El objeto clave será no dejarnos arrastrar sin más por la moda intelectual, sino por la sabia razón que palpita desde hace años y anhela que, al menos la miremos y le escuchemos.

Descartes, Kant, el Cientifismo, Darwin y, en general, los mitos ateístas de una deficiente ciencia decimonónica han realizado el caldo de cultivo y han sido hoy arrumbados por la ciencia contemporánea Clic para tuitear
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