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La pecera

[El Dr. Andrea Zhok, autor de este artículo, es profesor de filosofía moral en la Universidad de Milán. Además de su labor propiamente filosófica y de su actividad docente e investigadora, el profesor Zhok es colaborador habitual de diversas publicaciones italianas e internacionales en las que, partiendo de fundamentos filosóficos, analiza la realidad política, social y cultural contemporánea y reflexiona críticamente sobre ella.]

 

El argumento principal de Immanuel Kant acerca de la necesidad de no mentir era que la mentira no es una práctica sostenible, mentir no es una máxima universalizable, pues un mundo en el cual todos mintiesen sería un mundo donde la palabra, el pensamiento y la ley perderían todo valor. Hoy nos hallamos sumidos en el mundo prefigurado por la reflexión kantiana.

Hoy en los grandes medios, vehículos de la visión del mundo que se nos obliga a compartir, campan a sus anchas  presentadores, y comentaristas, habladores y charlatanes, una opulenta selva de ecos que con variaciones, «cada uno a su manera», repiten lo que les gusta oir a los detentadores del poder. No hace falta pensar mal ni creer que esta muchedumbre de repetidores con variaciones cobre groseramente a destajo  por cada mentira. De ningún modo. Se trata de sujetos cuyo único talento consiste en enamorarse de las ideas de quienes pueden pagarles. Así sin más, espontáneamente, como si fuera su segunda naturaleza.

Las grandes redes sociales son verdaderas redes

En cuanto a los ámbitos libres de la red, para entender su funcionamiento actual basta con echar una ojeada a los archivos de Twitter, que ha hecho públicos un imprevisto cambio de propietario en este medio: cadenas de mando que llevan directamente desde las agencias de seguridad estadounidenses hasta las operaciones de oscurecimiento y selección manipulativa en las redes sociales. Las grandes redes sociales son verdaderas redes en las que primero se introduce gratuitamente a cientos de millones de usuarios en un país de jauja con la ilusión de dar cuerpo a una nueva forma de democracia real; pero la finalidad es sólo cerrar la red para acabar metiendo en latas los atunes pescados. Y ello con el aplauso de los imbéciles terminales, según los cuales «se trata de una iniciativa privada, pueden hacer lo que quieran».

todos vivimos en una pecera, en un mundo irreal, despojado de su realidad, el único mundo que mi vecino y yo tenemos verdaderamente en común

Pero al margen de los intercambiables y olvidables protagonistas de esta estajanovista producción de mentiras, a lo que debemos hacer frente es a su resultado sistémico, que es exactamente el prefigurado anteriormente: todos vivimos en una pecera, en un mundo irreal, despojado de su realidad, el único mundo que mi vecino y yo tenemos verdaderamente en común y que se divide entre lo simplemente sospechoso y lo intencionalmente manipulado. ¿Qué es lo que «se» sabe? ¿De qué podemos hablar en común, sobre qué podemos litigar y debatir políticamente con los demás ciudadanos, sino sobre este mundo ficticio, modelado por medio de cadenas de filtros colocados de arriba abajo y que llega a casa envasado en una pantalla?

Ciertamente existe la posibilidad de la lucha de una minoría que se afane en hallar las incongruencias, en aprovechar los errores ocasionales y las imperfecciones de un sistema que, como todos los sistemas de poder casi omnipotentes, tiende a volverse incauto. Pero la verdad es que este tipo de lucha requiere energía, inteligencia, coraje, capacidad de resistir el aislamiento y las frustraciones, cualidades todas que son y serán siempre patrimonio de una exigua minoría. La consecuencia principal de construir un edificio hecho de mentiras no es tanto la férrea persuasión ideológica de la mayoría, como la pérdida de credibilidad de la realidad (o de aquélla a la que se hace pasar por tal).

La ‘cura de Ludovico’ y la distorsión de la catarsis aristotélica

Excluida la minoría combatiente, la población sometida a este (*) “tratamiento Ludovico» en dimensiones gigantes se divide grosso modo en dos grupos.

Por una parte, están los conformistas rabiosos, los nuevos puritanos de la corrección política, los progresistas fóbicos, los biempensantes militantes que, quizá porque perciben la fragilidad de su mundo de creencias oficiales, se aferran a él de modo virulento e intentan cancelar y desacreditar y despedazar a cualquiera que se les oponga, aunque sea parcialmente.

Estos «guardianes de la ilusión» probablemente de algún modo se dan cuenta de que la ficción es tal, pero precisamente sólo la ficción es la que les da consuelo, calor, diversión, dinero

Recurriendo a una vieja categorización de Umberto Eco, éstos son al mismo tiempo apocalípticos e integrados: están totalmente integrados en el sistema y lo sostienen con la ferocidad apocalíptica de los milenaristas. Son gente que parece haber insertado ya en su propio córtex cerebral el microchip de la indignación moral permanente y que lo aplica rigurosamente al catálogo único aprobado por sus patronos. Estos «guardianes de la ilusión» probablemente de algún modo se dan cuenta de que la ficción es tal, pero precisamente sólo la ficción es la que les da consuelo, calor, diversión, dinero y como la garrapata, para la que el mundo empieza y acaba donde puede anidar y chupar sangre, se instalan en su nicho ecológico, que les posibilita pasar de la cuna a la tumba sin demasiados quebraderos de cabeza.

Éstos representan la mayor victoria del sistema, que convirtiendo a los escépticos en desilusionados sin esperanza desactiva en ellos toda potencial peligrosidad

Por otra parte, existe una gran masa escéptica que ha entendido suficiente para no creer en lo que impone el sistema o para creer a medias, pero que carece de la energía o la formación o el coraje para intentar obtener otro acceso a la realidad. Éstos representan la mayor victoria del sistema, que convirtiendo a los escépticos en desilusionados sin esperanza desactiva en ellos toda potencial peligrosidad. En las nuevas generaciones esta victoria tiende a ser total: encerradas en pequeños mundos «pret-a-porter», convertidas en productos de marca, la parte más despierta de la juventud sólo logra creer firmemente que no se puede creer en nada ni en nadie, mientras que los menos despiertos sueñan con unicornios fluidos ecosostenibles.

Estamos nadando en una pecera con el cristal pintado de colores chillones, en caída libre, contando con que jamás nos estrellaremos contra el pavimento.

Pero la realidad no deja de existir por el hecho de que pretendamos hacerla a un lado. Como siempre ocurre en la historia cuando nos alejamos demasiado de ella, hará oír su voz descalabrando nuestro mundo de filtros y pantallas, de milenaristas de pacotilla y de solipsistas enervados. Mas no nos hagamos ilusiones. No nos espera ninguna Revelación, ninguna confortable Iluminación. Hay algunas raras épocas en las cuales la verdad intenta filtrarse como un mensaje, como una «buena nueva», pero habitualmente se impone, en su forma originaria y primitiva, como auténtica catástrofe. Y por lo demás, la buena nueva, para difundirse, hubo de esperar el colapso de un imperio.

(*) Alusión a «La naranja mecánica», novela de Anthony Burgess adaptada al cine bajo el mismo título por Stalney Kubrick. El protagonista, un delincuente juvenil, es sometido a un lavado de cerebro (el «tratamiento Ludovico») en el que se lo obliga a contemplar determinadas filmaciones sin permitirle cerrar los ojos.

Publicado en:  https://www.inchiostronero.it/la-bolla/

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