Cuando el hombre cultiva el hedonismo de forma desproporcionada —si es que puede hacerse de forma proporcionada—, acaba por encontrar frutos que no sacian su hambre ni colman su sed. Y así, cuando el tiempo de siembra llegue de nuevo, se preguntará si debería comenzar a cultivar ascetismo.
Este es el lienzo sobre el cual se pincela el momento actual, sin embargo, por mucho que los optimistas cristianos hablen de un despertar, los realistas católicos saben que el ascetismo que comienza a perfumar el aire de la sociedad no tiene por qué ser cristiano, y menos aún católico.
Chesterton resumía estas palabras en unas pocas líneas al decir de la Antigua Roma que “ha perseguido el placer de forma tan desorbitada, que se producirá una reacción de pesimismo que tal vez asuma la forma de ascetismo”. Es decir que, ante el exceso, la reacción instintiva es el receso. Sin embargo, esta tendencia, como su propio nombre indica, es más un fenómeno líquido —es decir, cuya masa no tiene más voluntad que la de la dirección en la que viaje la corriente—, que un anhelo que despierta decidido tras un sueño que terminó por revelarse como pesadilla.
Asimismo, y dando un paso más, hay quien, más que hablar de una simple tendencia, identifica en este ascetismo un giro de la juventud hacia la fe, pero
¿puede el hombre girar hacia la fe? ¿puede la fe ser esa orilla en la que muere la corriente desabordada del hedonismo y el nihilismo?
Respondamos.
Cuando hablamos de un giro, nos referimos más a un movimiento interno que a uno externo. Es la vuelta que da sobre sí misma una voluntad cansada de perseguir obcecadamente los fríos neones del libertinaje.
Una rebelión contra la rebelión de nuestros primeros padres que descubre al hombre quién es, quién debe ser y qué lugar está llamado a ocupar en el mundo antes de lanzarle a sus fauces.
Au contraire de lo predicado en el credo posmoderno, que incita al individuo a experimentar primero el mundo para poder descubrirse a sí mismo; desdibujando por el camino su identidad para así identificarse con aquello que al mundo se le antoje.
Sin embargo, para que este giro hacia la fe sea posible el hombre debe haber recibido de antemano este don sobrenatural. La fe, por tanto, es inalcanzable por los méritos propios, y, el problema del hombre moderno es que ha intercambiado ingenuamente la fe por enunciados científicos cuyas causas primeras también nacen de la fe, y por tanto, sin fe, no comprende que la fe no se gana, se recibe.
Resolviendo la segunda pregunta nos encontramos ante una imagen reduccionista, pues la fe no es una orilla, al contrario, es el mar sin orillas que colma la sed de nuestra alma y cuya sal es el sufrimiento.
Sin sufrimiento no nos haría falta fe, pues las afiladas imperfecciones del diamante de la vida nos invitan a creer que existe un Diamante —afilado en la Cruz— más duro y capaz de limar nuestros bordes con la paciencia infinita de un Padre que sabe que, aunque el placer es bueno, si se cultiva junto al sufrimiento, dará un fruto mucho más sabroso que cualquiera de esas dos realidades cultivadas por separado. Porque, aunque el exceso haya plagado nuestras calles durante décadas, vaciarlas ahora en nombre de la sobriedad no sería menos penoso para nosotros. Y si esto no es así, que le pregunten a los santos que comprendieron que el ascetismo, por sí solo, es un sueño tan ateo como el del hedonismo. Un sueño que termina, sin la fe, por volverse una pesadilla.




