Nuestra casa es: y 3) espiritual eterna

Una vez aceptada la autoridad espiritual de la Iglesia, tal como vemos en el anterior artículo “Nuestra casa es: 2) social temporal”, entenderemos que –por amor divino y hasta por lógica humana- es el Espíritu Santo quien la guía en el tiempo: “Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora”, “Él [el Espíritu Santo] os guiará hasta la verdad plena” (Jn 16,12-13). Por eso, su Cabeza, Jesucristo, nos dejó como necesario bastión humano de su Iglesia un Papa, que es quien mejor nos puede orientar, pues su misión es precisamente ser nuestro guía (“Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”: Mt 16,18; “Pastorea mis ovejas”: Jn 21,15-17).

Así, cada Papa es el sucesor del primer elegido, san Pedro, que gobierna la Iglesia en el mundo y actualiza con su magisterio la parte humana de la Verdad revelada. Eso significa que el magisterio del Papa no es una simple plática ni un bastón delicuescente, sino una amonestación solemne que, si lo seguimos, nos encamina hacia el Cielo.

En esa línea nos asevera en una reciente entrevista el que es secretario personal de Benedicto XVI y prefecto de la Casa Pontificia con Francisco, monseñor Georg Ganswein. En ella afirma que “Dios ha creado al hombre a su imagen. (…) Ser imagen de Dios significa tener la libertad de buscar a Dios, de reconocer a Dios, pero también de no buscarlo, incluso de negarlo”. He ahí el gran drama de la vida del hombre sobre la Tierra: puede rechazar a Dios y ganarse sin Él el abismo, la muerte eterna del renegado, el Infierno; pero, si el hombre acoge a Dios, su destino, su premio es la vida eterna, la Vida. Porque el hombre, además de cuerpo, posee alma. El primero es temporal y perecedero; la segunda, espiritual y cuasi eterna: eterno, en rigor, solo lo es Dios. Pues en la vida eterna hay una cierta sucesión que los teólogos llaman Evo.

En efecto, nuestra vida eterna la ganamos –lo decimos entre nosotros para entendernos-, pero misteriosamente, esa salvación con felicidad sin fin es, en esencia, pura misericordia de Dios, dado que el ser humano es un ente impuro y perecedero que recibe la vida del propio Dios Creador, y por tal motivo depende de Él totalmente. Solo Dios pone o quita. Al crearlos, el Todopoderoso adjudica a cada ser un cuerpo, que es el que les posibilita desenvolverse en el mundo físico que vemos. A cada cuerpo le infunde un alma, que es la que da al cuerpo el soplo de la vida.

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Cada cuerpo, pues, tiene su alma correspondiente, que es la que le da la entidad al barro de que está hecho y la que le da encaje a su propia forma y su propio lugar específico, ese y no otro –único por definición- en la Creación, en el mundo creado. Este es un buen argumento, pienso, en contra de la reencarnación, al margen de la fe que se pueda o no tener. Por eso la Nueva Era propaga su fe etílica que sitúa al ser humano en encarnaciones sucesivas, pues su visión del mundo es meramente panteísta, eso es, una mezcolanza de creencias que son, en síntesis, la mayor de las increencias. Así que, para creer en algo, dudan de todo. Es como aquello de que el que deja de creer en Dios, llega a creer en cualquier cosa.

¿Qué es, pues, la Nueva Era? Un batiburrillo insípido pero egogratificante por libidinoso, donde la única unidad es la del azar sublimado en un dios impersonal sin cara y sin clemencia del ser humano y sí de las caracolas de mar y de los mosquitos. Vacía la autoridad de un Dios Creador todopoderoso, porque la única autoridad posible reside en el ser humano, quien hace girar todo bajo su concepción holística, pero que en realidad es un ser sin esencia, un soplo de la nada, y que, como es nada, con él se puede hacer todo. ¡Ahí va la más grande de las contradicciones!

Así pues, debemos asentar de nuevo las bases fundamentales de la fe en Jesucristo, no los aledaños de la religión. Ese es el rumbo de la teología ecuménica, pues es el rumbo de la unidad en la esencia. Lo aclaró no hace mucho el Papa Francisco, en una carta enviada al presidente del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, el cardenal Kurt Koch, dándole las gracias por su aporte al camino emprendido hacia esta comunión plena, ahora que se cumplen los veinticinco años de la publicación de la encíclica Ut unum sint (Que sean uno), de Juan pablo II.

En esa carta afirma Francisco que “la unidad no es principalmente el resultado de nuestra acción, sino que es don del Espíritu Santo. Sin embargo, esta ‘no vendrá como un milagro al final: la unidad viene en el camino, la construye el Espíritu Santo en el camino’. Por tanto, invoquemos al Espíritu Santo con confianza para que guíe nuestros pasos y cada uno escuche con renovado vigor el llamado (…) ‘para que el mundo crea’ y se acreciente la alabanza al Padre que está en el Cielo”.

Ahí está la clave, la llave de la puerta de la eterna bienaventuranza: el Padre que nos abre las moradas eternas tras el influjo infuso de su Espíritu, en la persona de Jesucristo; aquellas estancias que cada uno se habrá forjado y adornado a golpes de tesón y caricias de amor. Es la única verdadera espiritualidad eterna posible para el alma humana, porque esta es obra del Creador, a su imagen y semejanza. Y llegará al ritmo que Él marca, que es su propia Vida entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: el ritmo del Amor. Nunca mejor dicho, ¡de la tierra al Cielo!

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