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¿Día de la Paz sin Cristo? Otra oportunidad perdida…

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Cada 30 de enero, muchos colegios —también los de inspiración cristiana— celebran el llamado Día de la Paz. Murales, actividades, canciones y charlas llenan las aulas con mensajes bienintencionados sobre convivencia, tolerancia y no violencia. Hasta aquí, nada que objetar. El problema surge cuando, año tras año, los referentes propuestos a nuestros hijos son casi siempre los mismos: Gandhi, Martin Luther King, o líderes políticos contemporáneos como Barack Obama, incluso premiados con el Nobel de la Paz.

No se trata de negar el valor histórico o moral de estas figuras. Pero sí de señalar una paradoja inquietante: en colegios que se dicen cristianos, el gran ausente en el Día de la Paz es, demasiadas veces, Cristo.

¿Como podemos celebrar la Paz sin celebrar a Cristo en nuestros centros educativos?

De la paz cristiana a la paz “descafeinada”

La paz que suele transmitirse en estas celebraciones es, en muchos casos, una paz reducida a la ausencia de conflicto, a la no violencia entendida como simple autocontrol o consenso social. Una paz amable, neutra, fácil de explicar… y fácil también de vaciar de contenido.

Pero esa no es la paz que Jesús anunció. Cristo no prometió un mundo sin conflictos; al contrario, advirtió que su mensaje provocaría divisiones. Su paz no es la del equilibrio cómodo, sino la que nace del amor radical, capaz de perdonar al enemigo, de poner la otra mejilla, de romper la lógica de la venganza y del resentimiento.

Cuando en los colegios católicos se habla de paz sin hablar del perdón, de la reconciliación y del amor al que nos hiere, se está ofreciendo a los alumnos una versión incompleta —cuando no distorsionada— del mensaje cristiano.

¿Por qué tenemos miedo de Cristo?

Cabe preguntarse por qué tantos centros religiosos parecen incómodos al presentar a Jesús como referente principal de la paz. ¿Temor a parecer “confesionales”? ¿Miedo a incomodar? ¿Deseo de encajar en un discurso educativo dominante que prefiere valores genéricos antes que verdades exigentes?

Sin embargo, ¿qué sentido tiene un colegio católico que, en uno de los días simbólicos del calendario escolar, oculta su fuente principal de inspiración? Educar en la paz sin Cristo es como enseñar música sin sonido: puede haber teoría, pero falta el alma.

La paz que nuestros hijos necesitan

Nuestros niños y adolescentes viven en un mundo marcado por la agresividad verbal, el acoso escolar, la cultura del descarte y la incapacidad para perdonar. Más que nunca, necesitan aprender que la paz verdadera no se construye solo evitando la violencia, sino sanando el corazón.

La paz cristiana no es ingenua ni débil. Es profundamente transformadora. Exige valentía, humildad y conversión personal. Enseña a pedir perdón y a concederlo. A amar cuando no apetece. A romper la espiral del odio desde dentro.

Recuperar el centro

Esta no es una llamada a eliminar referentes históricos ni a despreciar esfuerzos humanos por la justicia y la convivencia. Es una invitación —urgente y necesaria— a recolocar el centro. Nos olvidamos de nuestros grandes referentes: San José en la Violencia contra las mujeres, María como ejemplo de mujer y madre, San Juan de Dios en la atención a los enfermos, San Juan bosco o San Faustino en la Educación… hasta San Francisco si queremos hablar de Medioambiente!

En los colegios católicos, el Día de la Paz (como cualquier otro «día internacional de…» debería ser, ante todo, una oportunidad para anunciar a Cristo, nuestra Paz. Para explicar a los alumnos que la verdadera reconciliación nace del corazón transformado por el amor. Para mostrar que sin perdón no hay paz duradera.

Si los colegios religiosos renuncian a ofrecer esta visión propia, nadie más lo hará por ellos. Y entonces no estaremos educando cristianos capaces de cambiar el mundo, sino jóvenes bienintencionados, pero desarmados ante el mal.

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