El síndrome de «Esto es el Colmo»

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Hay quien dice que la política es el arte de hacer posible lo imposible. En España hemos ido un paso más allá: hemos conseguido hacer creíble lo increíble. Que ya tiene mérito. No por arte de magia, sino por arte de mafia.

Por arte de mafia desaparecen las responsabilidades políticas, por arte de mafia aparecen asesores que nadie sabía que asesoraban, por arte de mafia algunos currículums engordan, determinados familiares prosperan profesionalmente a la velocidad de la luz y ciertos mensajes de móvil se evaporan con más eficacia que los calcetines en la lavadora.

Por arte de mafia se indultan los principios, se amnistían las palabras pronunciadas ayer y se reinterpretan hoy las líneas rojas como si fueran sugerencias cromáticas.

Houdini hacía desaparecer elefantes. Lo nuestro tiene mucho más mérito: hacemos desaparecer la vergüenza política, la responsabilidad y el sentido común sin necesidad siquiera de una cortina de humo. Bueno, quizás sí. De humo sí que hemos tenido bastante.

Pedro Sánchez, por ejemplo, ha elevado el noble arte del llamamiento institucional a una nueva categoría literaria: el «mientamiento». Porque cuando nuestro presidente hace un llamamiento a la nación, el español medio ya sabe que es más “miento” que “llama”, aunque nos tenga ya quemados.

Pero sí hay que reconocerle al presidente una virtud que pocos políticos conservan: la coherencia en determinadas frases célebres. En julio de 2014, Pedro Sánchez afirmó solemnemente: «No me va a temblar el pulso en la lucha contra la corrupción».
Y, por una vez, ha cumplido escrupulosamente su palabra.

No le ha temblado el pulso ni un milímetro. No le ha temblado cuando han ido apareciendo escándalos.., ni cuando se investigaba a unos y a otros. No le ha temblado cuando las explicaciones parecían guiones descartados de una serie de sobremesa. No le ha temblado cuando ha tocado pedir responsabilidades políticas.

No le ha temblado el pulso porque, sencillamente, parece haber alcanzado el estado superior de la política moderna: la imperturbabilidad absoluta. Algunos líderes se ponen nerviosos ante la corrupción; otros se indignan; los más honrados dimiten. Él no.

Él permanece en un admirable estado zen institucional en el que ni le tiembla el pulso, ni se altera el gesto, ni se despeina el relato. Aunque sean las cinco y no haya comido.

Lo preocupante es que a los españoles sí nos empieza a temblar algo: el párpado izquierdo cada vez que se convoca una rueda de prensa y la cartera cada vez que llega el día 30.

Confieso que ya no padecemos el síndrome de Estocolmo. Lo nuestro ha evolucionado. Lo nuestro es mucho más español y mucho más castizo: padecemos el síndrome de «Esto es el Colmo». Porque una cosa es empatizar con quien te secuestra y otra muy distinta es aplaudir mientras te suben los impuestos, te venden un relato y te explican que debes sentirte privilegiado por ello.

Lo verdaderamente fascinante es el comportamiento cromático de la izquierda patria que tradicionalmente eran los rojos. Pues bien, resulta que ante los escándalos, las condenas, las investigaciones y las vergüenzas ajenas, uno esperaba que al menos se sonrojaran. Pero no…son los únicos rojos del planeta que no se ponen rojos.

Y todo esto me hace que me cueste no caer en la tentación de la murmuración. Rezo cada mañana a mi ángel de la guarda para que me conceda paciencia, prudencia y templanza. Pero últimamente me he descubierto rezándole también al Ángel de la Guardia. Sí, a la Guardia Civil…porque uno ya no sabe si necesita más un director espiritual o un instructor de diligencias.

¿Y qué decir de nuestra Justicia? El hermanísimo es condenado a no poder trabajar… por no haber trabajado. Es como condenar al que ocupa ilegalmente una vivienda a cumplir cinco años de arresto domiciliario en la propia casa ocupada. Kafka habría abandonado la literatura para dedicarse al humor costumbrista español.

Lo nuestro ha evolucionado. Lo nuestro es mucho más español y mucho más castizo: padecemos el síndrome de «Esto es el Colmo». Porque una cosa es empatizar con quien te secuestra y otra muy distinta es aplaudir mientras te suben los impuestos, te venden un relato y te explican que debes sentirte privilegiado por ello.

Y tal es la situación y tanto me preocupa que decidí hacerme un análisis de sangre. Fui a la Seguridad Social (aún gratuitas, María Jesús, aún gratuita) y el médico de cabecera —que milagrosamente seguía vivo después de cuarenta y siete guardias seguidas— examinó mis resultados con gesto serio.

—Tiene usted síntomas inequívocos de español.
—¿Es grave, doctor?
—Mucho me temo que sí.

Los análisis han sido demoledores: triglicéridos elevados por exceso de grasa política, glucosa disparada por sobredosis de relatos edulcorados y una creatinina preocupante que indica que mis riñones han comenzado a rechazar ciertas ruedas de prensa. Al parecer, el cuerpo humano tolera mal la acumulación de tanta mentira en sangre. y, para colmo, parece que he sido infectado por una nueva patología nacional: la Leyreosis Cloaquitis. Una enfermedad altamente contagiosa cuyos síntomas incluyen mareos democráticos, alergia a la hemeroteca y un preocupante deterioro del sentido común.

Por si fuera poco, por subir, hasta me ha subido la cuota de autónomos. Así que me he dejado un dineral en medicamentos y al final he llegado a una conclusión: sufrir no merece la pena. Lo único que merece la pena es que quienes sean condenados cumplan la pena.

Parece un trabalenguas jurídico, pero en España se ha convertido casi en un programa revolucionario.

Uno ya tiene unos años y debe cuidar su corazón…y para evitar un infarto he decidido tomarme la política española como una novela de Agatha Christie. El problema es que en esta novela todos son sospechosos y nadie parece inocente. El gran misterio no es quién ha cometido el crimen, sino quién no ha mentido. Y les aseguro que ni Poirot haciendo equipo con Sherlock Holmes, Miss Marple y Pepe Carvalho conseguirían encontrar en el Congreso de los Diputados un personaje que les permitiera cerrar el caso con un «elemental, querido Watson».

Todo esto me ha hecho reflexionar sobre la normalidad. ¿Qué es ser normal? Recuerdo aquella célebre frase de Zapatero: «Ser socialista es, normalmente, tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho». La palabra clave era «normalmente». Porque socialistas anormales también existen. Y vaya si existen. Porque, como en todas las ideologías, hay personas normales y personas anormales. La desgracia es que últimamente parece que se han puesto de acuerdo para hacer una convención permanente los del segundo grupo. Mala suerte, oye.

Así que en este verano he decidido descansar, relajarnos y tomar mucha fruta. Porque sí. Cada vez lo digo más alto y más convencido: me gusta la fruta. Toda. Bueno, toda no.

El limón me produce cierta acidez estomacal y me recuerda demasiado a Pedro y compañía. Aunque quizá haya llegado el momento de que un valiente recolector se acerque al árbol, arranque el limón con decisión, lo parta limpiamente por la mitad con un certero corte y lo exprima hasta la última gota.

No por odio, Dios me libre. Tan solo por higiene democrática. Y porque, como sabe cualquier médico de cabecera, a veces las infecciones hay que drenarlas antes de que se conviertan en epidemias. Que eso, por cierto, es otro tema…

JUCHO

Asociación Cristianos en Democracia

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