Hace muchos veranos, en Mundo Cristiano, escribí que el relato oficial había empadronado a nuestra querida España en el cuento de El traje nuevo del emperador. Un relato que nadie se atrevía a cuestionar, casi por ley y bajo pena de castigo. Hasta que un niño inocente, tan inocente como honorable, levantó el dedo y dijo, sin miedo a las consecuencias: «El rey está desnudo».
Pues, señoras y señores, no fue el dedo de un niño. Fue el de una niña de Ferrol: Ketty Garat.
Ayer, en el Teatro Jofre, asistimos a un «evento» —las comillas las explicaré después— en el que Ketty Garat, flanqueada por el incombustible Marcial Cuquerella y por mi querido compañero de infancia, el escritor Miguel Ángel Castro, consiguió que un teatro lleno y entregado retrocediera en el tiempo hasta aquel momento en que, tras la caída de Ábalos, decidió empezar a tirar del hilo.
Mientras muchos pretendían esconder la corrupción disfrazándola como un simple lío de faldas, Ketty perseguía otra cosa: la verdad. Porque la verdad no tiene versiones. Es una, puede y debe conocerse.
Una verdad que tardó cuatro años y medio en imponerse. Llegó, como se dijo ayer, maltrecha y con un ojo morado. Pero igual de tozuda que quien la buscó.
Y ahora explico aquellas comillas.
Al terminar el acto hubo firma de libros en el Casino Ferrolano porque alguien prohibió… perdón, recordó que en el Teatro Jofre no podían venderse ejemplares. Así que, obedientes, librero, escritora y el resto del teatro nos trasladamos al Casino para conseguir nuestro ejemplar.
Allí Ketty dedicó uno de ellos a una de mis hijas, que estudia tercero de Periodismo. Y la dedicatoria merece ser publicada.
«Para Cristina Cuadrado. Has elegido la profesión más bonita del mundo. No dejes nunca de buscar la verdad, caiga quien caiga, aunque la que caigas seas tú. Un beso y ánimo.»
Pues sí, mi niña. Mi Cristina Cuadrado.
Estar del lado bueno de la historia es estar en el lado de la verdad, del lado de Ketty.
Pero a esta hija mía, estudiante de Periodismo, también quiero recordarle tres de las armas más poderosas de Ketty.
La primera tiene nombre propio: Tere Loureiro, su madre. Ketty tiene la suerte de contar con una mujer sabia, que armoniza la sabiduría con la mejor versión del sentido común. Ketty, nunca dejes de hacer caso a tu madre.
La segunda es ese sentido del deber que antes se respiraba en la formación castrense y que durante muchos años impregnó las calles de Ferrol.
Y la tercera, la más importante, es el ejército invisible que la sostiene, la cuida y la protege. Todo empezó cuando una bisabuela encantadora nos dio a muchos una orden muy sencilla: «Hay que rezar por esa niña». Y a la orden de Coca Pedales, muchos seguimos obedeciendo.
Así que, mi renacuaja, Cristi, mete siempre a Dios en la ecuación. Confía, aunque la noche dure cuatro años y medio, como le ocurrió a Ketty. Porque cuando Dios está en la ecuación, al finalizar la noche, como dice la música con la que os despierto todas las mañanas: All’alba vincerò.
Posdata.
Seguimos esperando las disculpas de Risto Mejide, entre otros, a nuestra querida Ketty.
Y una petición más.
Durante el coloquio, una persona del público levantó la mano y preguntó si habrá un próximo libro sobre este tema.
Ojalá.
Y, por favor, que trate sobre el tema favorito de nuestros días: América.
Ahora que parece obligatorio pedir perdón por los conquistadores españoles, sería magnífico que alguien investigase también a esos españoles que hoy figuran como titulares de minas de oro en Venezuela y su relación con el poder. Ahí hay otra historia que merece ser contada…
Seguirá señalando Ketty Garat con el dedo que el rey está desnudo… Why not?
La verdad puede tardar cuatro años y medio en llegar. Pero cuando llega, sigue siendo verdad. Y siempre merece la pena haberla buscado. @KettyGarat Compartir en X









