Cuando el León decide rugir.

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La Conferencia Episcopal Española ha decidido recordar al Gobierno algo que nunca debería haberse olvidado: que la corrupción no es una forma ingeniosa de hacer política, sino una enfermedad que termina destruyendo la confianza de todo un país.

Confieso que al leer el comunicado, sonreí, pero no porque la corrupción tenga ninguna gracia. Hace demasiado tiempo que dejó de sorprendernos. Sonreí porque pensé: «Por fin alguien ha decidido señalar la cloaca en lugar de adaptarse a tan pestilente ambiente.»

En la antigua Roma había emperadores. Hoy tenemos gobiernos, gabinetes de comunicación y expertos capaces de convertir lo intolerable en algo perfectamente justificable si conviene al relato.

Los romanos levantaban acueductos, nosotros levantamos discursos para tapar alcantarillas. Pero las cloacas siguen ahí, aunque uno se acostumbre al olor y lo cual es el verdadero peligro: no solo la corrupción, sino dejar de verla como corrupción.

Si uno abre el Evangelio descubre que Jesús tenía una costumbre incómoda: dirigirse primero a quienes ejercían el poder. Fariseos, saduceos, doctores de la Ley, miembros del Sanedrín o gobernadores romanos. No porque los odiara, sino porque sabía que cuando el poder se corrompe, quienes primero sufren son los más débiles.

El pecado más peligroso no es el que escandaliza, sino el que termina pareciéndonos normal
El pecado más peligroso no es el que escandaliza, sino el que termina pareciéndonos normal

Por eso me gusta imaginar que, si hoy caminara por España, no buscaría un plató de televisión ni abriría una cuenta en redes sociales, sino que se plantaría en el Congreso y haría preguntas sencillas tipo “¿Esto es servir al pueblo? o ¿Podéis dormir tranquilos?”

No serían preguntas jurídicas, sino preguntas de conciencia. Y pocas cosas incomodan tanto como una conciencia despierta. Otra cosa es que estos señores tengan la conciencia sumida en tal sopor de chulería que más que dormidas las tienen invernando…

Por eso considero una buena noticia que la Iglesia haya decidido hablar. Puede que algunos digan que llega tarde. Puede ser. Pero también el padre del hijo pródigo salió al encuentro cuando vio regresar a su hijo. Lo importante era que había comenzado el camino de vuelta.

La misión de la Iglesia no consiste en decir a nadie a quién votar, sino en recordar que el bien sigue siendo bien y el mal continúa siendo mal, aunque cambien las mayorías parlamentarias.

Porque la corrupción no solo vacía las arcas públicas; vacía también la confianza, la esperanza y el sentido mismo del servicio.
Hace años escuché a un sacerdote decir una frase que nunca olvidé: «El pecado más peligroso no es el que escandaliza, sino el que termina pareciéndonos normal.»

Quizá ahí esté el verdadero problema. Nos hemos acostumbrado a las mordidas, a las comisiones, a los audios, a los mensajes comprometidos, a las explicaciones imposibles y a las dimisiones que nunca llegan.

Y cuando un país deja de escandalizarse por la corrupción, acaba acariciando la rata mientras finge no ver la cloaca de la que salió.
Jesús volcó las mesas de los cambistas porque el Templo había dejado de ser un lugar para servir a Dios y se había convertido en un negocio. Hoy esas mesas volcadas son sillones demasiado cómodos, cargos demasiado rentables o pactos demasiado convenientes.

Pero siguen necesitando que alguien recuerde que el poder nunca puede convertirse en un mercado donde se negocia con la verdad.
Por eso agradezco este paso de la Iglesia. No porque los obispos sean perfectos —ellos mismos saben que no lo son—, sino porque el silencio nunca ha cambiado la historia. La cambiaron los profetas, Juan el Bautista, los apóstoles y, sobre todo, aquel carpintero de Nazaret que tuvo la valentía de recordar a los poderosos que el primero debía hacerse el servidor de todos.

Puede que este comunicado no cambie el rumbo del país. Pero ningún león ruge de repente, antes llena sus pulmones de aire.
Ojalá este sea el comienzo de una Iglesia que no tema señalar la cloaca cuando sea necesario, aunque quien tenga delante ocupe el poder. Porque corregir al poderoso cuando se equivoca también es una forma de caridad.

Gracias a Dios, hoy la Iglesia tiene al frente a un Papa que lleva el nombre de León. Ojalá llene sus pulmones de ese aire justo y verdadero y sea un estímulo para que toda la Iglesia anuncie la verdad sin miedo, denuncie la injusticia sin cálculos y recuerde siempre que ningún poder humano está por encima de la conciencia.

Porque, al final, no será un rugido, ni un comunicado, ni siquiera un pontificado lo que salvará al mundo. Lo que realmente puede salvarlo es aquello que Cristo vino a traer y que la Iglesia está llamada a anunciar sin rebajas: la conversión del corazón, la verdad que hace libres y el amor de Dios, capaz de sacar al hombre incluso de la más profunda de las cloacas.

Ese es el rugido que el mundo necesita escuchar.

Jucho.-

Asociación Cristianos en Democracia

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