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El gran escándalo: En España la ideología castiga el tener hijos

Editorial

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La noticia ha vuelto a estallar y lo hace desde hace unos años con constancia entomológica: los nacimientos en España siguen en caída libre, de acuerdo con los datos hechos públicos por el Instituto Nacional de Estadística. Ahora ya solo 1,26 hijos por mujer en edad fértil. En diez años, desde el 2008 hemos descendido de una cifra que ya era mala 1,44 a la actual, que es de derribo demográfico

Las últimas cifras del INE indican que España registró el año pasado el menor número de nacimientos a partir de 1942, justo después de la Guerra Civil. Continúa por quinto año consecutivo y hacia arriba, el déficit vegetativo, es decir, la diferencia entre nacimientos y muertes. que alcanzo casi las 55.000 personas el año pasado. Mueren muchos más españoles que nacen, y la tendencia es ir a más.

Esta catástrofe demográfica, generada por no tener hijos, tiene graves consecuencias que no quieren ser asumidas por toda una parte de la opinión, que se niega a aceptar que las pensiones, el estado general del bienestar, la productividad y, por lo tanto, los ingresos futuros serán progresivamente afectados por esta situación.

Dos son las causas fundamentales del problema. Uno es socioeconómico. España es el único país de Europa que no tiene una política de apoyo a la familia y a la natalidad. Las consecuencias son obvias porque tener un hijo cuesta dinero. Y no sólo eso, sino que te hará perder dinero en el futuro. Recordamos otra evidencia de que la ideología dominante permanecería oculta: la causa determinante de la brecha salarial entre hombres y mujeres es la maternidad. Las madres tendrán una pensión más baja para las mujeres que no han engendrado y esto es una injusticia radical, porque la que ha hecho una contribución decisiva al sistema público de pensiones será precisamente la madre; El herido.

La segunda causa es ideológica y se traduce en una moralidad que considera que la maternidad es como una losa para las mujeres, que las impide realizarse. Por otra parte, crecen las uniones basadas en vínculos débiles, mientras que el matrimonio, especialmente el católico, disminuye año tras año. Evidentemente esto se traduce en hogares inestables, donde tener un hijo es más complicado. De hecho, casi 1 de cada 2 hijos es de madre soltera en España. En realidad, no se trata solamente de mujeres solas, sino que también cuentan en aquella cifra los hijos que nacen en parejas que no han sido formalizadas. Este escenario evidentemente no predispone al segundo hijo, y castiga al que ha nacido a un futuro difícil e inestable.

Todo esto no solo está destruyendo España, porque la inmigración es un complemento, pero no la solución a largo plazo. Muchos economistas constatan que la desigualdad crece en este país, uno de los mayores de toda Europa, porque la recuperación de rentas y ocupación que se produce en los periodos de expansión económica no compensa los retrocesos de los periodos de crisis. Y la desigualdad debe además combatirse con una mejor política redistributiva. También apuntan a la gran debilidad que nos diferencia de la UE: la falta de ayudas económicas a la familia.

Por otra parte, la brecha salarial se reduce si se compensa a la madre con una retribución ahora y con una aportación adicional después, cuando se jubile. Todo esto tendría múltiples efectos beneficiosos, mejoraría la natalidad, apoyaría la tarea educadora de las familias, reduciría la desigualdad, y se corregiría la injusticia. Pero nada se hace mientras se derrocha el dinero en subvenciones, convenios i políticas de género, que difunden la mentalidad anti maternal. En España nacen pocos niños por la ideología oficial que impera. Esa es la razón primordial, que evitan las políticas comunes en Europa en esta materia.

Los cristianos no podemos ser indiferentes a este doble desastre que se ha apoderado de nuestra sociedad. Doble, porque en primer término significa el rechazo a la voluntad de Dios que no es otra que el matrimonio como la institución deseada por Él, como Romano Guardini escribe en El Señor: «Es Él quien, al crear al hombre y a la mujer, los hizo complementarios. El matrimonio contraído es una unión que surge del mismo Dios. Ambos cónyuges forman una unidad en Dios tan legítima que no son más que ‘ una sola carne ‘.

Los cristianos debemos abrir una reflexión dirigida a la acción para ver qué hacer a fin de transformar las políticas y las mentalidades. No debemos callar más, ni andar cada uno por su cuenta.

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3 Comentarios. Dejar nuevo

  • Silveri Garrell
    13 diciembre, 2019 18:24

    Me pregunto para que engendrar hijos si de mayores no seran cristianos practicantes. Que más da si vienen hijos o no, con las invasiones de inmigrantes que tenemos ja es la solución gratis para que puedan cotizar para pagar jubilaciones. La cosa es bien sencilla, hay que adoptar a los inmigrantes como hijos, educarlos, y a trabajar y cotizar. Encuentro esta alarma por la falta de nacimientos que es muy repetitiva. El otro problema de dar subvenciones a las familias con hijos es que la mayor parte se lo llevarian las familias del Islam que son las que mas engendran hijos y con el tiempo Europa seria islàmica. Se podria hacer un arreglo: incentivar a que vengan los que huyen de los paises sudamericanos que al menos no son islamicos.

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  • En España sí que hay una política de apoyo a la familia y a la natalidad, al menos en la comunidad autónoma de Madrid. Desde el pasado jueves, y gracias a una inciativa parlamentaria de VOX, que ha contado con el apoyo a regañadientes del PP y C’s. El voto en contra de la izquierda no ha sido suficiente para tumbar la propuesta, que se centra principalmente en las madres adolescentes.

    Responder
  • Si Dios pierde la centralidad, el hombre pierde su sitio justo. Está condenado a errar por el mundo como un nómada salvaje ignorando que es hijo y heredero de un Padre que le ha creado por amor y que le llama a participar de su felicidad eterna. La tragedia de Occidente es siempre la misma. Dios ha desaparecido. Los Estados han ocupado su lugar
    Si me absolutizo, me convierto en enemigo del otro. La Ley natural es en cierto modo la gramática de nuestra naturaleza. Nuestra naturaleza no es una enemiga ni una cárcel.

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