El problema de nuestra vida tal vez sea que no hemos comprendido qué papel desempeñamos en ella.
El nuevo libro de Diego Blanco, «El héroe y el monstruo», publicado por Ediciones Encuentro, parte de una evidencia que cualquiera reconoce antes de aprender a ponerle nombre: el monstruo existe.
El monstruo no necesariamente está fuera, no siempre tiene colmillos, capa negra o música amenazante, el monstruo más bien vive alojado en las heridas que arrastramos. Heridas que terminan condicionando nuestra manera de mirar el mundo y que pueden convencernos de que la realidad carece de sentido.
El autor advierte, además, que utiliza la palabra monstruo exclusivamente para referirse a ese enemigo interior. A partir de ahí construye lo que subtitula, con bastante acierto, un “manual de supervivencia narrativa”. Porque para Diego Blanco el hombre no es únicamente homo sapiens: es también homo narrans.
Necesitamos historias para comprender aquello que, expresado únicamente en conceptos, se nos escapa.
El dragón, el caballero, la princesa, el bosque o el espejo mágico no son simples adornos de la imaginación infantil; son formas concretas de representar el miedo, la virtud, la mentira, el sacrificio o la salvación.
Las buenas historias no sirven para escapar de la realidad, sino para aprender a verla.
El cuento permite que el hombre saque fuera de sí sus grandes conflictos y pueda contemplarlos.
La literatura, el cine y las series se convierten entonces en un laboratorio moral donde ensayamos, sin saberlo, la pregunta que atraviesa nuestra propia existencia: ¿qué merece la pena hacer con la vida?
Diego Blanco recupera para explicarlo un término casi olvidado: psicomaquia, el “combate del alma”.
Procede de Prudencio, aquel poeta cristiano de los siglos IV y V que convirtió virtudes y vicios en personajes enfrentados entre sí. Fe e idolatría, castidad y lujuria, paciencia e ira dejaban de ser conceptos abstractos para convertirse en contendientes de una batalla. La intuición atravesó después la cultura medieval y llenó manuscritos, vidrieras y capiteles: el verdadero campo de batalla estaba dentro del hombre.
La vida no consiste en “encontrarse a uno mismo” y dar por bueno cuanto allí aparezca, sino en aprender qué parte de nosotros merece ser alimentada y cuál debe ser combatida.
En ese sentido, El héroe y el monstruo constituye también una impugnación bastante inteligente de cierta cultura terapéutica contemporánea.
Hoy tendemos a pensar que toda incomodidad debe eliminarse, toda frustración corregirse y toda herida convertirse en argumento absolutorio. Diego Blanco propone que el sufrimiento puede adquirir sentido cuando entra dentro de una historia.
Las grandes narraciones ordenan el caos porque muestran que el combate es largo, que uno puede caer muchas veces y que la existencia de la herida no significa que la historia haya terminado.
El libro encarna una pregunta muy importante ¿somos autores o protagonistas? No hemos escogido nacer, ni nuestro cuerpo, ni nuestros padres, ni muchas de las circunstancias fundamentales de nuestra existencia. Podemos elegir —y por tanto somos en alguna medida coautores—, pero elegimos siempre dentro de una realidad que nos precede.
Entonces, si yo no soy el autor último, la pregunta decisiva ya no es simplemente “¿qué quiero hacer con mi vida?”, sino “¿para qué me ha sido dada?”. Es una diferencia pequeña en apariencia y enorme en sus consecuencias. Porque transforma la existencia de proyecto de autoafirmación en vocación.
Por eso Diego Blanco insiste tanto en los finales felices. No en el optimismo barato según el cual todo saldrá como deseamos, sino en algo mucho más serio: la posibilidad de que aquello que hoy parece absurdo pueda llegar a revelarse como parte de una historia con significado.
En un buen relato comprendemos al final por qué hubo que atravesar el bosque, sufrir la derrota o enfrentarse al dragón.
La historia humana puede tener un final porque tiene un Autor. Y el héroe no es aquel que jamás tuvo miedo ni heridas, sino el que, aun llevándolas consigo, decide no entregar el argumento de su vida al monstruo.




