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El sentido de la tradición

La tradición aporta sentido al tiempo, como dice Saint-Exupéry, «el tiempo que corre no es algo que nos gasta y nos pierde, sino algo que nos realiza y madura». A la estructura y orden de la casa paterna en cuanto al espacio le corresponde el rito en el tiempo:

– ¿Qué es un rito? — Pregunta el Pequeño Príncipe—

-Es algo muy olvidado —Le contesta el Zorro sabio— Es lo que hace que un día sea diferente de otros días, una hora de las otras horas. Hay un rito, por ejemplo, en mi país de los que me cazan. Bailan los domingos con las mozas del pueblo, entonces para mí el domingo es un día maravilloso, me paseo hasta la misma viña. Si mis cazadores bailasen cualquier día, los días serian todos semejantes y yo no tendría vacaciones… (Saint-Exupéry. El Principito)

El rito culmina con la muerte, le da sentido y la ennoblece. Esta es la causa por la que con la tradición olvidada nuestra sociedad tema tanto a la muerte, que inútilmente intente ocultarla o se imagine domesticarla, citándola con puntualidad eutanásica. La falta de rito y, por tanto, de ritmo es lo que hace que nuestra sociedad se mueva entre el tedio y el desenfreno para acabar en el sin sentido del «tiempo que nos pierde» en lugar de ser el «tiempo que nos realiza». La respuesta ya tópica de «vivir cada instante de la vida como si fuera el último» es una fantasía inconsistente, y también es algo más, porque es, en último término, o una banalidad sobre el sentido de la vida o un gesto de desesperación.

Y, dado que la persona no puede vivir sin significados profundos sobre el tiempo y el espacio, una vez suprimida la tradición verdadera debe hacer esfuerzos ingentes para fabricar «tradiciones» espurias como un producto de consumo más.

Una sociedad que abjura de sus recursos pasados, es decir, de su tradición, ha de tener per se una gran dificultad para encarar el futuro. Y ese es un problema decisivo porque reduce la capacidad de diagnosticar y actuar de manera acertada.

En realidad, tradición y progreso, en su sentido específico, avanzar, ir hacia delante, forman parte del mismo entramado histórico

La reluctancia de la sociedad desvinculada a la tradición nace de una pretendida incompatibilidad con el progreso. En realidad, tradición y progreso, en su sentido específico, avanzar, ir hacia delante, forman parte del mismo entramado histórico, porque para que el progreso tenga un horizonte de sentido, no se pierda en sí mismo, y pueda mantenerse, ha de ser ininterrumpidamente trasmitido y apropiado para ser vivido y asumido. En todas estas operaciones se necesita la tradición, que requiere de dos sujetos, uno que trasmite y el otro que recibe.

El contenido de una tradición puede ser un conocimiento, un principio del derecho, una canción, una oración, una institución, una fiesta o una norma de conducta. Debe existir una doble voluntad y, por tanto, ha de ser libre, de trasmitir y de recibir, para que la tradición sea dada. En este proceso no hay diálogo, sino un hablar del que trasmite y un escuchar del «discípulo» o «heredero». La satisfacción en la vida se alcanza cuando uno puede afirmar: «Yo recibí lo que os he trasmitido». Ese es uno de los papeles fundamentales del padre y de la madre, y el deterioro actual de su función nace precisamente de la carencia en el trasmitir.

Sin tradición, los padres carecen de capacidad de «transmisión», de guía y autoridad moral. Porque la tradición requiere de dos condiciones que resultan improbables en la cultura de nuestro tiempo. La primera, la de tener algo que decir, fruto de una recepción y asimilación previa; la segunda, la capacidad de escuchar en silencio.

Enseñar en la tradición es más difícil que enseñar lo nuevo.

Este dicho judío es particularmente cierto en nuestro tiempo. ¿Cómo hacer frente a la crítica de por qué lo recibido debe seguir gozando de validez? Ciertamente, no recurriendo a la tautología de porque «es la tradición».

Josef Pieper nos dice quién quiere trasmitir algo no debe hablar de «tradición», sino que debe preocuparse de que los contenidos de esa tradición, de esas «antiguas verdades», si son realmente verdaderas, se tengan realmente presentes; sobre todo mediante un lenguaje vivo, un rejuvenecimiento creativo, por así decir, mediante una continua confrontación con lo inmediatamente presente y con el futuro. Hacer presente la tradición pasa, por tanto, por obrar un «renacimiento».

Sin la tradición la continua transformación de la sociedad se torna ininteligible, el progreso se convierte en un sinsentido.

Anthony Giddens asume aquella tradición que pueda ser razonada. El traditium real es algo sumamente dinámico, pero ese dinamismo debe buscar su propio ritmo y contenido. El traditium nace de su propia lógica interna. La dinámica de la tradición no tiene nada que ver con correr detrás del mundo, sino con saber situarse a partir de la tradición renacida. Sin ella la continua transformación de la sociedad se torna ininteligible, el progreso se convierte en un sinsentido. Mucho de esto acaece en nuestro tiempo. La vida no puede ser una revolución permanente, y por ello requiere del «renacimiento», de la recuperación, de lo olvidado y reprimido para revalidarlo. Esta vuelta a nacer surge de la tradición, de los «antiguos». Solo la tradición permite un renacimiento, porque, si el conocimiento de los antiguos se pierde, nunca podrá ser verdaderamente recreado. El nuevo inicio siempre es «renacer», es decir, rescatar y recrear el pasado para articularlo al progreso. Es la unión de las comunidades de memoria, de vida y de proyecto.

La cultura de la desvinculación se ha negado un recurso cultural fundamental al haber prescindido de la tradición, y esta es una causa más de la incapacidad para resolver las crisis acumuladas. Charles Taylor, en su formidable trabajo sobre la construcción de la identidad moderna[1], muestra de la mano de poetas como Pound y, sobre todo, Eliot la indigencia espiritual de nuestro tiempo, nacida en gran parte del hecho de no disponer de la plenitud del significado al partir solo de los recursos de la propia época.

Siguiendo a MacIntyre podemos decir que, la tradición constituye un debate desplegado en el tiempo basado en unos acuerdos fundamentales que son definidos y redefinidos mediante un doble conflicto. Con los externos a aquella tradición, que rechazan aspectos o la totalidad de esta, e internamente, mediante interpretaciones sobre sus acuerdos fundamentales entre quienes forman parte de ella. Para mantenerse viva, la tradición cultural debe ofrecer una respuesta a los problemas planteados por otras tradiciones rivales y también a las interpretaciones internas.

De esta definición se desprenden algunas consecuencias.

(1) La tradición es, por definición, dinámica. Constituye la posibilidad práctica de articular el presente con el pasado y el futuro. Por encima de hipótesis teóricas, ofrece la práctica de la vida vivida.

(2) La duración y vitalidad de una tradición se verifica en su capacidad para aportar respuestas satisfactorias para quienes están adscritas a ella y en relación con tradiciones rivales. También se manifiesta en su unidad interna y su alcance local o universal. Todo ello será un signo claro de su importancia humana.

(3) Toda tradición está configurada por el conjunto de personas unidas en torno a lo que MacIntyre denomina acuerdos fundamentales (fundamental agreements) sobre lo que constituye el bien de la vida humana. Este es el núcleo sobre el que se constituye la tradición, el que señala su validez. Esta unidad no excluye las diferencias, aunque estas solo pueden ser de carácter accidental, secundarias. Si, por el contrario, se dan discrepancias sobre el núcleo fundamental, pasa a ser otra tradición distinta, escindida de la primera. De ahí que el mecanismo de una tradición para salvaguardar sus acuerdos fundamentales consista en la separación de quienes discrepan sustancialmente de ellos, en especial si tal disconformidad se convierte en  una bandera de poder más que un intento razonable de reinterpretarla.

La tradición cultural es una condición inherente a la persona humana, a su necesidad relacional y de identidad. Otra cosa distinta es la conciencia de pertenecer a ella o el asumirla con coherencia. El cosmopolitismo liberal se intenta presentar como una no tradición. Es un absurdo. El liberalismo, en sus matices y variantes, es otra tradición de algo más de dos siglos de existencia, que debe someterse al conflicto sobre sus acuerdos fundamentales, tanto de carácter interno, como en relación con otras tradiciones rivales.

[1] Taylor, Charles (1989), Fuentes del yo. La construcción de la identidad moderna, Paidós, Barcelona, 1996.

La respuesta de «vivir cada instante de la vida como si fuera el último» es una fantasía inconsistente, y también es algo más, porque es, en último término, o una banalidad sobre el sentido de la vida o un gesto de desesperación Clic para tuitear
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