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El valor de la vida

“Estoy cansado. Mi vida transcurre a la deriva. ¡Ni Dios me ayuda!”. ¿Te has fijado? En ti ya nada se engrana, las migajas caen de la mesa como desperdicios que ni los perros lamen ni desean para sí mismos… Todo son quejas, que proliferan diseminadas por las esquinas. Por doquier chorrea, en tu mundo jadeante, dolor y muerte de almas hambrientas, sedientas de amor. ¡Despierta hermano! ¿Qué haces tú para que Dios te ayude? ¿Dónde buscas el amor?

Discoteca de seis de la tarde a pasadas las doce del mediodía. Música de locos. Alcohol a mansalva. Comida basura. Cada día. ¿Qué le pides a la vida? ¿Qué le das, para que ella te dé? El amor es desinteresado, o no es amor. ¡Y no haces otra cosa que exigirlo! ¿Te crees que por dar esperando a cambio –en plan trueque, transacción contractual– vas a conseguir llenar tu alma recreándote en legalismos, desperdiciando la vida entre cochambres? ¡Con la plenitud a que estás llamado! En lugar de reivindicarla con tus resonancias entre enfermos e indigentes en los que te buscas, ¿por qué no pruebas a llamarla por su nombre?

Sé sincero contigo mismo. La plenitud se encuentra en la vida, y la vida es otra cosa. Todos sabemos que si no le metes caña a la traca, el jugo que sale no alimenta, ni da sensación de vivir siquiera, porque pronto llega el desengaño: “¿Qué sentido tiene vivir así? ¡Estoy hasta las horas de la Lola! ¡Me tienen harto!”. Esa es, a todas horas, tu cantinela. Y te separas de la Lola, y repudias a tu hermano, y escandalizas a tu hija única. Hasta lo que parecía alegría llega a chirriar como el paso de las agujas del reloj entre vómitos alcoholescentes, a pesar como el sombrero de copa cuando tienes caspa. ¿Caspa? ¡Si todo lo tienes cochambroso!

Prueba a ver a andar en su caza con sutilezas en lugar de la tosquedad de salvajadas orgiásticas en que la autoestima naufraga con consternación ante máscaras que exudan a través de máscaras. ¿De verdad esperas encontrarte en un accidente de inflexiones vasculares? Lo que necesitas son momentos de paz, que se siente en el silencio de una espera activa, a través de una guerra sin cuartel contra el egoísmo, huyendo de tu propio bienestar, surcando mares en un viaje liberador en pos del encuentro interpersonal; en la sencillez de una oración sincera, que llena el alma con una felicidad que fluye suavemente por el ánimo altruista sin ponderaciones de “más” o “menos”, de “tú” y de “yo” y de “el de más allá”, sin pausa y sin medida. Ahí se encuentra el hontanar en que el alma bracea emancipada de mundo y multitudes huecas, exuberante y fértil en zambullidas que refrescan los poros, y a través de ellos el alma.

Oración sincera. Tómate en serio el trato con Dios, tu Creador. Sal de tu ego y búscate en la entrega a través de sus mandamientos, sin condiciones: encontrarás tu norte, encontrarás tu yo. Ahí, en tu rincón más silente, te hablará con obras y milagros, de noche y de día, de las virtudes de la entrega por amor, y, si por una vez le haces caso, entonces, como por encanto, se hará tu milagro, ese que esperas: encontrarás el amor en el Amor. Lo sentirás en tu alma inflamándote sin mesura, en la medida en que tú te le hayas ofrendado con desprendimiento. Mucho más de lo que diste. ¿Por qué? Porque te habrás donado. Así es el amor que lleva al Amor. Así es Dios. Búscalo y abniégate, y Lo vivirás, y en Él te regocijarás. Ése es el sentido de la vida. Ahí está su valor sin precio. Tú –no lo olvides– solo la tienes para encaminarte a la Vida. Ahí estarás tú, si Le obedeces, para siempre. –Y la legarás. Al fin sin condiciones.

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