Geopolítica educativa (XXI) – La trumpeta de Trump (2)

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Asedias. Avanzas escampando la guerra por todo el orbe conocido y por conocer. Impones el Infierno, ¿y ahora abordas el Cielo? ¡Qué pretensión luces, trumpimocoso? “El secreto de la inteligencia humana no está solo en vivir, sino también en saber para qué se vive” (Fiódor Dostoyevski). ¿Cuál es la razón que te mueve? ¿Acaso tienes razón? Ya se ve, pues, que tu inteligencia brilla por su ausencia. No eres más que un títere maleable en manos de los poderosos que nos someten a todos en nombre de la libertad… y a ti te tienen prometido como gestor fofainas, por más independiente y recio que quieras aparecer.

Centrémonos. Tras tu estampida, pongamos cada cosa en su lugar. El mundo no es tuyo, sino de Dios. Tú no estás aquí para destruirlo, sino para −como todos nosotros− trabajarlo y llevarlo a plenitud (cfr. Gén 1,28; 2,15), lo dijimos ya. Toma nota, pues, que el trabajarlo −con la ética que surge de la moral− va para todos, junto con todos y cada uno de los seres humanos que poblamos este pequeño planeta, cada quien con sus particularidades, que ya habrás comprobado que no tienen por qué ser las tuyas, aunque te cueste aceptarlo.

Es por este motivo que te cuesta coercer con el vórtice de tu mandato, lo cual te constriñe a imponerlo por la fuerza hasta para arrasar la Naturaleza que nos estás arruinando, en lugar de fluir como brotan las fuentes claras en la cima de la montaña salvaje que pretendes contaminar con tu “modernidad” y embadurnarnos el cielo azul con el maquillaje que te declara la cara recosida a manipulaciones quirúrgicas de la santa faz que hoy buscáis los que no sabéis aceptar que el tiempo pasa y os puede a vosotros también.

Esa fuente alpina es buena imagen de la Palabra divina, que con Su Verdad viene cada día en busca de nuestra colaboración en llevar elevando el mundo a Dios; un agua que sacia sin empachar, pues es el vértice de la vida que nos reclama a superarnos para agradar al Creador (que no a los hombres), y así hacer fructificar sus talentos (Mt 25,14-30), que nos los ha confiado bajo precio de sangre (cfr. 1 Cor 6,20), con la oblación del “Nombre sobre todo nombre” (Flp 2,9).

Bien mirado, das pena. Chisporroteas como un chiquillo de barrio inadaptado que hace sus gracietas para que sus peleles le den la palmadita en el hombro, y así sentirse el líder que con sus solas mañas ni podría alcanzar a espurio, para disfrutar palomitas en mano sentado ante la peli del sábado tarde.

Te veo, día sí y día también, hacer trampas bajo la mesa, escribiendo tu propio eslogan en tu espejito mágico: “This is Trump’s tramp”, y acabas por creértelo tocando con tu trumpeta el soliloquio “Great again!”. Sin embargo, el tablero chorrea la sangre de los que tú con tu furia desangras, y su sangre entre peón y peón con benigna persistencia escribe −aunque te duela−, con letras de oro y la santa paciencia de polifónico Maestro: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5,9).

Tú, no. Tú avanzas decidido con tus carros de combate a hacer la guerra a todo quisque que no piense como tú y los tuyos, pues eres tan soberbio que por un pellizco de gloria mundana has vendido tu alma al poder infernal, ¡con el que amenazas hasta a tus aliados… y al propio Papa! ¿Es eso lucidez? ¿Es eso liderazgo? ¿No estarás ya −después de tanto empacho de coquetona gloria− un poco pasadillo de rosca? ¡Acoge de una vuelta de tuerca por todas en esta ocasión la Verdad con que Dios de vez en vez te reclama el alma, avisos con que el Creador te ofrece la salvación que tú −insistente− rechazas, o bien tu alma −antes o después− se hundirá bajo las llamas!

Sigues trumpeando con tu trumpeta, el juguete que te distrae después de arrebatarlo a tus hermanos, a quienes destruyes la vida con tu pertinaz bullying perverso que te lleva a arrasar países enteros para hacerte con sus recursos, solo por conminar a los tuyos con la idea fija del psicopático dominio que os mueve. Ya ves que no solo me río a llantos de tus fantochadas, sino que incluso te doy doctrina, con una leve esperanza de que despiertes a la vida tras superar la neura que compartes con esa crápula “asesora espiritual” de nombre con resonancias cainitas que con tanta o más calentura mental que tú dirige tu recién creada Oficina de la Fe (con capitales letras), esa fe ciega que te mueve a tientas hacia el Infierno que tú mismo te conreas.

A continuación, te defiendo la ley natural que da vida al universalismo católico que tú atacas, pues pretendes sustituirlo por tu humanismo deshumanizado, basado en un mundo transgénico que nada tiene que ver con la ecología integral de que nos hablaba el Papa Francisco (léase Laudato si’) y que tú allanas con tus bombitas. “Todo pecado y blasfemia se les perdonará a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu Santo no será perdonada” (Mt 12,31). Esa blasfemia te convierte en el-peligro-number-one: “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,20), avisa Jesús, y −añado yo, si me lo permites− “por su psicopatía, también”. El nuestro es un “Dios de vivos” (Mc 12,27), como expresa san Pedro cuando nos conmina a saludarnos con “el beso de la paz” (1 Pe 5,14).

Así, con mi mano tendida (que no significa aprobación de ninguna manera), siguiendo el llamamiento del Papa León te invito a deponer las armas y negociar lo que tengas para negociar con política de la de verdad (geopolítica educativa decimos aquí, y a ti te convendría aprenderla), sin pretender nunca imponer tu visión obtusa de la realidad, que nada tiene que ver con la verdad que el mundo atesora como reflejo de la Verdad de Dios. No en vano, “Dios es amor” (1 Jn 4,8.16), y quienes le adoran deben hacerlo “en espíritu y en verdad” (Jn 4,23). Toma nota, o Él te tomará a ti.

Geopolítica educativa (XX) – La trumpeta de Trump (1)

Twitter: @jordimariada

Siguiendo el llamamiento del Papa León, te invito a deponer las armas y negociar lo que tengas para negociar con política de la de verdad. Compartir en X

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