Al observar el panorama social que mora en nuestro tiempo, tanto una como otra, ofrecen concomitantemente una resistencia tangible al totalitarismo que brinda cada vez más el poder establecido. En gobiernos como el nuestro, con un autoritarismo que anida en su transgresor ideario político, y que cobra más fuerza si cabe al abrigo del interés y de la influencia tóxica de los lobbies de turno, han de caminar unidas para frenar el despotismo gubernamental al que estamos sometidos.
No es atrevido decir que, quizá, tanto la familia como la maternidad sean las realidades que más limitan al gobierno de la nación, sobre todo la familia, ya que es anterior al Estado y por tal motivo le cuesta controlarla a su antojo. Y esto es así porque el seno familiar es una institución natural donde se forma la identidad de los miembros que la componen, sin alienación administrativa pública alguna. En verdad, es una comunidad donde el mercantilismo burocrático y el utilitarismo fanático ven complicado manipular su organización estructural.
En el calor familiar, recibimos los valores necesarios para afrontar las vicisitudes de la vida con responsabilidad y en libertad. Es dentro de esta comunión de personas donde se nos alimenta, donde aprendemos a hablar, a caminar, a obedecer, a disculpar, donde se nos protege. Además, se nos educa en la fe y en unos convencimientos éticos y morales alejados de la sórdida manipulación de poder. Se nos quiere por lo que somos y no por el rédito de nuestras capacidades. Y es también dentro de la familia donde recibimos a cada nuevo miembro que nace, conformando unos lazos de consanguineidad que nos van a vincular de por vida, de generación en generación.
La familia, como ya hemos apuntado, no es una concesión administrativa como ahora se pretende hacer ver. Los hijos no pertenecen al Estado ni tampoco son objeto de cosificación estatal; bien al contrario, son sujetos de derechos y libertades, recayendo en la responsabilidad de los padres la salvaguarda y la educación de los mismos. A tal tenor, el Estado está obligado a favorecer el desarrollo vital de la familia en cuanto garante y sostén de la libertad de sus ciudadanos. Y es aquí, en este punto, donde el poder confunde y distorsiona su función garantista, al pretender incidir en aquella para “redefinir” la naturaleza de la misma, eso sí, al albur de un ordenamiento jurídico adaptado a su ideología progre, inicua y trasnochada.
Las leyes no crean a la familia. Lo que deben constatar asépticamente es el reconocimiento de la misma como célula troncal de la sociedad. Esto supone no invadir las competencias que exclusivamente pertenecen a los padres, tales como la educación espiritual, la afectiva y la formación en valores y en convicciones propias. Estas afirmaciones, que debieran estar plenamente asumidas y conformadas en las sociedades modernas, al parecer no están del todo claras, pues es notorio que el pasado pesa y dolosamente vuelve. Cada vez más regímenes democráticos encubren solapadamente abusos de poder y totalitarismos larvados, quizá menos visibles y violentos, pero igual de letales, a la sazón, el comunismo y el marxismo.
En íntima unión con la familia, la maternidad está socialmente marginada, vilmente penalizada por la cultura que se impone hoy, centrada en el individualismo materialista y en el descarte. La tesis gubernamental hunde sus raíces en la idea de que cuanta más soledad sufre el individuo, más dependiente es del Estado y, por lo tanto, más manipulable y subordinado. Asimismo, los niños, por medio del “wokismo” y de la “cultura queer”, pasan a ser objetos de la ingeniería social estatal, lo que supone relegar a sus padres en materia educativa a un rol secundario y residual, es decir, una verdadera atrocidad tan intolerable como diabólica.
Por tanto, el objetivo primordial de estos gobiernos democráticamente autoritarios no es otro que el control económico, social, personal y educativo, aquello que más incide en la libertad de las personas. Con todo, existe un fehaciente y continuo asalto por intentar sustituir a la familia en aras de rediseñar torticeramente el papel insustituible de la misma, así como conspirar contra el divino milagro de la maternidad.
Bajo el prisma mercantilista de la productividad, que adopta como criterio básico el poder autoritario, todo lo que supone una carga y es ineficiente debe a toda costa eliminarse. Ante este escenario, nos encontramos con una cultura abortista enfermiza, luctuosa y destructiva, con el fomento de la eutanasia, con la destrucción de la familia “tradicional” (la única) como la suelen denominar, y un sinfín de agresiones ruinosas y abominables que degradan sobremanera al ser humano.
En la familia nadie sobra, a pesar de las dificultades que puntualmente puedan acontecer. La familia se rige por la ley natural, una norma dotada de tanto sentido común que a los totalitarios les produce urticaria. La legitimación de la familia es defender su libertad, su desarrollo integral sin coacciones ni desafíos perniciosos. También es cierto que existen dramas familiares en orden a rupturas y violencia, y es por ello que se precisan políticas de reconstrucción, de protección de víctimas y de exigir responsabilidades. A tal efecto, es imprescindible recalcar que una conveniente y buena educación dentro de la familia contribuye eficazmente a paliar la atmósfera anteriormente descrita, además de favorecer la puesta en marcha de lo bien aprendido en aquella al servicio de la sociedad.
Por todo ello, preservar el carácter genuino de la familia, sin establecer invenciones rocambolescas que desgarran la esencia profunda y primigenia de la misma, es garantía de avance social. La familia cumple una misión trascendente, es decir, ofrece al Estado y a la sociedad en su conjunto miembros formados intelectual y moralmente estables en su actuar, solidarios por naturaleza y constantes en el tiempo.
La familia, a pesar de sus vaivenes, así como la maternidad, se erigen como límites y contrapesos del poder autocrático. Si se llegara a fragmentar y por tal motivo se diluyera en ideologías contraproducentes, sus miembros correrían el riesgo de volverse profundamente vulnerables, muy dependientes y, por lo tanto, extremadamente manipulables. Frente a esta tentación perversa del poder, la familia debe ser un baluarte donde la libertad sea una consigna para fomentar la solidaridad y los hábitos socialmente constructivos.
Así las cosas, la prioridad más absoluta en la actualidad de quienes condenamos una antropología antinatural y de diseño, y sí abogamos por una biología científicamente responsable, es preservar con denuedo tanto a la familia como a la maternidad de la putrefacción denigrante de la corrupción ideológica, donde el matrimonio, entre hombre y mujer, juega un papel fundamental, insustituible y necesario para crear unos hogares heroicos, luminosos y saludables.
La familia debe ser un baluarte donde la libertad sea una consigna para fomentar la solidaridad y los hábitos socialmente constructivos. Compartir en X








