La apostasía moderna ya no necesita de un agente externo que amenace nuestra seguridad para obligarnos a negar nuestras creencias, ahora la promovemos nosotros mismos al poner el telediario.
Pocos son los que aún consideran la hora de comer un tiempo sacro alrededor del cual germina la felicidad conyugal y familiar, y menos son aún los que siguen tomándose en serio la salvaguarda de esas santas instituciones desinstalando la pequeña y demoniaca televisión con la que hemos profanado la mayoría de nuestras cocinas —si es que no venía instalada ya de serie—.
Recuerdo, desde bien pequeño, que poner la mesa era un deber solo consumado al colocar junto con la vajilla, los manteles y las servilletas, el mando de la televisión. “Poned las noticias” decía cualquier adulto, como si no tuviéramos tiempo en el día para leerlas o verlas a una hora en la que no estuviéramos todos juntos. ¡Qué rastrero y astuto el Enemigo que programó en las cadenas televisivas el telediario a las horas de reunión familiar!
¿Cómo no íbamos así a perder la batalla por la familia si somos nosotros mismos los que saboteamos nuestro propio tiempo juntos?
“Tengo que ver las noticias” ataca uno, “tengo que estar enterado” concluye pulsando el botón rojo de encendido. Y es verdad, tenemos que estar enterados, no podemos librar nuestra batalla contra el mundo si no sabemos qué anda tramando, pero ¿no puede ser a otra hora? Hubo un tiempo en el que las mesas de comedor eran altares a cuya vera se reunían las familias para partir el pan y compartir la palabra. Hoy son simples estaciones de carga donde varios autómatas coinciden sin siquiera mirarse a los ojos; pues sus miradas vacías se dirigen a la luz artificial que emana del rectángulo orwelliano de voz enlatada.
Sin embargo, esto no es apostasía, solo pecado: el de dejarse llevar por las comodidades del mundo. El apostata nace, a mi parecer, cuando a uno de esos autómatas se le apaga el corazón en forma de cruz y se le enciende la lengua en forma de serpiente. ¿Cuántos padres y madres de familia riñen a sus hijos por insultar pero les enseñan a hacerlo cuando en la pantalla los monigotes parlanchines no son de su partido o de su equipo?
Parece que, cuando comienzan las noticias, cada vez más católicos renuncian a sus deberes de misericordia, fraternidad y amor hacia aquellos que les hacen el mal y deciden apostatar, insultándoles como cobardes escondidos detrás de un televisor.
Malentendemos que, como el pecado ajeno es objetivo, público y evidente, se pueden decir cosas como “si es un (escoger el improperio que mejor satisfaga nuestra vendetta) se dice y punto”. Algo así como si las palabras de Jesucristo se rescribiesen en nuestras memorias diciendo: “amad a vuestros enemigos, a no ser que salgan en las noticias, en ese caso insultadles. Más aún si su falta es objetiva”.
Y con los deportes más de lo mismo. Cuánto me duele escuchar a mis seres queridos concluir que “ha fallado ese tiro porque es (escoger la calumnia racista que mejor se adecue al tono de piel del jugador)”. ¿Quién dijo que la rivalidad deportiva y los insultos fueran parte de la misma especie? “No pasa nada” se excusan “es fútbol”, como si, al comenzar los partidos, sustituyésemos la cruz de nuestro pecho por el escudo de nuestro equipo.
La fe católica no es un mantel que pueda quitarse cuando Vallés comienza su asalto y volverse a poner cuando termina el chaparrón de Brasero.
O que pueda guardarse cuando Gil Manzano pita el comienzo del partido y sacarse de vuelta cuando el Madrid marque en el último minuto. La fe católica es, como indica su nombre, universal, por lo que, si realmente nuestra mesa esta llamada a ser un altar, nuestra vida ha de ser la ofrenda. Y si, al encender el telediario, recordamos las afrentas que guardamos contra un hermano nuestro ¿no estamos llamados a dejar nuestra ofrenda frente al altar, ir hasta nuestro hermano y reconciliarnos con él? Al menos espiritualmente, pues a veces el Bernabéu y la Moncloa nos pillan algo a desmano.









