Geopolítica educativa (XXIII) – Desde la esencia

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Podemos abrir y podemos cerrar.  Podemos ser rígidos como una estaca de acero templado o flexibles como una sutil goma elástica. Más aún, ¿qué tal si acogemos vida y nos amoldamos como el agua a cualquier recipiente? Es conocido el grito de san Juan Pablo II: “¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!”. El santo Papa supo ser como el agua. Supo testimoniar. Y cambió el mundo. Derribó el que se tenía por todopoderoso sistema soviético. Así deberíamos ser para afrontar con acierto los nuevos tiempos que se nos abren y cierran delante y detrás y por todos lados.

Me dirás: “Si te amoldas, no eres auténtico, dejas de ser tú mismo”. ¡Craso error, hermano, mi hermana del alma! El mundo, las relaciones, la vida son del que se adapta. No te hablo de perder tu esencia, sino de vivificar cuanto afrontas. Y solo vivificas si tomas la forma que puede acogerte, no si destruyes y rompes y quemas y trinchas. Por conformarte (“tomar la forma”) nada perderás, pero Dios, la vida te pasarán cuentas de todo cuanto arrases. Más aún, rompiendo te rompes: eres 2 + 2 = 0, cuando con Dios serías 2 + 2 = ∞.

Una vez conformado a la nueva situación, nadie dice que debas ser delicuescente. Todo lo contrario: deberás ser férreo en tus principios, sabiendo que desde lo que eres puedes −por lejos que estés− compactar la esencia de la vida en toda forma y manera, con sentido del humor y con emblema, con decisión y con presteza, con convencimiento. No solo no perderás tu esencia, sino que adoptarás nuevas formas y nuevas fragancias, integrando sin embadurnar, y te embeberás en la quintaesencia de la sabiduría y el alma universal, y por ahí, por el “Punto Omega” del “Cristo evolutivo” en que la Creación alcanzará su plenitud (según conceptos del sacerdote y paleontólogo católico Pierre Teilhard de Cardin), te conformarás en Dios. Y no solo eso. Solo así habrás podido extraer cuanto de bueno hay en los que te rodean… y los habrás salvado. ¡Alzad la mirada, hijos, padres, esposos y amigos! El bien al bien reclama. El mal destroza.

Dicho dicharachero

Ahora se ha puesto de moda lanzarse pullas entre los habitantes de la tele. “Nadie es profeta en su tierra”. “Eres un mierda”. “Ladran, pues cabalgamos”. ¡Qué van, sino, a contarse? Solo han aprendido el insulto y la deshonra (a menudo los propios), que es lo que queda cuando el ego manda. Se sienten todos acorralados por su propia sombra, en las profundidades angostas del pozo al cual se acercaron a abrevar cuando el desierto de su alma perdida les daba arena, sucia. Y ahí, en el pozal, el agua encharcada huele a cloaca, de manera que como ahí no van ni los cocodrilos, se devoran entre ellos y sus pedazos se los comen las ratas.

¡Ay, hermano, bendito de tu padre, hacia dónde cabalgas, si ni tú lo sabes? Te lo diré. ¡Hacia el Infierno te llevas al regimiento! Pretendes subir y subir con el ascensor social a las cumbres de la histeria colectiva que os hace sentir el hálito del demonio que os inspira, que os guía, que os reclama el alma como si fuera Dios… y es la Nada, y es la Muerte; es utopía, es humo, es pringue, es bazofia. Y así os deshace a vosotros. Y, como os sentís llenos de sambumbia, os vomitáis en la cara. Os lo decía ya desde hace veintiún siglos el dicho: “No hagas a tu hermano lo que no te gustaría que te hiciera a ti” (cfr. Mt 7,12).

Lo que nos quitan, lo que nos dan

“¡La IA amenaza el futuro de la Humanidad!”, lo gritan todos, pero son ellos los que hasta aquí nos han traído, para darnos más de lo mismo: más mentira, más comedia, más mierda. Y ahora, más control. Pero esta no se la esperaban: llegados a este punto, la IA les amenaza incluso a ellos. Ya lo advierte el Apocalipsis: “Porque caerá como un lazo sobre todos aquellos que habitan sobre la faz de toda la tierra” (Lc 21,35). O, lo que es lo mismo, “Todo hijo de vecino”. Como ya nadie tendrá que trabajar, porque la IA nos lo hará todo, el porro y el sofá se imponen como solución. Pero como resulta que el ser humano fue creado para trabajar (cfr. Gen 2,15), paralizarlo es minar su propia naturaleza, la esencia que le da (o daría) vida.

¿Qué haremos, pues? Servir. Atender. Escuchar. Dar la mano. Amar. Tendremos cada día más recursos para hacerlo: todo aquello que la IA no sabrá hacer, que solo podrá replicar, pero que replicándolo nos engañará. Entonces no sabrán qué hacer más que cerrar los ojos y abandonarse más aún a la Mentira, pero habrá llegado el momento de que el cristiano que por fin ya se decida a ser auténtico, el que viva el Evangelio y no según su ego, salga de su escondite donde se recluía acongojado y cante a los cuatro vientos la canción de la vida en Dios, del Amor, de la Ilusión. El canto de la Belleza.

¿Y a santo de qué? El cristiano de verdad, por más oscuro que esté todo, por más estrellas que caigan sobre la Tierra (cfr. Mc 13,25; Ap 6,13) y haya terremotos y “cosas aterradoras” por doquier (cfr. Lc 21,11), lo sabe y lo sabrá. Vivirá como siempre ha vivido o se convertirá al fin para labrarse −con su oblación− un puesto en la Salvación que a todos nos espera si con Dios caminamos.

Y el nuevo santo evolucionará hacia un ser aún más auténtico del que siempre fue (el Cristo evolutivo), lejos de la perversión de un ser postizo que ha renegado de su Creador por enaltecerse a sí mismo. Que se ha acomodado a aquel ser caído, corruto y despreciable a los ojos de cualquier humano de bien. Éste, el seguidor de Jesús, sabe −por su corazón− dónde está el futuro de la Humanidad, aquella que un día perdió su visión, y con ella su misión, por haber cedido a la fantasía de “hacerse a sí misma”, corriendo jadeante tras aquel ubicuo “empoderamiento” que le hicieron perseguir pisando al hermano. Aquella engañifa que osó −incluso− enfrentar la Santa Faz de su Creador con el vómito agrio y pestilente de la propia falsedad: la pretensión de ser Dios.

¿Qué nos espera?

Puesto que están como antes vacíos, vacíos permanecen y ya no saben qué les depara la vida en el siguiente programa; menos lo saben ahora que la IA ha venido a dominarlo todo para dejarlo todo definitivamente sometido en sus manos. Pero tú y yo sabemos (si del soplo del Espíritu vivimos) que van directos al Infierno. Y todo esto les pasa porque no han tenido una buena educación (que no significa cara, sino la adecuada), y la que han tenido les ha “empoderado” −como se dice ahora− para justificarse el ego. El sistema les ha vomitado como peones de una guerra que ellos mismos alimentan con sus malas obras; un sistema que les provoca más degeneración incluso que la geopolítica que les trazaron cuando los pusieron en acción, sabedores todos ellos de que nos estaban (y nos están) engañando. Geopolítica educativa de peliculón.

Es comprensible que así estén los pobres. Han mamado fatuo y vacuo. Se han rebozado en una geopolítica educativa vacía de esencia, repleta de veneno… y como se han envenenado entre ellos, ahora nos vienen y pretenden envenenarnos a nosotros. ¡No caigas, hermano, mi hermana del alma, en sus garras y en sus entelequias! ¡Cógete a la Verdad −solo a ella− y avanza, auténtico, hacia la luz que Dios te regala allí, al final del túnel! Es el soplo del Espíritu de Dios, que −aunque siempre estuvo ahí− ahora viene a salvarnos. No pierdas tu esencia y no perderás tu vida, pues Dios te lo ha prometido: “El que persevere hasta el final, se salvará” (Mt 24,13). Camina. El Punto Omega te espera.

Geopolítica educativa (XXII) – La Trumpeta de Trump (y 3)

Twitter: @jordimariada

El mundo no necesita más ego ni más ruido. Necesita personas firmes en sus principios y flexibles en el amor. Compartir en X

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