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Hijos del polvo, de Ignacio Eufemio Caballero

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​Si en Siempre promete amanecer Ignacio Eufemio Caballero nos entregaba la herida abierta de una pérdida íntima y familiar, en Hijos del polvo (Colección Baños del Carmen, Ediciones Vitruvio) esa armadura de caballero que mencioné un día parece haber pasado por la forja de un invierno mucho más largo, universal y profundo. Ya no viajamos enredados en los hilos de un duelo lineal que despide a un abuelo que se marcha, ahora nos encontramos ante una peregrinación espiritual que busca rescatar el sentido del mundo entre los escombros de una modernidad que el autor siente vacía y desolada.

​Yo le conozco bien: a él como niño, como hombre y como hidalgo lógico, y le observo e indago para ver si detrás de esa corrección extrema y solemnidad antigua aparece un tímido desgarro. Y, por fin, ante este basto mundo se desvela como un ente de un siglo equivocado.

En esta nueva obra, esa sensación de anacronismo necesario se multiplica. El autor ya no sólo dialoga con su propia ausencia, sino que convoca a los grandes espectros de nuestra cultura para que le ayuden a sostener el peso mismo de la existencia. Camina por las páginas acompañado por las sombras de Cervantes, Lorca, Quevedo y mi querido San Juan de la Cruz, pidiéndoles que regresen con su voz de aceite y sangre para nombrar lo eterno con lengua de oliva.

​El libro se articula en torno a un concepto que Ignacio bautiza como Umbralesía. Es un término que define ese territorio fronterizo entre lo que somos y lo que ya hemos olvidado ser: un umbral de lamento mudo donde la verdad desfallece y el alma se siente náufraga ante lo que desconoce. Es un viaje fascinante.

​Y es una absoluta delicia observar cómo su pluma, siempre pulcra, decide ensuciarse ahora con el polvo de la historia y el mito, en un ejercicio de sincretismo asombroso. Ignacio nos lleva desde la Castilla de sus raíces hasta los paisajes helados de las Eddas nórdicas. En un mismo poema conviven las Nornas tejedoras del destino con la herencia romana y visigoda de su tierra.  Sin duda, demuestra, una vez más, que, para él, el Misterio no tiene fronteras, sólo una sed inmensa de trascendencia.

​Me detengo especialmente en la estación titulada Peregrinación de ceniza. Aquí, aquel caballero de armadura presta se despoja de sus títulos para reconocerse como un pobre caminante del polvo. En una honestidad impactante nos confiesa que en su soberbia confundió gloria con dominio y que, al final, lo único que quedó intacto fue la herida: la humillada verdad del sacrificio. Es el reconocimiento de la propia pequeñez frente al Vero Rey y frente al tiempo que todo lo devora lo que nos hace volver a nuestro origen. Y con ese itinerario viajamos junto a él palabra a palabra.

​La obra avanza hacia una Última órbita del sueño, donde Ignacio, preparado para volverse verdad, recupera su fe en la caballería espiritual. Aquí clama a esos andantes caballeros de otros tiempos para que adiestren este linaje errante que ha olvidado su nombre. Nos pide que cabalguemos sobre el costillar de Rocinante, que saludemos al alba como si aún fuera virgen y que busquemos la hermosura invisible de Dulcinea en un mundo que sólo parece tomar por cierto aquello que puede comprar.

​En los versos finales, su poesía deja de ser un mero ejercicio estético para convertirse en una oración descalza. Nos habla de un amor que es herida y ala; de una fe que no necesita explicaciones, sólo presencia silenciosa. Y entonces, yo, como trémula lectora, por fin le encuentro, escondido detrás de un culteranismo suave, y consigo ver a ese niño de armadura otra vez.

Hijos del polvo resume su gran hallazgo: la aceptación de nuestra condición mortal. Y con ese dolor él construye un renacimiento a través del aliento divino. Sigue siendo ese niño, mi niño vestido de armadura, al que escribí hace años, cuando aún no sabíamos ninguno de los dos que la ausencia deja huecos que nunca se llenan del todo.

Pero ahora su batalla no es sólo contra esos molinos que siempre fueron gigantes, sino contra el olvido que acecha a toda una estirpe. Hijos del polvo es, en definitiva, un testimonio de resistencia poética. Ignacio Eufemio Caballero nos recuerda que la lengua —su lengua herida, la nuestra— puede renacer si nos atrevemos a entrar en la llaga con la fidelidad de quien sabe que amar es también quedarse.

Es un libro para leer con el respeto que impone una catedral, sabiendo que cada verso es una migaja recogida en la era del llanto para alimentarnos en medio de la noche. Y al cerrar este manuscrito, queda flotando en el aire una certeza que no necesita de métricas ni de rimas: que el polvo, al final, solo es la piel del tiempo, y que mientras haya alguien que recoja esa cruz plantada por un niño, nada de lo que amamos estará verdaderamente perdido.

Gracias, Ignacio, por recordarme que incluso en la ceniza, siempre late la promesa de un nuevo amanecer.

Hijos del polvo resume su gran hallazgo: la aceptación de nuestra condición mortal. Y con ese dolor él construye un renacimiento a través del aliento divino. Compartir en X

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