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Cuando el alzacuellos molesta: lo ocurrido en el Hospital Carlos Haya de Málaga exige explicaciones

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Lo ocurrido recientemente en el Hospital Carlos Haya de Málaga, relatado por un sacerdote que acudía el día del padre a acompañar a su padre enfermo, merece una reflexión seria… y también una respuesta pública por parte de la institución.

No hablamos de una queja airada, ni de una interpretación ideológica de los hechos. Hablamos de un testimonio sereno, dolorido, incluso agradecido —porque el propio sacerdote reconoce con justicia el trato ejemplar de la mayoría del personal sanitario—, pero que describe una escena, protagonizada por una enfermera del hospital, difícilmente justificable: increpaciones, gritos, llamada a seguridad y expulsión de un hijo —sacerdote— por el simple hecho de vestir ese día por primera vez con alzacuellos en el Hospital.

Una pregunta incómoda

El sacerdote, que según su relato visita a su padre enfermo habitualmente vestido con un chándal, formula la pregunta que muchos se están haciendo: “Si hubiera venido hoy en chándal, ¿habría pasado esto?” Es una pregunta incómoda. Una interrogación retórica cuya respuesta apunta a la animadversión o el rechazo explícito de una enfermera que hizo valer su criterio en el Hospital, lo cual también exige explicación, y en el fondo, hacia lo que representa un sacerdote.

Y eso, en una sociedad que presume de plural, tolerante y respetuosa con la diversidad, es sencillamente inaceptable.

El valor del alzacuellos: algo más que una prenda

No sabemos las circunstancias por las que el sacerdote acude en chándal a ver a su padre —quizá viene directamente de hacer deporte, quizá de otra actividad— y no corresponde aquí juzgar ese aspecto concreto.

Pero sí conviene aprovechar este episodio para recordar algo que, en el fondo, tiene una profunda dimensión educativa, teológica y social: el valor de la vestimenta sacerdotal como testimonio en la vía pública.

La Iglesia enseña que ha sido configurado con Cristo de manera permanente, actuando in persona Christi. No se trata de una función puntual, sino de una identidad que imprime carácter. Por eso, su presencia en medio del mundo no es irrelevante. Es un signo.

El sacerdote está llamado a ser —como recordaba San Juan Pablo II— “imagen viva y transparente de Cristo”. Y una imagen, por definición, es visible. En una sociedad que tiende a relegar la fe al ámbito privado, el alzacuellos recuerda, de manera silenciosa pero elocuente, que Dios sigue presente en medio del mundo. Precisamente por eso, en ocasiones, incomoda.

En una sociedad que trata denodadamente de expulsar a Dios del espacio público, el alzacuellos es, en sí mismo, un acto de testimonio. Y precisamente por eso, en ocasiones, incomoda.

Y lo más importante, cualquier persona puede necesitar en algún momento hablar, confesarse, pedir consejo, recibir consuelo. Y el modo más sencillo de hacer visible esa disponibilidad es precisamente el hábito o el alzacuellos. Son muchos los testimonios de sacerdotes que lo corroboran

No es una cuestión estética. Ni solo de coherencia externa. Es, ante todo, una cuestión de misión.

¿Anticlericalismo en un hospital?

Lo más preocupante de este episodio en el Hospital Carlos Haya de Málaga no es solo lo ocurrido, sino lo que revela. Cuando un sacerdote, por el hecho de manifestar públicamente que lo es vistiendo como tal, es tratado de manera distinta —y peor— por el hecho de serlo, no estamos ante una anécdota. Estamos ante un síntoma.

Un síntoma de una sociedad que tolera todas las identidades… salvo algunas. Un síntoma de una cultura que predica el respeto… pero lo aplica de forma selectiva. Un síntoma, en definitiva, de que el anticlericalismo no ha desaparecido: simplemente ha cambiado de forma.

Ya no se manifiesta con violencia explícita, sino con desprecio, con incomodidad, con hostilidad larvada. Con pequeños gestos que, sumados, dibujan un clima.

Romper el silencio

Ante esta situación, hay un riesgo evidente: el silencio. Muchos sacerdotes viven situaciones similares —comentarios, desprecios, discriminaciones sutiles— y las callan. Por prudencia, por humildad, o por evitar conflictos.

Pero quizá ha llegado el momento de dar un paso más. No desde el victimismo. No desde la confrontación. Sino desde la verdad, tal como lo ha hecho este sacerdote malagueño.

Es importante que los sacerdotes compartan estas situaciones, que las hagan visibles, que las denuncien cuando sea necesario. No para buscar protagonismo, sino para que la sociedad tome conciencia de lo que está ocurriendo.

También los laicos debemos hacer nuestra parte. Defender a nuestros sacerdotes no es solo una cuestión de justicia. Es, sobre todo, una cuestión de gratitud y de conciencia sobrenatural. Porque ellos no son meros referentes sociales: son quienes, por vocación, entregan su vida para hacernos presente a Cristo, para traernos al Señor en los sacramentos, para sostener nuestra fe. Protegerlos es, en el fondo, proteger el inmenso don que Dios ha querido regalarnos a través de ellos.

Una exigencia necesaria

Por todo ello, este caso no puede quedar en una simple anécdota. El Hospital Carlos Haya de Málaga —al que, insistimos, el propio afectado agradece la profesionalidad de la mayoría de su personal— debería ofrecer una explicación pública clara sobre lo ocurrido.

No basta con el silencio. No basta con dejar que el episodio se diluya. Seguiremos atentos a este caso.

Es necesario aclarar qué ocurrió exactamente y si hubo algún tipo de trato discriminatorio por motivos religiosos o, en el peor de los casos, si pudiera plantearse la existencia de un delito de odio.

Porque lo que está en juego no es solo la situación de una persona concreta. Es el respeto a la libertad religiosa en el ámbito público. Y eso nos afecta a todos.

Actualización:

Desde Forum Libertas se ha contactado con el gabinete de comunicación del Hospital. El cual nos ha hecho llegar el siguiente comunicado.

El centro mantiene su compromiso con la calidad asistencial, la seguridad del paciente y la humanización de la atención, procurando en todo momento un equilibrio entre el acompañamiento y las condiciones necesarias para una atención segura y adecuada.

Asimismo, se recuerda que, en unidades de especial sensibilidad que atienden a pacientes inmunodeprimidos o especialmente vulnerables, está establecido que solo se permite un acompañante por paciente, como medida orientada a garantizar la seguridad clínica y la adecuada protección de los pacientes hospitalizados.

En relación con la reclamación planteada, se dará respuesta a la misma a través de Atención a la Ciudadanía, conforme a los procedimientos establecidos.

El problema es que ya había un acompañante y solo se permite en las habitaciones de esa planta un acompañante por paciente, ya que son inmunodeprimidos.

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