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Iglesia, cristianos, cristiandad y reino de Dios (5). Las rupturas de las crisis acumuladas

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El deshacerse de Dios de la sociedad Occidental, que significa la voluntad deliberada de asumir una concepción parcial de la realidad, es el cimiento de la cultura de la desvinculación, porque si existe, aunque sea como trasfondo imperfecto, el desarrollo de la sociedad desvinculada no es posible.

La desvinculación presentada como libertad en términos de liberación de los deseos es incompatible con toda sociedad, y todavía más con el modelo europeo, que tiene sus cimientos en el élan cristiano.

Desvinculación significa que la autorrealización solo es posible a través de la satisfacción del deseo individual. Esto ya no es un componente de las dimensiones humanas guiadas por la conciencia construida en el raciocinio, sino el hiperbien al que aspirar, y al que la sociedad debe servir. El resultado es que el bien radica en ser libre de todo vínculo permanente, de todo compromiso personal y colectivo, creencia, tradición e historia. Todo lo que lo contraríe tiene que ser transformado o eliminado sin tener en cuenta sus consecuencias. El deseo es visto como la manifestación de la autenticidad humana y por lo tanto debe ser estrictamente respetado, porque de lo contrario la libertad personal resulta limitada.

Pero ¿cómo construir una sociedad basada en el impulso del deseo llevado por el yo y la subjetividad? Es imposible. Y la guerra de identidades personales que vive nuestra sociedad es una de sus consecuencias.

Pero es que este era precisamente el fin de tal concepción cuando surgió. Lo que hoy los poderes establecidos y las élites asumen como cultura dominante fue pensado para su destrucción, aunque también cabe la posibilidad de que en sus manos sea transformado en atomización de la colectividad, y así desmochar su capacidad reivindicativa. Está por ver hacia donde se inclinará la balanza.

Hagamos memoria y para ello acudamos a uno de los padres que concibieron el deseo como herramienta política. Jean-François Lyotard, uno de los autores de más influencia en este campo. Su trabajo sobre la economía libidinal[1], tomada en buena parte de Freud es una referencia básica. Lo que planteaba esta teorización era que ninguna sociedad puede soportar una posición del deseo sin que sus estructuras de explotación, de servidumbre y de jerarquía no se vean comprometidas. De este modo, la importancia de la pulsión sexual y su utilización política es vista en el marco de una interpretación marxista como una vía de lucha contra el sistema capitalista y sus estructuras de dominación. Se trataba de complementar la lucha de clases, o incluso de suplirla, destruyendo el ordenamiento burgués basado en la economía de mercado, la propiedad privada y su transmisión, y la transmisión del sistema de valores a través de las estructuras familiares y religiosas. El orden dominante quedaba desmenuzado en la medida que se introducía la pulsión del deseo, y más concretamente del deseo sexual en medio de aquellos instrumentos e instituciones. La bajada del sistema, su crisis, hacía posible su sustitución por el nuevo orden socialista.

Poco queda de esta concepción. La satisfacción del deseo mediante políticas específicas ya no es vista como un instrumento al servicio de la lucha contra el capitalismo, sino como un fin en sí misma, instalada perfectamente en el stablisment, hasta cierto punto podríamos decir que forma parte de él. La política oficial pasa precisamente por la afirmación rotunda de que se pueden alterar radicalmente los supuestos de las instituciones como el matrimonio o la paternidad y maternidad al servicio del deseo, situándose en un plano secundario lo que se consideraban sus exigencias básicas sin que las estructuras sociales y económicas se alteren.

Se afirma así todo lo contrario de lo que argumentaban los teóricos al inicio: el sexo como instrumento de modificación radical de la sociedad y el sistema económico. La cuestión es si la teorización inicial estaba tan radicalmente equivocada. Esta tenía a su favor una reflexión sistemática, mientras que el discurso actual que es tan evidente en la frase tópica «¿a quién perjudica que los homosexuales se casen?», solo lo sustenta la trivialidad. No tiene a su favor ni una sola teorización sólida y mucho menos ninguna verificación empírica. Ambas precisamente señalan en sentido contrario.

Y esta cuestión ya fue puesta de relieve por uno de los padres históricos de la criatura, Freud en «El Malestar de la Cultura»[2], en la que defendía la enseñanza de unos estándares de moral altos a los niños, así como la exigencia de que la sociedad estuviera capacitada para hacerlos cumplir. La razón era garantizar su control, ya que de lo contrario, consideraba que la búsqueda de la satisfacción del placer acaba desembocando necesariamente en violencia incontrolada: es una buena prospectiva de la realidad.

La cuestión de fondo es si una vez desvelado el mecanismo del deseo y la cupiditas, este acabará destruyendo no ya el sistema económico, sino la sociedad en su conjunto.

La cultura de la desvinculación se desarrolla en un marco de referencia en el que destacan cuatro componentes:

Uno es la cultura de la transgresión que expresa la ausencia de límites a los deseos humanos y en su manifestación. En palabras de Leszek Kolakoswki, «Una de las más peligrosas ilusiones de nuestra civilización es la idea de que no hay límites a los cambios que podemos emprender, que la sociedad es algo infinitamente flexible. La cuestión moderna que daría al hombre libertad total de la tradición, lejos de abrir ante sí la perspectiva de la autocreación divina, lo sitúa en la oscuridad, donde todas las cosas se contemplan con la misma indiferencia. Ser totalmente libre de la herencia religiosa o de la tradición histórica es situarse en el vacío y por tanto desintegrarse».

La transgresión significa, en el ámbito de la creación artística, que el canon deja de existir para convertir toda manifestación en ruptura que compone una pretendida vanguardia. Pero esta solo es posible si parte de un modelo canónico que le sirva de referencia. Las vanguardias culturales hoy no señalan ningún camino, precisamente por esta razón, porque sin tener un canon al que superar, difícilmente pueden construir un sentido. En este caso la vanguardia surge como finalidad predeterminada y no como fruto de la experiencia artística, no funciona tanto por una voluntad de profundizar, sino simplemente de escandalizar, y siempre enmarcadas por la valoración del mercado. Es la supeditación del arte al poder mediático que necesita de la anomalía para cubrir sus necesidades de consumo cotidiano. La evolución última de la transgresión como consecuencia de su lógica interna es la llamada «cultura basura» que ocupa un papel tan importante en la TV, pero también está vinculada a la expansión de la pornografía en todas sus variantes.

Un segundo componente es el cientificismo que tiene la pretensión de que la ciencia ocupe el lugar de la religión, la moral y la filosofía, esto es, deje de ser ciencia. Este modo de operar transforma el pensar sobre los medios en un fin en sí misma. El cientificismo está muy relacionado a la desvinculación en el eje de renunciar al esfuerzo personal. No hay necesidad de discernimiento sobre lo que es bueno hacer, sino que es bueno todo lo que la ciencia puede hacer. En este camino, la valoración ética de los medios es secundaria. Ya no es generalizable el principio de que la bondad de los fines no justifica los medios y cada vez más el razonamiento se desplaza en sentido contrario. La biología es uno de los campos más marcados por esta dinámica. El cientificismo practica una metodología contraria a la concepción científica: extrapola concepciones globales a partir de conocimientos específicos sobre campos determinados con la pretensión de explicar el sentido -o el sin sentido- de la vida, del ser humano. La biología, la neurofisiología, la cosmología y paleontología, son ámbitos en los que con mayor frecuencia se da esta práctica. El cientificismo incorpora un poderoso germen totalitario: toda explicación humana, toda razón quedaría reducidas, atrapadas en versiones simplificadas irrefutables por su pretensión científica, que a partir de teorías sobre el cómo -esto es en último término la ciencia- serían aplicadas a los fines. Una preocupación especial del cientificismo es expulsar toda idea de Dios dado que su presencia es incompatible con la pretensión de explicarlo todo en un sistema autorreferenciado.

El cientificismo también inspira una determinada concepción cada vez más extendida de suprimir toda cultura del esfuerzo y su sustitución por la ingesta de una píldora. La ciencia al servicio del mercado actúa así como un catalizador del deseo. La persona ya no reconocerá ningún tipo de limitación natural, la edad por ejemplo, ni es necesario que se plantee superarlas por mecanismos basados ​​en el esfuerzo, sino que espera resolverlo con química: la del día después, por una noche loca, el prozak para encubrir las causas de nuestro estado depresivo, que no enfermedad, la viagra, para recuperar las condiciones sino de los 20 al menos del 40 años. Todo ello a la espera de los nuevos fármacos que nos permitan sentirnos buenos y justos, sin esfuerzo ni sacrificio. La ciencia, el científico, como toda otra actividad humana, se puede degradar cuando pierde conciencia de cuál es su sentido y de cuáles son sus límites. Esta es la razón última que cada vez más, la nuestra es una sociedad drogada.

En justa correspondencia el cientificismo encuentra una corriente popular favorable en el materialismo práctico que abjura de todo sentido de trascendencia, pero no por ningún proceso de la razón, sino por una actitud vital que considera que no hay necesidad de reflexión sobre los fines del hombre. Ambos conceptos conectan por una parte con una versión simplificada del utilitarismo y por otra con el hiperconsumismo, que constituye una característica de la sociedad desvinculada: la sustitución de vínculos por sucedáneos débiles. El consumo llevado a sus últimas consecuencias constituye para el sujeto un tipo de vínculo no comprometido. Como el ser humano necesita de la vinculación para vivir, construye sucedáneos, vínculos basados ​​en un compromiso escaso o nulo; el vínculo guiado por el impulso del placer, al menos inicialmente. El hiperconsumismo genera una derivada interesante como es la pasión por la marca, una forma de vínculo y significación, que precisamente encuentra en los jóvenes los más claros seguidores. También es una forma de vínculo sustitutivo el neotribalismo desde las bandas urbanas, los «tifossi» del fútbol. También la formación de un poderoso y a la vez etéreo neocorporativismo: las personas se reúnen para defender un interés muy concreto, con intensidad pero sin continuidad y generalmente de naturaleza negativa.

Todo ello conduce a grandes crisis que se acumulan y enlazan en un creciente enmarañamiento que va ahogando a la sociedad y a las instituciones políticas.

Se trata de las crisis generadas por la ruptura con la antropología moral, el aborto y su coste social literalmente ocultado y su conexión, también cultural, con el invierno demográfico, la eutanasia y sentimentalismo desvinculado, el instrumento que el sistema generaliza para reducir los costes del sistema público de bienestar entre la gente mayor. La abolición del hombre y de la paternidad, que se lleva la maternidad por delante, que propaga la ideología de género, en sus dos doctrinas contrapuestas, la del feminismo de género y la de las identidades GLBTI+. La biotecnología de la mano de la genética que, sin un sólido confinamiento moral va a destruir lo humano y consagrar la mayor desigualdad de todas, la biológica.

La destrucción de la familia en su modelo generador de funciones económicas y sociales socialmente valiosas e imprescindibles, ignorando que no es el nombre el que hace la cosa, sino las funciones que estas desempeñan. El impacto de este deterioro sobre la economía y el sistema de bienestar es perceptible, pero queda por ver en toda su magnitud.

La histórica ruptura de la solidaridad generacional, que tiene en la emergencia ambiental las elevadas tasas de endeudamiento público, y en la creciente porción de población que renuncia a tener hijos, tres manifestaciones de un poder destructivo histórico.

La destrucción del sentido del trabajo como realización humana, y su regresión a aquella condición que históricamente parecía superada, del valor y significado de esta dimensión humana no ya reducida a mercancía, sino en muchos casos a subproducto, los precarios. Creando así, como advierte el papa Francisco, una sociedad de descartados, en la que paupérrimas ayudas sociales y dependencias basadas en cosas como la pornografía gratuita, la droga fácil y la hiperconexión a tabletas y móviles, mantendría alienada.

La incapacidad creciente de educar, la formación de un ciberproletariado faltado de recursos expresivos, memoria y conocimientos para una masa de población que va más allá de los nini y los que han abandonado antes de tiempo la secundaria.

La desigualdad social manifiesta y creciente, que tiene su extensión en la globalización, la financiación de la economía, la robotización y la IA en la empresa, sin una planificación que atenué su impacto negativo sobre las rentas del trabajo. Todo esto no encuentra otra respuesta que la de repartir las migajas de las rentas de supervivencia, una especie de respiración asistida social que sería una buena ayuda, si fuera la puerta a una vía de normalización laboral y social, y una trampa cuando se conciben como un fin en sí mismas.

La desvinculación de la política y los políticos, y de una buena parte de las élites sociales -no todas, por fortuna- de la gente, de sus necesidades y bienes comunes, conlleva una seria crisis de la democracia liberal.

Todo esto está asentado, se desarrolla y crea sinergias. Pero ¿cuál es la respuesta política?

[1] Lyotard, Jean François, ECONOMÍA LIBIDINAL. FCE. MÉXICO, 1990.

[2] Sigmund Freud, El Malestar de la Cultura y Otros ensayos. Alianza Editorial. Madrid, 1999.

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