¿Quiénes son los «incels»?

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En los últimos meses, una palabra hasta hace poco reservada a foros y rincones oscuros de internet ha saltado al debate público: incel. Conviene entenderla bien, porque no nombra solo una rareza digital, sino una herida juvenil que, cuando no es acompañada, puede acarrear grandes problemas.

“Incel” significa literalmente célibe involuntario.

Se refiere a varones, muchas veces adolescentes o jóvenes adultos, que se perciben a sí mismos como excluidos de las relaciones afectivas y sexuales.

Pero el fenómeno va mucho más allá de la timidez, la soledad o la inseguridad. Con el tiempo, en determinados entornos online, esa experiencia de rechazo se convierte en una visión del mundo: una interpretación rígida y amarga de las relaciones entre hombres y mujeres.

El psiquiatra Leonardo Mendolicchio, autor del libro Te convertirás en hombre, lo explica con claridad: estos jóvenes llegan a definirse “fuera de la posibilidad misma de la relación”. Es decir, no solo sienten que hoy no son elegidos, sino que asumen que nunca podrán serlo. Y esa convicción, alimentada una y otra vez en comunidades digitales, acaba transformando el sufrimiento en ideología.

Ahí aparece la llamada manosfera: un universo de foros, redes, canales y grupos —especialmente en plataformas cerradas— donde se comparten frustraciones, teorías y mensajes cada vez más hostiles hacia las mujeres. No es un mundo homogéneo, pero sí comparte una idea de fondo: que las relaciones humanas funcionan como una competición jerárquica, donde solo unos pocos hombres —los fuertes, atractivos, exitosos— merecen ser amados.

La “filosofía” que suele sostener este sistema se conoce como redpill. La referencia a Matrix no es casual: tomar la “pastilla roja” equivaldría a abrir los ojos y ver la realidad tal como supuestamente es.

El problema es que esa supuesta revelación reduce la complejidad del amor y de la diferencia sexual a un esquema brutal: dominadores y perdedores, vencedores y descartados. Así, el joven herido encuentra una explicación simple para su dolor, pero también una justificación para su rabia.

Mendolicchio señala dos elementos especialmente inquietantes. El primero es un fuerte componente paranoide: el otro —la mujer, pero también el varón percibido como exitoso— deja de ser alguien a quien conocer y pasa a ser alguien a quien temer, envidiar o incluso castigar. El segundo es la dinámica de emulación grupal. En estas comunidades, la frustración no se calma: se multiplica. El resentimiento circula, se valida, se celebra. La herida es identidad.

Sin embargo, sería un error mirar este fenómeno solo con miedo o desprecio. En la base hay, muchas veces, sufrimiento auténtico.

Son chicos que no logran sentirse adecuados en una sociedad muy centrada en el rendimiento, la imagen y el éxito. Donde todo parece medirse —el cuerpo, la popularidad, el dinero, la experiencia—, quien se siente frágil corre el riesgo de buscar refugio en una pertenencia que le explique su fracaso y le ofrezca una narrativa de redención.

 Mendolicchio advierte que una señal temprana es la desinversión en la vida real y la hiperinversión en lo digital: cuando el adolescente se apaga en las amistades, se encierra, abandona intereses concretos y empieza a vivir casi exclusivamente en mundos virtuales, conviene prestar atención. Más aún si aparece un discurso obsesivo, hostil o humillado respecto al otro sexo.

¿Qué hacer entonces? Ante todo, estar cerca.  Prohibir sin comprender rara vez rescata a nadie. Hace falta reconstruir espacios de diálogo, de confianza y de educación afectiva. También urge una verdadera formación digital, para padres y educadores, que permita reconocer lenguajes, símbolos y derivas que hoy nacen en la red pero terminan modelando la vida entera.

La buena noticia es que se puede salir de esa mentalidad. Ningún joven está condenado a vivir preso del resentimiento. Pero para ayudarle a salir, alguien tiene que entrar antes en su soledad.

Y ahí está, quizá, la pregunta más incómoda para todos: no solo qué está pasando en internet, sino cuán presentes estamos de verdad en la vida de nuestros hijos.

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