Volver a ser como niños
En el último texto sobre el problema de la doblez —que trae aparejada la especulación y la inmanencia— escribí cómo lo que Dios quiere de nosotros es a nosotros mismos. Nosotros somos Su fruto. Quiere nuestra singularidad. La obra por la que trabajamos es la salvación de nuestras almas.
En el Nuevo Testamento muchas veces se hace referencia a esto de las obras; por ejemplo, en Mateo 16, 27 y Apocalipsis 14, 13.
¿Pero de qué obras hablan estos textos?
De las obras que han sido hechas en la Luz, sin doblez; las obras que le dan gloria a Dios.
Doy un ejemplo. Jesús dice en los Evangelios que si no volvemos a ser como niños no entraremos al Reino de los Cielos —Mateo 18, 3—.
¿Qué quiere decir esto? Que en la niñez obramos sin doblez y casi ni sabemos lo que es la oscuridad. Apenas si sabemos mentir.
Por eso la mayoría recordamos los momentos de la niñez con alegría: porque no había desesperación, no había temor, vivíamos en la obediencia, bajo la égida de nuestros padres.
Vivíamos desprendidos, jugábamos, arriesgábamos tanto todo el tiempo aprendiendo que ni siquiera sabíamos ni éramos conscientes de lo que era el riesgo.
Esta clase de obras, como las de la niñez, es el tipo de obra que los ángeles van a recoger —Mateo 16, 27—; el tipo de obra sobre la que vamos a descansar hasta el Juicio Final —Apocalipsis 14, 13—.
Jesús dice que los que son así como niños tienen a sus ángeles en continua presencia del Padre celestial —Mateo 18, 10—.
Volver a ser como niños no es infantilismo espiritual, sino recuperar la transparencia, la obediencia y la confianza ante Dios.
Y justamente todos los consejos evangélicos tienen que ver con esto: con que vivamos de tal forma que podamos alcanzar de nuevo esa presencia del Padre que teníamos en la niñez; aprender a vivir en Su voluntad.
“Hijo, aquí tienes a tu Madre”
Hasta acá todo muy lindo, pero sabemos que las dificultades de la vida adulta hacen que nos olvidemos, o directamente renunciemos, a este niño que éramos.
Necesitamos una ayuda que nos enseñe a volver o a mantenernos como ese niño que somos para Dios.
Y acá quería llegar, para esto todos estos tres escritos: Jesús no solo nos deja Su cuerpo y sangre para fortalecernos; no solo deja Su palabra para guiarnos. Jesús nos dejó todo, hasta su propia Madre para alcanzarlo.
Cristo no solo nos dejó su Palabra y su Cuerpo: también nos entregó a su Madre como camino de regreso a la infancia espiritual.
Si, como dice Jesús, satán es el hombre fuerte que cuida su casa —Mateo 12, 29—; o satán es el dueño de casa al cual Jesús asalta como un ladrón —Mateo 24, 43—; o si satán es, o era, el príncipe que rige el espacio, como dice san Pablo —Efesios 2, 1-2—, si satán tiene tanto poder, Dios tiene mucho más.
Y creó un abismo de misericordia para que, a través de la Virgen —el Arca de la Nueva Alianza—, podamos cruzar ese espacio regido por el contrario.
El misterio de la develación de la Virgen es un misterio que avanza en la Iglesia desde su origen.
Según la tradición, la Virgen hace su primera aparición —bilocada— al apóstol Santiago en el Pilar, en España, para decirle que, aunque sus habitantes eran duros de entendimiento, desde esas tierras se lograría la evangelización de muchas personas; de todo un continente, a decir verdad: América.
La Virgen, desde esa aparición a Santiago, tuvo numerosas apariciones por todo el mundo.
María aparece en la historia de la Iglesia como un abismo de misericordia abierto por Dios para conducirnos a Cristo.
Pero detengámonos y analicemos un poco.
¿Por qué tarda tanto en develarse el misterio del Arca de la Nueva Alianza?
Bastante avanzado el Apocalipsis se dice que queda “a la vista” el Arca de la Nueva Alianza. Luego, las dos alas del águila la llevan al desierto —Apocalipsis 12, 1-14—.
Recién el dogma de la Inmaculada Concepción fue formulado el 8 de diciembre de 1854, y quizás falta formular un dogma más, el de María Corredentora.
Y acá vamos a ir al apóstol Pablo.
No tengo palabras para describir la grandeza y la obra de san Pablo, ni me alcanzaría la vida para agradecerle. Es uno de los santos más importantes de la Iglesia.
Pero lo que queremos apuntar aquí es sobre dos carencias inevitables de Pablo, carencias muy diferentes de lo que le critican a san Pablo Nietzsche y Kierkegaard.
Una de las carencias inevitables de san Pablo tiene que ver con las mujeres.
Pablo no conoció a Jesús en su trato cotidiano con las personas y, por eso, no podía conocer las delicadezas con que Jesús trataba a las personas, entre ellas las mujeres.
Pablo ve a Jesús en el tercer cielo —2 Corintios 12, 2-4— y por esta revelación se le infunde un conocimiento pleno, hasta ese momento, de las Escrituras.
¿Pero por qué digo que a san Pablo se le infundió un conocimiento pleno “hasta ese momento”?
Esto tiene que ver con la segunda carencia inevitable de san Pablo: en ese momento en que Pablo se convierte por la visión que tiene, todavía no había ocurrido la Asunción ni la Coronación de la Virgen María como Reina de todo lo creado.
San Pablo no llegó a vislumbrar el Arca de la Nueva Alianza.
Esta carencia en Pablo, por momentos, vemos que le hace pensar que la venida del “Reino de los Cielos” es bastante inminente —1 Tesalonicenses 4, 15-18—, y eso lo lleva a un tono medio normativo, donde parece haber una prevalencia de lo “intelectual”, de la palabra, por encima de la paciencia comprensiva.
Pablo es un soldado de Cristo, un soldado de la predicación. Pero, a pesar de que habla, por ejemplo, de la preeminencia del amor, san Pablo deja poco lugar a la contemplación, pues es un hombre impulsado por Cristo a la acción.
Esto no tiene nada de malo, sino todo de bueno. El problema es cuando queremos tamizar, por este carisma intelectual y voluntarista de san Pablo, a toda la Iglesia entera y a todo carisma. Por ejemplo, san Pablo todavía no entiende del carisma mendicante —2 Tesalonicenses 3, 8-10—.
San Pablo es un gigante de la Iglesia, pero la plenitud del misterio mariano se fue develando lentamente en la historia.
Simpleza: humildad, obediencia y gratuidad
Pero a lo que voy con esto es que estas dos carencias —esta falta de lo femenino en san Pablo, falta de la visión de la Virgen María como Reina de lo creado; esta primacía de lo intelectual o de la palabra frente a la simpleza de la vida— hicieron que se anidara cierto clericalismo o sistematismo que fue reforzado en los momentos institucionalizantes de la Iglesia: con Constantino primero y, luego, con Carlomagno.
Por eso María, en su simple obediencia, respetando la libertad humana y enseñando esta paciencia, fue revelando sus méritos despacio, a lo largo de la historia, hasta hoy y para mañana.
Por este mantenerse oculta de la Virgen podemos llegar a pensar que Jesús resguarda en lo secreto a su Madre, la protege del mundo y, como en la Cruz a san Juan, solo la da particularmente a cada uno que sea capaz de reconocer su simpleza.
La base de esta simpleza es la humildad, la obediencia y la gratuidad.
María, al igual que Jesús, nos enseña una manera de vivir. Nos enseña lo fundamental para estar siempre en la presencia de Dios.
La explicación de cómo quizá es posible embarcarnos en la simpleza de este Arca de la Nueva Alianza, a través de estas tres virtudes de humildad, obediencia y gratuidad, la intentaré dar en el próximo texto.









