La Covid-19, signo de este tiempo (y VII)

La pura diversión, el «jaleo» no hace la fiesta; en cambio puede muy bien echarla a perder [porque] la fiesta es esencialmente un fenómeno de riqueza, no de dinero, sino de una riqueza existencial. (Josef Pieper).

Salir de fiesta

  1. Son bien conocidos los dolorosísimos efectos de la Covid-19: muertes, enfermos con daños irreparables, crisis económica profunda, desestabilización del sistema educativo, interrogantes sobre la gestión de la ancianidad, cambios en las relaciones sociales… Aparte de todas estas consecuencias de gran calado, hay otras menores, algunas sentidas con gran disgusto por distintas capas de población. Pienso ahora en los jóvenes (y no tan jóvenes), que se resisten a quedarse sin sus formas habituales de diversión: cierre de discotecas, prohibición de botellones, de reuniones en casas y locales no autorizados, dispersión de quedadas, etc.

No deja de sorprender que haya tenido que venir el coronavirus a hacer efectivas algunas de las normas que hasta hace nada eran papel mojado y con las que unos y otros veníamos haciendo la vista gorda ante el incumplimiento de esas normas, mención especial para padres y munícipes por la inacción y la tolerancia con este estado de cosas.

Seamos claros. Desde hace largos años, un amplísimo sector de nuestra juventud no ha tenido otro concepto de fiesta que las versiones actualizadas de las antiguas bacanales romanas, fiestas establecidas oficialmente en honor de Baco, dios del vino, y que en la práctica eran sinónimo de orgías: desenfreno en la comida, bebida y sexo.

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En mi opinión no me parece que haya diferencias sustanciales entre aquellos desmadres paganos y los actuales (¿hará falta recordar lo que ha venido ocurriendo verano tras verano desde hace largos años en los puntos calientes de turismo juvenil de nuestras costas?). En cualquier caso, si hubiera que comparar las bacanales romanas con las “fiestas” actuales, encuentro que las de ahora superan en degradación a las de la antigüedad. Por tres motivos de peso:

Uno, porque a la gula, alcohol y sexo, nosotros hemos añadido las nuevas formas de drogadicción; dos, porque a pesar del libertinaje consustancial a las bacanales romanas, estas tenían un trasfondo religioso y a quienes no habían conocido otras formas de religiosidad que los cultos idolátricos, tampoco se les podía exigir demasiada altura en la observancia de la piedad y la moral (a pesar de que los desmanes son siempre condenables porque la ley natural no ha dejado de existir nunca); y tres, porque a aquellos paganos romanos les tocó en suerte pasar de la idolatría al cristianismo, con la consecuente desaparición de usos y costumbres licenciosas, mientras que nosotros hemos optado por liquidar la civilización cristiana que se alumbró en aquel imperio y de la cual no queda sino un resto muy exiguo.

Con toda intención empleo el verbo “liquidar” para aplicarlo a los tiempos que nos está tocando vivir, en un doble sentido: liquidar como exterminar, y liquidar como trasformar en cosa líquida. En cuanto sinónimo de exterminar, es indudable que estamos sufriendo una campaña global de acoso y derribo de todo lo que huela a Cristo y su evangelio, de todo signo y rastro de civilización cristiana: persecuciones abiertas y solapadas, directas e indirectas (desde fuera y desde dentro de la Iglesia) de todos aquellos que quieren mantener la integridad de la fe, el culto y la moral cristiana.

El exterminio no será posible por la garantía dada por Cristo a Pedro respecto de la Iglesia: “El poder del infierno no la derrotará” (Mt 16, 18). La desaparición del cristianismo no puede ser ser completa, pero sí puede llegar a ser muy extensa (está profetizado que lo será), afectando a muchos, muchísimos bautizados, por caminos que no hay que escrutar porque están a la vista de manera ostensible en nuestras sociedades, anteayer cristianas: la apostasía, el escepticismo, el materialismo hedonista, etc. Ni el cristianismo ni la Iglesia desaparecerán jamás, porque así está garantizado por su cabeza, pero quien lo ha garantizado, el Señor Jesús, no ha dicho que su doctrina ni sus discípulos vayan a gozar del favor de este mundo, sino al contrario.

(Como no tenemos ninguna posibilidad de escrutar los designios divinos, no podemos decir ni una palabra de qué ocurrirá en el futuro más o menos próximo. Por otra parte, son muchas las intervenciones directas de Dios en la historia humana que para los hombres han resultado repentinas y sorprendentes, incluso las que estaban anunciadas. Con ello quiero decir que Dios puede actuar cambiando el curso de los acontecimientos en cualquier momento porque la acción providente de Dios siempre está a salvo de nuestras conjeturas).

Pero fuera de esto, hasta donde hoy podemos atisbar de acuerdo con los datos que tenemos, es impensable que la fe de la Iglesia y la moral que de ella procede, vayan a ser socialmente aceptadas, ni que las naciones y sus leyes vayan a inspirarse en los criterios del evangelio porque esa civilización ya está liquidada. Ha sido liquidada mediante un proceso cada vez más acelerado de deconstrucción (así lo han llamado las cabezas rectoras de estos tiempos, sean quienes quieran). Si esto es así, y yo creo que sí lo es, la pregunta que corresponde es qué ha venido a sustituir a esa civilización liquidada.

Con esta pregunta entramos en el segundo sentido del verbo liquidar, dándose el hecho de que la respuesta está en los mismos términos de la pregunta. A la sociedad cristiana liquidada ha venido a sustituirla la sociedad líquida. ¿Qué significa eso? Un intento de mutación de la realidad, una inversión (perversión) del bien por el mal, llamando mal al bien y bien al mal. La sociedad líquida es un modo de organizar la vida sin fundamentos estables en ninguna verdad fija, sin raíces en la realidad. En la práctica, la sociedad líquida consiste en que lo aparente ha venido a ocupar el lugar de lo real, la mentira el de la verdad, la impostura ha remplazado a la autenticidad, el mal al bien, la fealdad la belleza, la desvinculación al compromiso, el desenfreno al dominio de sí, la barbarie a la educación, el interés a la gratuidad, la irritación al sosiego… en definitiva, el ser  ha sido sustituido por la nada y, en consecuencia, la cultura de la vida por la de la muerte. Pero atención a la argucia: esto se ha hecho pervirtiendo el lenguaje.

Todas esas sustituciones se han hecho manteniendo el mismo ropaje lingüístico, es decir usando los mismos términos, que han sido vaciados de sus significados originales para ser cambiados por significados ‘okupas’. Este es el contexto para entender cómo hemos cambiado la fiesta por la orgía, sin perder el nombre de fiesta. Salir de casa para pasar toda una noche a base de alcohol drogas y sexo no es ir de fiesta, eso es una degradación. Se le está llamando fiesta, pero eso no es fiesta, sino despersonalización. Una de las notas características de la fiesta es su efecto renovador. La fiesta verdadera es la que divierte recreando, porque sirve justamente para eso, para re-crearse, es decir, para volver nuevo a casa, no maltrecho y hecho unos zorros. Gabriel Amengual, filósofo contemporáneo, lo ha dicho con palabras muy certeras: “La fiesta es una inmersión en el tiempo sagrado, que hace posible el otro tiempo ordinario, que el tiempo sea otro, re-generado”.

Esta es una de las razones de peso, quizá la principal por la cual hay que decir que en la vida humana la fiesta es necesaria, absolutamente necesaria. No se concibe una sociedad sin fiestas. Eso no ha existido en ningún lugar del mundo, en ningún momento de la Historia, en ninguna cultura, más o menos primitiva o civilizada (con excepción de la Revolución Francesa y los países comunistas, regímenes que mientras estuvieron en vigor con toda su crudeza, sus “fiestas” consistieron en celebrar el odio y la revancha).

¿Cómo se sabe que la fiesta es fiesta y no un sucedáneo?

Varios son los elementos diferencian entre una y otro, pero hay dos imprescindibles e inseparables, que se exigen mutuamente: el primero es el motivo de la fiesta; el segundo, la composición de los celebrantes que siempre es dual: un protagonista individual o colectivo, que celebra algo y “los otros” que coinciden en celebrar lo mismo que el protagonista.

En cuanto al motivo de la fiesta conviene caer en la cuenta de que no puede haber fiesta sin causa que la justifique; siempre que se celebra, se celebra algo referido a alguien. Piénsese en las fiestas religiosas o civiles, en las fiestas patronales de los pueblos, en un simple cumpleaños o en una conquista con repercusiones sociales.

El segundo elemento es la presencia del otro, sea uno solo, un grupo o una multitud, pero sin “el otro” no hay fiesta. La fiesta es fiesta porque hay “otro” cuya buena ventura celebramos (caso aparte son las celebraciones dolorosas, por ejemplo los funerales de alguien cercano -que ahora no son objeto de reflexión- las cuales a pesar de no ser festivas, también son celebraciones). Fuera de estos casos, la fiesta es fiesta porque hay “otro” con quien compartimos una conmemoración dichosa, su éxito o su gloria, “otro” a quien admiramos, amamos, o con quien nos sentimos identificados. Una celebración solipsista no tiene ningún sentido, a no ser que admitamos el absurdo como posibilidad aceptable; una fiesta donde el único celebrante fuera el protagonista sería un síntoma de que algo no está funcionando bien en el individuo. Si sirve el ejemplo, tendría el mismo sentido que el envío de una carta cuyo remitente se escribiera y se enviara la carta a él mismo, dicho con términos más gruesos, una especie de masturbación psicológica narcisista.

La fiesta no es fiesta de sí mismo ni para sí mismo. Lo propio de la celebración festiva es que sea grupal, comunitaria, repartida en los dos bandos referidos: el protagonista y los demás participantes. Estos dos bandos, que en la mayoría de los casos son cuantitativamente desiguales, se requieren mutuamente para compartir el objeto y los actos propios de la celebración.

Ahora toca colocar estos elementos sobre las diversiones al uso de los jóvenes (y no tan jóvenes), especialmente esas que son propias del “ocio nocturno” y que son las que constituyen lo que llamamos salir de fiesta. ¿Siguen los mismos esquemas, son comparables? No hay que esforzarse mucho para entender que no. Esas “fiestas” no tienen de fiesta nada más que el nombre, equívoco que tiene más gravedad de la que pudiera parecer a simple vista.

He abierto este artículo con la cita de Josef Pieper que aparece en la cabecera porque me parece que es ilustrativa del contenido del mismo. Para cerrarlo lo haré también con palabras suyas cargadas de luz y de verdad. Copio literalmente: “La fiesta solo adquiere su auténtico carácter cuando el hombre sanciona con su alegría la bondad del ser”.

La Covid-19, signo de este tiempo (VI)

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