La expulsión social del cristianismo destruye la sociedad

Editorial

Uno de los factores que en mayor medida contribuyen al deterioro imparable de la sociedad occidental fue anunciada por San Juan Pablo II. Él se refería al riesgo que significaba olvidar las raíces cristianas de Europa. También puede expresarse como el ignorar el fundamento de la dimensión moral, que es el cristianismo.

La idea, reciente en términos históricos, del pluralismo cultural, que expresa que todas las culturas poseen el mismo valor, ha contribuido a forjar aquel gran error que, de no repararse puede costarnos muy caro. En un determinado sentido es cierto que todas poseen un mismo valor al ser portadas por seres humanos, sujetos de la misma dignidad. Pero, si con aquella expresión se quiere afirmar que todos son portadores de valores y transmisores de virtudes semejantes, hay que decir que no, y lo único que muestra esta visión es un profundo desconocimiento de la realidad del mundo.

Un ejemplo concreto y muy decisivo sirve para mostrarlo. Occidente ha construido una moral y por tanto una cultura que se ha ido expresando en las leyes, que tiene como uno de sus fundamentos el perdón. Pero esta práctica moral, consustancial al seguimiento cristiano, no forma parte del acervo de otras grandes culturas presentes, y esto ayuda a explicar por qué la intolerancia agresiva habita en territorios de raíz no cristiana. Es el caso del Islam, del hinduismo, del materialismo marxista, incluso es escaso en parte del judaísmo. No solo es el acto de perdonar el mal recibido, es también cómo se responde al daño sufrido. Si con el “ojo por ojo y diente por diente”, es decir la reciprocidad, o la venganza, cometiendo un mayor daño que el recibido. O es el Sermón de la Montaña el que embebe la atmosfera moral, si es el tensor cristiano el que actúa.

Un cristiano hindú oriundo del norte del subcontinente indio, que haya venido a estudiar y después a trabajar a España, reconoce diferencias que a nosotros se nos pasan por alto. Una la de la libertad religiosa, porque habrá vivido persecuciones reales. Otra, la existencia en el humus social del perdón.

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Obviamente, cuando desde aquí observamos aquellas culturas, que tienen otros elementos positivos que mantienen a capa y espada como el valor de la familia y el respeto a los padres y abuelos, y cuando miembros de ellas escriben desde 0ccidente perfectamente inculturalizados, tendemos a creer que expresan el sistema de valores de aquella sociedad. No es así, lo que hacen es presentarlos rectificados a través del tamiz de los valores occidentales. Solo la vida en aquellas sociedades, en las condiciones propias del conjunto de su población, permite conocer bien la diferencia. Por esto es tan importante escuchar lo que nos cuentan hindús, árabes y otras personas que proceden de otras grandes culturas no cristianas, como la sínica, convertidos al cristianismo que viven allí o que han emigrado de adultos.

El marco de referencia cristiano no solo es la raíz, sino el aglutinante que otorga cohesión a nuestra sociedad, y su propuesta de vida es el tensor que conduce hacia un determinado horizonte de sentido. Pero está sucediendo que, con la expulsión literal de la fe cristiana del marco de referencia hegemónico de la sociedad desvinculada, aquel sistema de valores va quedando reducido a unos significados aislados, que ven erosionado su sentido porque están privados de la relación con el sistema, el cristianismo que los alimentaba y los incitaba a realizarse. Lo que va quedando son figuras morales aisladas, pierden fuerza y sentido, y se van transformado en algo equivalente al tótem y tabú de las culturalmente destruidas sociedades polinésicas. Algo en que, menos que más, se cree o se practica sin saber muy bien el por qué y a donde conduce.

Esta deriva es visible en todo, y el ejemplo utilizado del perdón, sirve para ilustrarlo. Nuestra sociedad, y la política lo muestra con claridad porque se realiza en el escenario público, cada vez tiene menos capacidad de perdonar, cada vez declina por el superado “ojo por ojo”. El sistema penal, por ejemplo, solo registra reformas más y más punitivas, las leyes establecen procedimientos en el que el perdón no resulta posible. Incluso desde la perspectiva de género se llega al extremo de considerar que la inculpación voluntaria y el arrepentimiento no pueden tener cabida como eximentes en los delitos de violencia contra la mujer.

No ser conscientes de que la expulsión social del cristianismo destruye toda la sociedad es uno de los graves problemas de este tiempo

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