La fábrica de hombres blandos

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I. El hombre que cambió el sudor por la pantalla

Hay una escena que se repite cada día en miles de hogares. Un hombre —padre, marido, hijo— se sienta frente a una pantalla, desliza el dedo por un móvil o un mando a distancia, y deja que el mundo le hable, le entretenga y, poco a poco, le adormezca. No es que no tenga fuerza: es que ha aprendido a no usarla. Vive cómodo, domesticado por la facilidad, anestesiado por los placeres pequeños y seguros.

La civilización moderna no ha conquistado a los hombres con la espada, sino con el sofá. El P. Chad Ripperger, exorcista y teólogo estadounidense, lo advirtió en su conferencia “How to Raise a Man: Masculinity, Virtue & Overcoming Effeminacy”: “El problema con la masculinidad moderna es que ha sido ablandada. El afeminamiento —dice— no tiene que ver con los gestos o la voz, sino con la incapacidad de renunciar al placer para hacer lo que es difícil o arduo”.

El resultado es una generación de varones cómodos, sin misión, sin temple, que buscan anestesia antes que propósito. Ripperger no habla aquí de estética, sino de alma. El effeminacy, tal como lo define santo Tomás de Aquino, es “la renuencia a dejar de lado el propio placer para perseguir lo arduo”. No es un pecado nuevo: es la vieja rendición de Adán.

II. La caída del varón

Cuando Adán cayó, explica el sacerdote, no fue solo por orgullo, sino por complacencia. “Eligió el placer de estar con su esposa por encima de obedecer a Dios”, recuerda Ripperger. Fue la primera claudicación masculina: mirar, callar y consentir. La raíz del pecado del hombre no es solo la rebelión, sino la pasividad.

Desde entonces —dice el exorcista— los hombres se debaten entre el deber y la evasión, entre el sacrificio y la comodidad. No es casual que Dios, tras la caída, le impusiera a Adán el trabajo con el sudor de su frente. “Serás hombre —parece decirle el Creador— en la medida en que sepas sufrir.”

El afeminamiento es, en este sentido, una enfermedad espiritual. No significa falta de virilidad física, sino falta de fortaleza interior. “El hombre blando”, explica Ripperger, “puede ser fornido, atlético o agresivo, pero si no sabe dominar su apetito, su emoción o su voluntad, es igual de débil que el más pusilánime”.

La cultura contemporánea, que confunde sensibilidad con debilidad y ternura con rendición, ha olvidado este equilibrio. Nos repiten que la masculinidad debe “suavizarse”, como si la fuerza fuese pecado. Pero la verdadera mansedumbre, recuerda Cristo, es hija de la fortaleza, no del miedo.

III. Los cuatro rostros del hombre blando

Ripperger distingue cuatro tipos de afeminamiento, cuatro modos de rendirse al placer:

  1. El sensual, que no soporta el esfuerzo físico ni la austeridad del cuerpo. “El hombre que busca siempre el confort —comida, descanso, placer— se vuelve blando incluso en su carne”, advierte.
  2. El emocional, que se deja arrastrar por sus sentimientos, como una veleta interior. “Hoy se educa a los varones a seguir sus emociones. Eso destruye su virilidad, porque deja de hacer lo correcto para hacer lo que siente.”
  3. El intelectual, el que convierte la búsqueda de la verdad en entretenimiento, discutiendo sin fin para no comprometerse con nada. “Muchos hablan de ideas, pero pocos descansan en la verdad cuando la encuentran”, denuncia el sacerdote.
  4. El volitivo, aquel que sabe lo que debe hacer, pero no lo hace. Es el más común de todos: el hombre que posterga, se justifica o delega.

Detrás de cada forma de afeminamiento hay una renuncia a la cruz. Es más fácil justificar la pereza que cargar con el deber. Más fácil indignarse que obedecer. Más fácil opinar que actuar.

IV. Sufrimiento y responsabilidad: los dos pilares de la madurez

“Fulton Sheen decía que el hombre madura a través del dolor y la responsabilidad”, recuerda Ripperger. “Y esas son las dos cosas que hoy hemos eliminado de su vida.”

El dolor se evita, la responsabilidad se delega. Queremos hijos que no sufran, trabajos que no cansen, relaciones que no exijan, fe que no incomode. Pero sin sacrificio no hay virtud, y sin virtud no hay hombres.

Un verdadero varón —dice el sacerdote— “pone de lado el placer para perseguir grandes cosas”. Su sello no es la dureza física, sino la templanza interior. El hombre que domina su apetito y se enfrenta a lo difícil con serenidad es el que puede luego proteger, proveer y guiar.

Por eso Ripperger insiste: “La masculinidad se forja en el sufrimiento y la responsabilidad. El hombre que huye del uno y del otro nunca madurará”.

V. El amor viril

La sociedad actual ridiculiza la figura del padre y del esposo como si fueran reliquias de otra era. Pero el sacerdote recuerda que la autoridad verdadera no es dominio, sino sacrificio. “Un hombre es cabeza de familia no porque manda, sino porque se ofrece.”

El varón está llamado a ser protector, proveedor y víctima. A cargar con el peso del hogar, no a descansar sobre él. “Si un hombre no domina la castidad —advierte— no es un hombre. Si no sabe orar, no es un líder. Si no sabe sufrir, no podrá amar.”

Esa es la paradoja del cristianismo: el modelo de hombre no es el conquistador, sino el Crucificado. “Cuando miramos la cruz —dice Ripperger— vemos la inversión exacta de la caída de Adán. Adán no quiso sufrir; Cristo abrazó el sufrimiento. Adán culpó a su esposa; Cristo se ofreció por Su Esposa, la Iglesia.”

VI. Tecnología, indulgencia y fuga

Entre las causas del afeminamiento moderno, el sacerdote señala una particularmente actual: la tecnología. “Cada vez que la usamos —explica— obtenemos un pequeño placer. Y si no lo subordinamos con la virtud de la templanza, nos reblandece.”

El móvil, la música constante, los videojuegos, la pornografía o las redes no son pecados en sí, pero crean una militia inversa: el hombre se acostumbra a recibir estímulo sin esfuerzo. La pantalla se convierte en una prótesis de voluntad.

El resultado es un hombre incapaz de sostener el silencio, de contemplar, de rezar, de trabajar sin recompensa inmediata. Un hombre que necesita ruido para no pensar.

VII. Contra el sentimentalismo y la excusa

Ripperger no rehúye la ironía: “El hombre moderno es tan emocional que si le quitas el teléfono reacciona como una niña de cuatro años”. Detrás de la frase hay una advertencia seria: la emocionalización del varón lo vuelve inestable, manipulable y dependiente.

El sentimentalismo —esa enfermedad moral de la modernidad— ha reemplazado el juicio por la emoción. Y el hombre, diseñado por Dios para gobernar con razón y templanza, abdica de ambas.

En la caída, Adán eligió el placer antes que el deber. Hoy, el hombre moderno elige la excusa antes que la verdad. Culpamos a la sociedad, al trabajo, a la política, a la mujer, a la Iglesia… todo menos a nosotros mismos. Pero, como dice Ripperger, “parte del afeminamiento es la falta de asumir responsabilidad por los propios actos”.

 

VIII. Redescubrir la lucha

Militia est vita homini super terram —la vida del hombre sobre la tierra es lucha—”, recuerda el sacerdote al comenzar su conferencia. Esa frase bíblica podría ser también el epitafio de nuestra civilización. Porque cuando el hombre deja de luchar, el mal avanza sin resistencia.

Educar a un varón —enseña Ripperger— no es protegerlo del dolor, sino enseñarle a enfrentarlo. No es darle todo, sino mostrarle cómo ganarlo. No es evitarle las lágrimas, sino darle una razón para derramarlas.

La virilidad no es arrogancia, ni machismo, ni rudeza. Es la capacidad de sacrificarse por el bien, de gobernar el corazón y someterlo a la razón iluminada por la fe.

Y, sobre todo, es la capacidad de amar de rodillas.

IX. ¿Cómo resolver la crisis?

Quizá por eso la crisis de la masculinidad no se resolverá con cursos de liderazgo, sino con padres santos. Con hombres que vuelvan a rezar, a trabajar, a sufrir y a callar. Con varones que entiendan que la mayor victoria no es dominar al mundo, sino dominarse a sí mismos.

“Cristo —concluye el P. Ripperger— es el prototipo del hombre. Se negó a sí mismo para salvarnos. Y eso es lo que hace un verdadero hombre: se ofrece, no se impone.”

En tiempos duros, no necesitamos hombres duros. Necesitamos hombres firmes, templados, que sepan sufrir y proteger. Hombres que, en medio del ruido y del miedo, sepan repetir con serenidad:

“La vida del hombre sobre la tierra es lucha.”

Y que sonrían, porque saben que vale la pena luchar.

 

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