Tu vida espiritual es una mentira

Iglesia

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Decía el gran santo San Alberto Hurtado —y si no lo conoces, cierra este artículo y lee todo lo que puedas suyo, y si te acuerdas, vuelve—.

Si estás leyendo esto, es que ya conocías a San Alberto Hurtado, te has acordado y has vuelto… o simplemente has pasado de mí. Si eres de estos últimos, ojalá este artículo te sirva para abrirle un hueco en tu vida, porque lo suyo no se lee: se enciende.

Él inspira este título tan propio del “clickbait”, pero que es, en realidad, una sacudida espiritual. En uno de sus textos escribe:

“Nuestra vida espiritual sería una mentira, si nuestra perspectiva no se ajustara a la de Cristo, si nuestra contemplación no generara fraternidad afectiva, si Dios a quien dirigimos nuestra mirada de fe, no fuera Padre de todos nuestros compañeros de esfuerzo y sufrimiento; si Cristo, que nos transforma cada día en Él, no dilatara nuestro corazón a las proporciones mismas de la humanidad.”

Ahí está todo. Una vida espiritual sin caridad, sin acción, sin mirada al prójimo, es teatro. Una misa sin misión, una oración sin entrega, un rosario sin amor, son meras formas vacías.

Y es que muchas veces somos católicos a medio gas. No se puede ser católico con el freno de mano puesto. Dios no nos pide “prudencia” mundana, sino abandono total. Nos exige, como a la mujer de Lot, no mirar atrás. Es hora de jugarse todo: dinero, honra, fama, comodidad.

Por eso te repito la petición de San Josemaría: «Te juegas la vida por la honra… Juégate la honra por el alma.»

Eso y nada más. Mirar al Cielo y ponerlo todo en manos de Dios. El cálculo no hace al héroe, decía Newman. Qué tristeza ver a tantos midiendo el bien en cifras, la belleza en métricas y la verdad en estadísticas. El Bien, la Verdad y la Belleza no caben en un Excel.

Porque cuando uno confía de verdad, entiende que “Dios y yo somos mayoría absoluta”. Si tienes a Dios, no te falta nada.

¿De verdad cambiarás tu primogenitura por un plato de lentejas?

Pero estamos llamados a hacer.
A actuar, sí, pero que esa acción sea consecuencia de nuestra contemplación. Hoy el mundo te llama a hacer, más y más, sin descanso. Pero detente un segundo: ¿hacer qué, y para qué?

Cuando me propusieron ser director me entraron dudas, muchas dudas.
¿Hacer qué y para qué?
Qué pocas veces nos sentamos a rezarlo, y cuántas a pensarlo.

No sé cómo me irá, ni si me tendréis por aquí mucho o poco tiempo. Pero sólo quiero deciros que haré todo lo posible, y todo lo haré para mayor gloria de Dios. Sin cálculos mundanos ni cambalaches con los poderosos.

Y ahora, lo prometido. El texto del que partimos, entero, como debe ser, porque cada línea suya es fuego:

San Alberto Hurtado, S.J.

Los espíritus están desorientados a más no poder. Es nuestra hora si sabemos aprovecharla. Si después de haber estudiado los problemas fundamentales en plena vida humana y social, tenemos el valor de hablar en el momento oportuno; si sabemos influenciar la opción de la prensa y por los libros, si nuestras intervenciones sucesivas ante los poderes ayudan a la humanidad a recordar su equilibrio en el respeto de los valores morales, podemos encauzar el mundo en el camino de la justicia.

Las muchedumbres que nos rodean son lentas en comprender, pero después de tantos desengaños, ¿no estarán dispuestas mañana a seguirnos, como seguían ayer a Cristo? El espectáculo de nuestra caridad, el valor y la seguridad de nuestras apreciaciones deben llevar al pueblo a creer nuevamente en los cristianos. Nosotros debemos aparecer en este caos y en esta corrupción como la luz, como la lealtad, como la pureza, como la sal de la tierra.

El discípulo de Cristo que ve las cosas en una mirada de fe cargada de amor se coloca en tal altura que es el único capaz de conciliar en la verdad a los hombres separados por profundas divergencias.

Nada grande nos escapa. No hay mística más realista, más idealista, más humana que la nuestra. Y para encontrarla no hay más que ir a la doctrina cristiana, liberada de clichés y disminuciones. Ella se nos ofrece en el cristianismo puro y simple, que hay que presentar a nuestros contemporáneos en su desnudez y su riqueza, con todas sus exigencias y sus expansiones.

Si hay tan pocos que la encuentran es porque hay que buscarla en Cristo, y Cristo crucificado; hay que buscar en el pensamiento de Cristo el plan de Dios sobre el universo y sobre nuestra humanidad, sobre nuestra nación, sobre nuestras profesiones y empresas, sobre nuestras familias y sobre nosotros mismos. Nuestra mística es contemplativa como toda sabiduría. A nosotros nos toca entrar en el plan de Dios y realizarlo según nuestras fuerzas, y lo que no podemos realizar, que lo deseemos intensamente. Nuestra acción no ha de ser más que la prolongación de nuestra contemplación.

Nuestra vida espiritual sería una mentira, si nuestra perspectiva no se ajustara a la de Cristo, si nuestra contemplación no generara fraternidad afectiva, si Dios a quien dirigimos nuestra mirada de fe, no fuera Padre de todos nuestros compañeros de esfuerzo y sufrimiento; si Cristo, que nos transforma cada día en Él, no dilatara nuestro corazón a las proporciones mismas de la humanidad.

Así pues, nosotros con Cristo, en Él y por Él. Y si no tenemos sino un éxito parcial, nuestro éxito tendrá, con todo, gran importancia. Nosotros damos un sentido a todo, y vemos todo en función de Dios, dándonos continuamente a nuestros hermanos como Cristo.

 

Y un último aviso: no busques el aplauso de un mundo que crucificó al Hombre perfecto.

 

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