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La lucha, el viejo lugar para el encuentro (I)

“No es de los nuestros”. Es una afirmación-amenaza que oigo o siento a menudo. Una afirmación, porque con ella tantos tratan de reafirmar su personalidad insegura escabulléndose, en lugar de adentrarse en la espesura de la vida, que les atemoriza. Una amenaza, porque algunos de ellos procuran al mismo tiempo avisar al viajero (a ti, pero también a mí) de no extralimitarse; como si los límites estuvieran para anquilosarnos en lugar de ser vistos como una estimulación de nuestras potencialidades más escondidas. En definitiva, los inestables susodichos ¡mueren antes de morir!

Entiéndeme. No digo que tengas que lanzarte al abismo simplemente por capricho, sino que debes darle a la vida lo que te pide, que te confío que a veces es mucho. Pero mucho. Es fácil que lo sepas… pero también es fácil que te escabullas y te engañes alelado por el bienestar predominante en el ambiente. El resultado es que todos acabamos desperdigados: uno por aquí, el otro por allá… ¡en lugar de unir esfuerzos!

“La unión hace la fuerza”. Parece una proclama sindical, pero lo dice el refrán. Fíjate en él: no dice solo que al unirte se suman las fuerzas, sino que va mucho más allá, pues sobre todo nos susurra sutilmente que en el hecho de unirte es como multiplicas tu propia fuerza, eso es, en la propia y con la propia acción es como conseguirás las fuerzas que necesitas para ir enfrentando la batalla a medida que las vayas necesitando y así –tanto si la ganas como si no– te harás más fuerte.

Todos sabemos que nos gusta ganar, y que a veces es necesario y hasta indispensable hacerlo. Pero de entrada, no sabemos si es mejor o peor que sea así, y por anticipado no sabemos ni mucho menos si ganaremos o no, y es más, a menudo perder una batalla te hace ganar la guerra; o como mínimo, conseguir la dotación física y psicológica para ganar en las otras guerras que todos tenemos, y que quizás sea donde tú debas ganar.

Por el contrario, si abandonamos nuestro cometido dejando de afrontar el peligro activamente, resultará que la viña que el Señor nos ha encomendado quedará sin hacer. Resultado: el fruto, ese fruto que tú como todos esperas de la vida, se perderá… y tú perderás. Y eso, cada vez más; progresivamente, irás sintiendo la regresión en tu alma y en tu mundo, no porque Dios (aunque tú lo digas o lo pienses) quiera, sino porque tú lo habrás querido: habrás perdido la vida, tu vida, la razón de tu existir.

Te recuerdo que tenemos que unirnos (insisto mucho en ello, porque nadie me hace caso). Eso sí, debemos hacerlo respetando la independencia de cada uno (que emana o debe emanar de nuestra libertad, que es inviolable) y cada una de nuestras individualidades debe ser potenciada con nuestros dones, esos con los que a todos (los “veas” o no) el Creador nos ha enriquecido y nadie tiene derecho a violar. Descúbrelos y desarróllalos, como los enviados de la Parábola de los Talentos (Mt 25,14-30). De esta manera vivirás, y lo harás dejando vivir y haciendo vivir. Pero hay más, y lo analizaremos en el próximo artículo.

Cada una de nuestras individualidades debe ser potenciada con nuestros dones Clic para tuitear
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