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Amor que nace o muere

Se muere un ser querido, y el mundo –nuestro mundo– se termina. Recordamos amores y ternuras, y tendemos a olvidar los malos ratos que nos ha hecho pasar. Eso, si no era un pendejo, que entonces tendemos a olvidarlo a él. El ser humano es un ser de costumbres, pero puede gobernarlas. Al tener libertad, puede elegir cambiar según convenga, muy al contrario de los animales, que siempre siguen adelante con su instinto, pues por más que sepan adaptar sus actos, nunca son elegidos libremente; pues para hablar de libertad debemos poder hablar de disponer de juicio suficiente como para “elegir” no solo una conducta, sino la conducta recta. Y no deberíamos olvidar –como sucede hoy con demasiadas personas– que el juicio viene de la conciencia trascendente que nos hermana con el Dios Creador, razón por la cual le debemos pleitesía.

Sucede como con las estaciones del año: una sucede a la otra; el invierno tiene que morir para que nazca la primavera. Pero cuando brotan las flores, hay que regarlas para que sobrevivan al sofoco… especialmente –déjame decirlo para desahogarme– ante esas olas de calor que nos acechan desde hace unos años, que si no dirigimos nuestra mirada al Dios que nos mantiene vivos, dentro de poco nos harán pasarlas magras ante la falta de agua que ya va siendo preocupante. Si no llueve pronto –mansamente y sin tempestades de gotas frías meteorológicas, por pedir que no quede–, la marranada que tantas personas que no merecen este nombre hoy llevan encima, se extenderá como reguero de pólvora dispersando pandemias y más pandemias, como ya vamos intuyendo (¿verdad que sabes de qué te hablo?).

Debemos regar el amor que nos mantiene vivos. Y ese amor nos viene regado también (con la vuecencia del Omnipotente) de los seres queridos que nos cuidan y protegen. Eso nos recuerda (si aceptamos “pensar” lo que nos inspira nuestra conciencia) que también a ellos debemos regarlos y mantenerlos lozanos: solo así nuestra relación será “humana” (quiero decir, digna de ese nombre). Hay demasiada gentecilla hoy en nuestro mundo globalizado que dedica más amor –si eso es amor– a los africanos o los hindúes depauperados, en sus correrías de fin de semana –esas que suelen llamar “solidarias”–, que al hermano que tienen en casa. Es fácil, para ciertas personas, pintarse una máscara para cada ocasión, y lo demás son panoplias. Y así el amor –ese “amor” que en primavera según parecía había nacido– muere, como muere el invierno… y un día morirás tú. Entonces sabrás lo que el Amor es o habría sido.

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