La nobleza de la libertad

Y un uso que nos esclaviza. Si uno en uso de una libertad mal entendida opta por lo que le resulta atractivo y de lo que espera obtener un gran bien, y opta pues, por ejemplo, por cometer un delito, es muy posible que acabe en la cárcel, con lo que su libertad para delinquir acabaría sumiéndole en la esclavitud.

Si uno usa su libertad para beber sin moderación, por disfrutar a tope, es fácil que acabe siendo alcohólico y sometido como un esclavo al alcohol, lo que le impide una vida plena y feliz. También en este caso el abuso de la libertad conduce a la esclavitud. Y si uno entiende la libertad como sexo sin limitaciones, se puede convertir en obseso o esclavo del sexo, lo que le impide amar realmente, sin ser esclavo de pulsiones sexuales incontroladas.

Y elevando nuestra mirada: “Todo el que comete pecado es esclavo del pecado” (Jn 8, 34) “¿No sabéis que ofreciéndoos a uno para obedecerle os hacéis esclavos de aquél a quien os sujetáis, sea del pecado para la muerte, sea de la obediencia para la justicia?” (Rom 6, 16)

Pero, positivamente, la conquista de la noble libertad es posible: “(…) y libres ya del pecado, recobrada la libertad, habéis venido a ser siervos de la justicia” (Rom 6, 18)

Señala el Catecismo, nº 1733: “En la medida en que el hombre hace más el bien, se va haciendo más libre”.

Es decir, como el que pacientemente estudia y logra así una profesión ventajosa, una mayor libertad con su sujeción esforzada al estudio. O como el que se fatiga en subir una montaña y goza, una vez coronada, de un paisaje hermosísimo. O como el que enfermo se somete a un proceso arduo para curarse y luego con la salud recobrada bendice los sacrificios realizados que le han conquistado la libertad de la salud.

Así el combate contra lo opuesto al amor, la lucha contra el pecado nos hace espiritualmente libres, dichosos siervos de la verdad y del bien.

Como afirma San Agustín, podemos alcanzar la plenitud de vida, el Sumo Bien, a través de la liberación de la inclinación al pecado por la gracia de Jesucristo. (“Libertad y gracia en San Agustín de Hipona”, por Alfredo Alonso García)

San Agustín concibe la libertad como conquista, como plenitud del libre albedrío (de la mera libertad de elección). La gracia no supone la aniquilación del libre albedrío, sino que lo conduce a su fin auténtico, a su plenitud. Gracia y libertad han de darse la mano: la libertad como plenitud no puede alcanzarse sin ayuda del Cielo. Y la ayuda del Cielo no sería operante sin nuestra libre cooperación.

Así como el enamorado no cree haberse privado de su libertad por su gran amor, sino que se siente feliz de haber logrado el sumo de la felicidad humana. Así, el enamorado de Dios, de la Verdad, del Bien, bendice la dulce servidumbre de realizar la voluntad divina.

Decía San Josemaría con certera intuición: “Bendita esclavitud de amor, que nos hace libres” (“Es Cristo que pasa”, nº 184) El fin de la libertad en su sentido más noble es el amor verdadero a Dios y a los hombres, en que, como el enamorado en su amor, hallamos la plenitud de una auténtica liberación.

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