La Iglesia, notaria de la verdad y primera en el servicio
El Estado liberal, como es ateo, no reconoce a la Iglesia como instancia moral. Sus enseñanzas tienen para el Estado moderno categoría de opinión y, por lo tanto, dimensión subjetiva. Los diputados y senadores, reunidos en el Congreso, aplaudieron, sin embargo, durante siete minutos el discurso del Papa ante el hemiciclo. O no escucharon al Papa o aplaudieron mecánicamente por la inercia de aplaudir todo lo que manda el partido de turno.
Como cínicamente puso de manifiesto el periodista Vicente Vallés, el jefe de Estado de una potencia extranjera vino al parlamento español a decir a un pueblo soberano cómo debe legislar. Efectivamente, lo que Vallés ignora, pero el Papa sabe perfectamente, es que la soberanía es de Dios porque es el dueño de todo cuanto existe. El ser humano, que no tiene soberanía sobre su propia existencia, ¿cómo podría ser origen y fundamento del poder? Se trata de un imposible metafísico.
La Iglesia, saturada de divinidad, es la voz de Dios en el mundo sin error. Enseña y civiliza en todo tiempo y lugar, sin respetos humanos, buscando agradar al Señor no al mundo. Pero al tiempo la Iglesia es expresión del amor de Dios al mundo. Por eso, la Iglesia es la primera en la abnegación y la entrega por los hombres, especialmente por los más necesitados.
Dice León XIV en esta dirección que «una conciencia humana, y más aún una conciencia cristiana, no puede permanecer indiferente ante las víctimas de los naufragios y de la falta de ayuda, ante esos cementerios del mar. Cada vida perdida en estas rutas es un fracaso para la familia humana». «Integrar es impedir ese segundo naufragio». «Es ayudar a que quien llegó lastimado no quede fijado para siempre en su dolor, sino que pueda volver a ponerse en pie, reconocer sus dones y ofrecerlos a la comunidad»[1].
«Los cristianos deben ser los promotores de una verdadera cultura de la acogida (…), que sepa apreciar los valores auténticamente humanos de los demás, más allá de todas las dificultades que implica la convivencia con quienes son distintos de nosotros»[2].
«La Iglesia, respondiendo al mandato de Cristo “Id y haced discípulos a todos los pueblos”, está llamada a ser el Pueblo de Dios que abraza a todos los pueblos, y lleva a todos los pueblos el anuncio del Evangelio, porque en el rostro de cada persona está impreso el rostro de Cristo. Aquí se encuentra la raíz más profunda de la dignidad del ser humano, que debe ser respetada y tutelada siempre. El fundamento de la dignidad de la persona no está en los criterios de eficiencia, de productividad, de clase social, de pertenencia a una etnia o grupo religioso, sino en el ser creados a imagen y semejanza de Dios»[3].
«La Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humana»[4]. «No se trata de resolverlo todo, sino de estar presentes»[5].
«Nos arrodillamos ante el altar para adorar a Cristo presente en la Eucaristía, de quien recibimos la fuerza y el motivo para vivir la caridad; por eso, no podemos luego “pasar de largo” ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio»[6].
León XIV ha recordado que «la conciencia se queda sin excusas»[7], que a veces basta con estar presentes, y que la misericordia comienza con gestos pequeños: «a veces con unas cuantas galletas y un poco de leche; otras, con cinco panes y dos peces». Por eso –ha insistido– «no se trata de resolverlo todo, sino de ponerlo todo en manos de Dios y de estar presentes allí donde el ser humano sufre»[8]. Una «misericordia concreta» que «puede salvar y cambiar vidas»[9].
Los principios de reflexión del magisterio de la Iglesia sobre la inmigración. Consecuencias prácticas
La Iglesia sabe que «la llegada de emigrantes, de prófugos, de los que piden asilo o de refugiados, suscita en las poblaciones locales con frecuencia sospechas y hostilidad. Nace el miedo de que se produzcan convulsiones en la paz social, que se corra el riesgo de perder la identidad o cultura, que se alimente la competencia en el mercado laboral o, incluso, que se introduzcan nuevos factores de criminalidad»[10]. «Su llegada a los países desarrollados, a menudo es percibida como una amenaza para los elevados niveles de bienestar, alcanzados gracias a decenios de crecimiento económico»[11].
Pero la Iglesia también sabe que el reparto de la riqueza del mundo no es equitativo y ofende gravemente a Dios. Sabe que el desarrollo ha provocado en gran medida el subdesarrollo. Sabe que «el desequilibrio entre países ricos y países pobres se agrava»[12]. Sabe que «la emigración de personas en busca de mejores condiciones de vida, procedentes de las zonas menos favorecidas de la tierra»[13] es un derecho natural. Y sabe que los Estados soberanos tienen el derecho-deber de proteger sus fronteras. ¿Cómo armonizar todos estos factores legítimos?
Prioridad nacional y patriotismo
En España se ha retomado un viejo debate con ribetes de novedad que responde al nombre de prioridad nacional. En el magisterio de la Iglesia no hay ninguna referencia explícita al respecto. En todo caso, la Iglesia primero expone el derecho a migrar y luego se plantea eventuales limitaciones a este derecho en orden al bien común nacional e internacional.
Sin embargo, cuando la Iglesia plantea el derecho del Estado a regular el flujo migratorio por exigencias del bien común, de alguna manera, está planteando una jerarquía de atenciones. El mandamiento de la caridad habla del prójimo, del más cercano. No habla de todos, porque nos perderíamos en la vaguedad de una empresa que supera nuestras fuerzas, sino que habla del prójimo, aquel que conocemos y que tenemos al alcance de nuestras posibilidades.
Los padres tienen clara la prioridad de los hijos con respecto a los sobrinos, a los primos, a los amigos o a los vecinos. Es una prioridad que también admiten y practican los enemigos de cualquier prioridad.
Siendo esto una verdad de ley natural, ¿hay tal escasez de recursos que haga necesario plantear una prioridad nacional? Naturalmente no tendría sentido desatender a los hijos para atender a los extraños. Nadie parece defender tal cosa.
Cuando el mundo se muere de hambre, cuando los países ricos tienen infrautilizada la mayoría de su tierra cultivable; cuando se abandonan cosechas, se queman o se tiran al mar, para evitar la bajada de precios; cuando la ciencia demuestra que el planeta Tierra tiene recursos suficientes para alimentar una población varias veces superior a la población actual; cuando el 10% más rico de la población mundial acapara cerca del 53% de los ingresos totales, mientras que el 50% más pobre de la humanidad sobrevive con apenas el 8% de los ingresos globales…, hablar de prioridad nacional no parece un planteamiento cristiano ni patriótico del verdadero problema, la codicia humana que, traducida al ámbito jurídico, se denomina economía liberal capitalista.
Dice san Pablo VI en este sentido que «la regla que antiguamente valía en favor de los más cercanos, debe aplicarse hoy a la totalidad de las necesidades del mundo»[14].
Entre las posibles limitaciones al flujo migratorio no cabe ninguna discriminación injusta por razones de nacionalidad. San Juan Pablo II lo expresó con rotundidad: «en lo referente a la relación del trabajo con el trabajador inmigrado, deben valer los mismos criterios que sirven para cualquier otro trabajador en aquella sociedad. El valor del trabajo debe medirse con el mismo metro y no en relación con las diversas nacionalidades, religión o raza. Con mayor razón no puede ser explotada una situación de coacción en la que se encuentra el emigrado». Porque «una vez más se debe repetir el principio fundamental: la jerarquía de valores, el sentido profundo del trabajo mismo exigen que el capital esté en función del trabajo y no el trabajo en función del capital»[15].
Este enfoque sobre el dinero dedicado a los inmigrantes como sustracción de las necesidades materiales de los españoles hace imposible el principio de solidaridad, ni la ayuda al desarrollo de los países pobres, ni la caridad, ni siquiera la limosna. Siempre un hijo podría reprochar a sus padres la limosna al pobre aduciendo que ese dinero le vendría muy bien para satisfacer alguna necesidad insatisfecha. ¿Pero es una necesidad real o algo accesorio? Contesta a esta pregunta san Pablo VI: «hay que decirlo una vez más: lo superfluo de los países ricos debe servir a los países pobres»[16].
Frente al nacionalismo entendido como el individualismo de los pueblos, el patriotismo[17] es una virtud, expresión del 4º Mandamiento de la Ley de Dios[18], que obliga en el orden de la caridad al servicio de la familia y de la sociedad. Los deberes cívicos se refieren tanto a la comunidad política como a la comunidad histórica, esto es, la herencia de nuestros antepasados que nos han legado una tradición fecunda en obras y verdades de fe. Decía santo Tomás de Aquino que «después de Dios, a los padres y a la patria es a quienes más debemos»[19]. Porque «el amor sobrenatural a la Iglesia y el amor natural a la patria son ambos fruto de la misma fuente eterna, puesto que tienen a Dios mismo como causa y autor. De ello se deduce que un deber no puede contradecir al otro»[20].
España precisamente ha sido Patria durante siglos negando el amor propio y afirmando, primero, el interés por los demás. En este empeño España se ha entregado en la historia hasta la inmolación de sí misma, con olvido de su futuro y de sus hijos. Esta actitud explica la ausencia española de los primeros puestos internacionales en la vida económica y en el progreso material. No era la vocación española.
Miguel de Unamuno no pudo expresarlo mejor. «¡Que inventen ellos!», en referencia a la preferencia quijotesca por las cosas del espíritu frente a la llamada del instinto. La vocación de España de servicio al Evangelio justificó su nacimiento como Patria en el año 589 con el III Concilio de Toledo. Por eso tuvo como consigna fundacional aquella expresión de Virgilio: sic vos non vobis.
Justo al contrario de lo que dijo nuestro Séneca: «nadie ama a su patria porque es grande, sino porque es suya»[21], el patriotismo no es el amor a la cuna propia, porque seguro que hay cunas mejores. No es el amor sensual al terruño, eso sería nacionalismo. El patriotismo es un amor intelectual, que no nace del corazón. Es el amor a la hoja de servicios de España, una historia que es digna de amor por su expresión histórica de servicio heroico a todo lo bueno y todo lo bello.
No es ético ni estético pedir cuentas del dinero que se dedica a remediar la pobreza y las necesidades de los desheredados. Es un reproche deshonesto. Por mucho dinero que sea, nunca será suficiente, porque pobres habrá siempre entre nosotros[22] y nuestro bienestar se explica, esencialmente, a partir del subdesarrollo de los más pobres.
Este episodio recuerda a la crítica que recibía la Junta de Andalucía, entonces en manos socialistas, cuando concedía subsidios con una facilidad ilimitada a numerosos ciudadanos. La cantidad de vecinos beneficiarios era desproporcionada. Y las razones para disfrutar de la ayuda pública eran poco exigentes y hasta peregrinas.
Es cierto que el Gobierno regional no actuaba de buena fe porque buscaba el voto cautivo, contrayendo irresponsablemente una deuda ingente y dilapidando los recursos públicos en proyectos ideológicos y perversos. También es cierto que no pocos de los destinatarios del socorro del Estado eran pícaros impenitentes.
Pero no es de recibo cargar las tintas con los «hambrientos de siglos» cuando se despilfarran los caudales públicos en subvenciones a partidos políticos, a sindicatos marxistas, a grupos y asociaciones que promueven la corrupción de menores, a gastos superfluos en una administración pública autonómica innecesaria, a traducciones simultáneas en las Cortes para diputados que tienen un idioma común, a bancos que socializan las pérdidas pero nunca las ganancias, a guerras injustas al dictado de EE.UU., o a equipos de fútbol profesional que han gestionado de forma incompetente su patrimonio…
¿Racismo?
España no vive un problema de racismo, como la izquierda señala en otro populismo con tintes electorales que agita fantasmas imaginarios. España nunca ha sido racista, y nunca podrá serlo salvo que deje de ser España. Lo impide su tradición cristiana y también su tradición mestiza.
En realidad, no nos molesta en el fondo la raza del visitante. No nos incomoda un fichaje estrella en nuestro equipo de fútbol favorito que sea de otra raza. Ni siquiera nos molesta su religión. No nos quejamos cuando un jeque árabe viene con su séquito a Marbella y gasta enormes cantidades de dinero. No es un problema de raza, sino de comodidad y egoísmo.
Nos molestaría exactamente igual si vinieran a España varios millones de noruegos o finlandeses sin dinero, para ocupar los puestos de trabajo disponibles, para disminuir el importe de los salarios con el aumento de la oferta de mano de obra, o para empeorar la seguridad ciudadana[23].
Tampoco es xenofobia. España ha sido capaz de un mestizaje fecundo con muchos pueblos, en una vocación histórica para unir razas, lenguas y costumbres distintas en torno y en homenaje al Mensaje Universal de Salvación. Como decía García Morente, esta dinámica de siglos ha forjado un estilo que define lo español y que tenemos arraigado en el alma, y que se corresponde con el caballero cristiano.
Frente a krausistas y falsos regeneracionistas presididos por Costa y Baroja, que pretendían cerrar con «siete llaves el sepulcro del Cid», la única constante de España en su historia ha sido su lealtad y coherencia con la fe verdadera.
España sin duda está condicionada por su experiencia histórica de ocho siglos de dominación esclava en Al-Andalus y por la amenaza de la herejía luterana, percibiendo durante siglos amenazada su identidad históricamente española, que además es la verdad revelada.
Y por eso, las precauciones o suspicacias con el islam o con la visita de personas procedentes de la Europa protestante no eran un gesto de racismo o xenofobia. Obedecía a una experiencia histórica, que sentía además amenazado el tesoro de la unidad religiosa.
En la invasión islámica y en los siglos posteriores durante la Reconquista, las poblaciones cristianas capturadas eran esclavizadas por sistema[24]. Almanzor realizaba campañas anuales (aceifas) contra los reinos cristianos, capturando civiles para venderlos en los mercados de esclavos de Córdoba y el resto del mundo islámico. Durante los siglos XV, XVI y XVII, miles de personas fueron capturadas en España y llevadas a la costa berberisca para ser vendidas o canjeadas por un alto rescate económico[25]. En el sur de Europa ocurrió algo semejante. Los jenízaros fueron un temible cuerpo de infantería de élite del Imperio Otomano, guardia personal del sultán y principal fuerza de choque. Estaba formada por miles de niños cristianos arrebatados a sus familias. Los de la memoria histórica selectiva quieren que los españoles olvidemos nuestra historia como si nunca hubiese ocurrido.
España, que ha estado dominada ocho siglos por el islam, que ha sufrido las consecuencias de la civilización islámica, no quiere repetir esa experiencia. Eso no merece el nombre de islamofobia, como odio o aversión a ninguna persona. Se trata de miedo o precaución a que triunfen valores y costumbres que la experiencia ha demostrado perniciosos para la dignidad humana, la justicia y la verdad.
La izquierda también tiene sus miedos, como el triunfo del «fascismo»[26]. O tiene pánico a la cristianización de las costumbres, que reprocha la vida disoluta propia del materialismo.
Las personas merecen respeto sagrado, pero las ideas merecen más o menos respeto en función de su ligazón con el bien de la persona. La sociedad y las instituciones de nuestro tiempo, que son relativistas, no tienen criterio alguno sobre lo que más conviene al hombre, porque no saben lo que es el ser humano.
Por eso es importante que la inmigración sea, preferiblemente, de sociedades o naciones con identidad de valores fundamentales. En el caso de España, los países hispanoamericanos son la emigración natural, donde hay coincidencia en todo lo importante desde un punto de vista antropológico y ético[27].
Si la emigración es incapaz de vivir en Europa respetando la idiosincrasia de las sociedades milenarias occidentales, tal vez sea necesario restringir ese tipo de emigración. Nadie exige que el inmigrante renuncie a sus convicciones, pero ningún invitado se comporta en casa ajena exigiendo lo que no es costumbre en el lugar.
¿Inmigración ilegal?
El papa León XIV ha recibido, entre otras calumnias, la acusación de apología de la inmigración ilegal. No es cierto. La Iglesia no defiende el delito que supone entrar en un país saltándose la valla de la frontera. Nadie defiende tal idea, salvo la izquierda española, que de forma irresponsable busca un nuevo caladero electoral en los más desesperados[28].
Al contrario, la Iglesia admite que «los Estados tengan el derecho a tomar medidas contra la inmigración irregular, con el debido respeto por los derechos humanos de todos. Al mismo tiempo, es necesario no olvidar la diferencia esencial entre los individuos que huyen de persecuciones políticas, religiosas, étnicas o de otros tipos y de guerras (estos son refugiados o solicitantes de asilo) y quienes simplemente buscan entrar irregularmente en un país, así como entre “los que huyen de condiciones económicas (y medioambientales) que ponen en peligro su vida e integridad física” y “aquellos que emigran simplemente para mejorar su propia situación”»[29].
Una falsa solidaridad y una necesidad
Decía monseñor Munilla Aguirre, con buen criterio, que España no acoge población inmigrante esencialmente por solidaridad, sino porque nos conviene. Si nuestra solidaridad fuese sincera, nos habríamos volcado con las necesidades del Tercer Mundo, un servicio que realiza la Iglesia desde su fundación con los más necesitados, sin abandonar los lugares más difíciles en caso de guerra o epidemia, a diferencia de las iniciativas laicas.
Los inmigrantes son necesarios para la supervivencia de la precaria economía española. Ellos ocupan los puestos de trabajo que los españoles no quieren ocupar. Y las organizaciones empresariales celebran la llegada de mano de obra masiva, que abarata el salario, porque el trabajo humano en la economía capitalista es una mercancía sometida a la ley de la oferta y la demanda.
Gracias a la inmigración el sistema de la Seguridad Social sobrevive, porque el creciente envejecimiento de la población, con el consiguiente aumento de pensionistas y la disminución del número de trabajadores en activo, hacía inviable la supervivencia de la Caja Única de la Seguridad Social.
Las quejas respecto a la inmigración no tienen sentido en una sociedad con crecimiento vegetativo negativo, condenada por este camino a la desaparición física. La falta de natalidad[30] hace necesaria la presencia de inmigrantes en amplios sectores de la vida social, incluyendo al Ejército y la Iglesia, donde sacerdotes «inmigrantes» permiten que los sacramentos puedan recibirse todavía en el último rincón de la geografía nacional.
La generalización siempre es una injusticia
Buena parte de los inmigrantes en España son honrados trabajadores que intentan sacar adelante a sus familias. Incluso la emigración de más difícil integración y de mayor potencial peligro de convivencia, como la musulmana, en un alto porcentaje también viene a trabajar honradamente. Muchos de ellos son marroquíes. Olvidamos con una inquietante facilidad que Marruecos fue territorio español hasta 1958. Que treinta mil marroquíes murieron en la Guerra de 1936 por una España libre del comunismo. Y que Marruecos no solo es un vecino sino tierra irredenta según el Testamento de Isabel la Católica, ya declarada venerable por la Iglesia católica.
La mayoría de los inmigrantes han sido reclamados por el llamado «mercado» laboral de la economía española, que tiene un déficit enorme de mano de obra poco especializada, aunque de forma creciente también hay demanda de operarios de trabajos que requieren especialización[31].
Los inmigrantes no pueden identificarse con las mafias rusas, rumanas o colombianas. Precisamente sobre las mafias habló recientemente el Papa León XIV[32]. Prometen a los inmigrantes un falso paraíso a cambio de grandes cantidades de dinero, arrastrándoles a un riesgo grave sobre sus vidas en peligrosas travesías que los emigrantes y sus familias asumen fruto de la desesperación. León XIV denunció a quienes organizan rutas clandestinas, trafican con personas, retienen documentos, explotan trabajadores o amenazan a mujeres vulnerables[33].
Que la población penitenciaria sea porcentualmente mayoritaria entre la población inmigrante era esperable. Es población frágil, sin apoyo familiar[34], que vive lejos de casa. Son objeto fácil de explotación. Y el recurso al dinero fácil, sobre todo cuando es escaso, es una tentación muy atractiva para todos, pero especialmente para los más desfavorecidos.
Si las condiciones de trabajo fueran dignas, la emigración fuese siempre legal, o la filosofía penalista tuviese como primer objetivo la protección del agraviado…, los datos serían distintos. Lo que no es admisible es subrayar la inmigración que delinque generalizando esta actitud a todos los inmigrantes. Tampoco es honesto hablar de inmigración destacando el número de delitos imputables a los extranjeros y silenciar el abuso escandaloso y sistemático que sufre la población inmigrante en el ámbito laboral.
En cualquier caso, hay que resistirse al argumento falaz de que los problemas más importantes de España tienen relación con el fenómeno migratorio. Nuestro proceso de autodisolución se remonta de manera mediata al siglo XIX y, de forma inmediata, a nuestro empeño enfermizo en homologarnos con la Europa pagana por un ansia de prosperidad material insana.
El problema nacional no son los inmigrantes. El número de españoles que trabajan sin descanso para destruir la vida de España es incontable. No necesitamos ayuda. Pero no echemos la culpa a los emigrantes de nuestros pecados y nuestras miserias. El español se vale por sí mismo para el suicidio colectivo. A este triste destino está abocada la civilización española por el desprecio de la Piedra Angular en leyes e instituciones democráticas.
León XIV y la inmigración. La enseñanza de la Doctrina Social de la Iglesia (II)
[1] LEÓN XIV, Discurso en la Plaza del Cristo de La Laguna, San Cristóbal de La Laguna, Tenerife), 12 de junio de 2026. «No podemos acostumbrarnos a contar muertos» (LEÓN XIV, Discurso en el puerto de Arguineguín (Mogán, Las Palmas), 11 de junio de 2026). [2] PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PASTORAL DE LOS EMIGRANTES Y LOS ITINERANTES, Erga migrantes caritas Christi (Sobre la caridad de Cristo hacia los emigrantes), 2004, n. 39. [3] Gen. 1, 26-27. FRANCISCO, Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado, 5 de agosto de 2013. [4] LEÓN XIV, Discurso en el puerto de Arguineguín (Mogán, Las Palmas), 11 de junio de 2026. [5] Ib. El Papa se ha reunido con quienes acogen a los migrantes, aquellos que han sabido «reconocer a Cristo en quienes desembarcan marcados por el miedo, el hambre y la violencia, después del desierto, de la noche y del mar», para agradecerles su fiel testimonio cristiano (LEÓN XIV, Discurso en el puerto de Arguineguín (Mogán, Las Palmas), 11 de junio de 2026). [6] Ib. [7] Ib. [8] Ib. [9] Ib. [10] FRANCISCO, Mensaje para la Jornada mundial del emigrante y del refugiado, 5 de agosto de 2013. [11] PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA Y PAZ», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, op. cit., n. 297. [12] Ib. [13] Ib. [14] «Los ricos, por otra parte, serán los primeros beneficiados de ello. Si no, su prolongada avaricia no hará más que suscitar el juicio de Dios y la cólera de los pobres, con imprevisibles consecuencias. Replegadas en su egoísmo, las civilizaciones actualmente florecientes atentarían a sus valores más altos, sacrificando la voluntad de ser más al deseo de poseer en mayor abundancia. Y se aplicaría a ello la parábola del hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho y que no sabía dónde almacenar la cosecha: “Dios le dice: insensato, esta misma noche te pedirán el alma”» (Lc. 12, 20. PABLO VI, Populorum progressio, n. 49). [15] JUAN PABLO II, Laborem exercens, n. 23. [16] Ib. [17] «Deber de los ciudadanos es cooperar con la autoridad civil al bien de la sociedad en espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad» (Constitución Apostólica FIDEI DEPOSITUM, Catecismo de la Iglesia Católica, op. cit., n. 2239). [18] «Si se pregunta por el lugar del patriotismo en el decálogo, la respuesta es inequívoca: es parte del cuarto mandamiento, que nos exige honrar al padre y a la madre. Es uno de esos sentimientos que el latín incluye en el término pietas, resaltando la dimensión religiosa subyacente en el respeto y veneración que se debe a los padres, porque representan para nosotros a Dios Creador. Al darnos la vida, participan en el misterio de la creación y merecen por tanto una devoción que evoca la que rendimos a Dios Creador. El patriotismo conlleva precisamente este tipo de actitud interior, desde el momento que también la patria es verdaderamente una madre para cada uno. Patriotismo significa amar todo lo que es patrio: su historia, sus tradiciones, la lengua y su misma configuración geográfica. La patria es un bien común de todos los ciudadanos y, como tal, también un gran deber. Como sucede con la familia, también la nación y la patria siguen siendo realidades insustituibles» (JUAN PABLO II, Memoria e identidad, Madrid: La Esfera de los Libros, 2005, p. 86). [19] Santo Tomás DE AQUINO, Suma Teológica, II-II, q. 101, a. 1. [20] LEÓN XIII, Sapientiae crhristiane, n. 6. [21] SÉNECA, Epístolas, 66, 26. [22] Mt. 26, 11. Mc. 14, 7. Jn. 12, 8. [23] En la literatura política del Siglo de Oro (siglo XVII), los llamados arbitristas enviaban memoriales al rey proponiendo reformas y soluciones (llamadas arbitrios) para resolver la grave crisis económica del momento y la decadencia del Imperio. Estos autores se lamentaban de que se despreciase en España el trabajo manual y productivo (agricultura, comercio y ganadería) reduciendo el oficio posible de los españoles únicamente a «fraile o soldado». Mientras la nación se despoblaba, y la tierra y los ganados estaban abandonados, España tenía nostalgia del Imperio y dedicaba todas sus energías a recuperar una gloria perdida. Para los arbitristas era hora de ocuparnos de nosotros mismos y olvidarnos de intentar salvar al mundo, siendo «el médico de los demás». Era hora de imitar a otros países del norte de Europa, cultivando los oficios mecánicos y buscando el progreso económico y material. Sancho de Moncada, Diego de Saavedra Fajardo, Mateo Alemán, Miguel de Cervantes o Francisco de Quevedo satirizaban sobre la figura del hidalgo arruinado que prefiere mendigar o ingresar en una orden religiosa antes que ensuciarse las manos trabajando en el campo o en el comercio. [24] Los cronistas de la época hablan de una demanda alta de cautivos procedentes de los reinos del norte (Galicia, León y Castilla) y de los territorios francos. Los varones jóvenes eran destinados al trabajo forzado y al servicio militar, mientras que las mujeres jóvenes engrosaban los harenes como esclavas sexuales y domésticas. También existía un importante mercado de eunucos. [25] En 1480, los célebres mártires de Otranto, en la costa de la península Itálica, son una muestra elocuente del sufrimiento del sur de Europa con la piratería islámica durante varios siglos. [26] Nadie sabe exactamente que es hoy día el fascismo. En el lenguaje sectario de la izquierda, fascismo es todo aquello que se sale de los parámetros marxistas y su filosofía pseudocientífica. [27] En el caso de EE. UU. sucede al contrario. La inmigración hispana podría ser la salvación para una nación poderosa pero atrapada por su condición anglosajona y por lo tanto protestante y racista. Como los cristianos en la Roma pagana, los inmigrantes hispanos podrían erigirse en la sal y la luz de aquellas tierras. De momento, la población católica en EE. UU. ya supera la de España en términos absolutos. [28] Ya lo decía Pío XI, si hubiese justicia social el error comunista habría desaparecido. Pero los ricos se empeñan, y la ley se lo permite, en explotar a los trabajadores, y el número de oprimidos, incontable, en su desesperación abrazan cualquier promesa ilusoria. [29] PONTIFICIO CONSEJO COR UNUM Y EL PONTIFICIO CONSEJO PARA LA PASTORAL DE LOS EMIGRANTES E ITINERANTES, Acoger a Jesucristo en los refugiados y en los desplazados forzosos, 2013, n. 57. [30] En el pecado llevamos la penitencia. Cuando Europa rechazó la doctrina de Pablo VI en Humane Vite, con una política permisiva con la anticoncepción, desligando la sexualidad de la procreación, la suerte estaba echada. La violación del orden natural y del orden sobrenatural será la destrucción de la civilización y después del hombre. [31] «Los inmigrantes, sin embargo, en la mayoría de los casos, responden a un requerimiento en la esfera del trabajo que de otra forma quedaría insatisfecho, en sectores y territorios en los que la mano de obra local es insuficiente o no está dispuesta a aportar su contribución laboral» (PONTIFICIO CONSEJO «JUSTICIA Y PAZ», Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, op. cit., n. 297). [32] «También hoy existen monstruos que acechan estos mares: mafias que trafican con la desesperación, tratantes que esclavizan mujeres y niños y la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación o por el olvido» (LEÓN XIV, Discurso en el puerto de Arguineguín (Mogán, Las Palmas), 11 de junio de 2026). [33] «Deténganse. Conviértanse». «Las lágrimas y la sangre de estos hermanos claman a Dios y sus sufrimientos llegan hasta Él. El dinero arrancado a la vulnerabilidad de los pobres no dará paz, ni honor, ni futuro» (LEÓN XIV, Discurso en la Plaza del Cristo de La Laguna, San Cristóbal de La Laguna, Tenerife), 12 de junio de 2026). León XIV denunció a quienes «convierten el sufrimiento ajeno en negocio», recordando que «por cada vida perdida, cada familia engañada, cada cuerpo sometido, cada mujer amenazada, cada trabajador explotado habrán de comparecer ante la justicia divina» (LEÓN XIV, Discurso en la Plaza del Cristo de La Laguna, San Cristóbal de La Laguna, Tenerife), 12 de junio de 2026). «Vuelvan mientras aún hay tiempo, porque la misericordia de Dios puede alcanzar incluso al pecador más endurecido, pero sólo entra por la puerta estrecha de la verdad, la justicia y la conversión» (Ib.). Para las víctimas de estas mafias, el Papa tuvo palabras de consuelo y esperanza: «si te trataron como una cosa, la Iglesia quiere decirte hoy: eres hija y hermana, eres bendición» (LEÓN XIV, Discurso en el puerto de Arguineguín (Mogán, Las Palmas), 11 de junio de 2026). «Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti; tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo». En cambio, ha asegurado el Papa, «tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte» (ib.). «No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son “cantos de sirenas”, son industrias de muerte» (ib.). [34] Olvidamos con facilidad la cantidad de jubilados que han sostenido con el importe de su pensión a la familia de algún hijo, víctima de alguna de las últimas crisis periódicas que caracterizan a la economía liberal. Este auxilio familiar ha evitado, probablemente, que masas de españoles desheredados se lanzasen a la calle exigiendo una solución, por las buenas o por las malas.









