Las modernas técnicas de la propaganda tienen la extraña capacidad de darle la vuelta a las cosas, mostrar como culpables a quienes no tienen culpa, y evitar que se vea la relación de causalidad entre las ideas perversas y sus resultados. Un fenómeno que el gran Balmes describió como poner tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias.
Así ocurre con el caso de Maricarmen, la famosa inquilina que en gloria esté. Maricarmen, más allá de sus errores (sabía desde 1994 que se iba a terminar el alquiler y tuvo 32 años para buscar una alternativa; habiendo rechazado además las que le ofrecían las administraciones a las que ahora se culpa), no podemos negar que fue una víctima.
Comprendemos que sea una aspiración legítima de mucha gente querer vivir en el lugar donde lo han hecho toda la vida con una mínima estabilidad de derechos y costes.
Maricarmen no pudo. ¿Por qué? Porque la llamada tensión residencial hizo que su barrio y su ciudad pasase a ser objeto de deseo por parte de una alta demanda (incrementada por la llegada de extranjeros), a la vez que la oferta tendía a ser cada vez más escasa por políticas «verdes» que han hecho la construcción más cara y más baja (límites al número de plantas).
En ese contexto de escasez, una ley socialista (la de arrendamientos urbanos de 1994) estableció un equilibrio entre la propiedad y los inquilinos, marcando un plazo final para los derechos adquiridos de los inquilinos antiguos.
Asimismo, un Gobierno socialista puso los medios para ejecutar el desahucio. Un desahucio que, como decimos, deriva directamente de las consecuencias de las políticas socialistas.
En efecto, son las políticas ecosocialistas que han reducido la oferta por buenismo ecológico, y han disparado la demanda favoreciendo la llegada de extranjeros sin medida (a lo cual también ha contribuido el globalismo del PP de Madrid).
Unas políticas socialistas que, a la vez, han renunciado en la práctica a la mejor política de igualdad que se hizo en España en la historia: convertir a la clase baja en clase media a base de facilitarle el acceso a la propiedad inmobiliaria (la desaparición de lo cual es la base de la burbuja del alquiler).
Con las políticas tradicionales de promoción del acceso popular a la propiedad y de límites migratorios, los inquilinos vulnerables no soportarían los males que hoy los acechan.
Pero no nos engañemos: las causas de sus males no están en políticas conservadoras, sino en políticas socialistas. Es pues un error identificar a la derecha como el verdugo de Maricarmen, cuya alma encomendamos.




