El mindfulness (o atención plena) está paulatinamente invadiendo más y más terreno espiritual al cristianismo, y eso asusta. Lejos de quedarse en una práctica residual, el mindfulness lleva ya años acaparando las estanterías de libros de autoayuda del mundo occidental, amén de ser la nueva y más barata solución del corporativismo más salvaje, llenando cupos de formaciones y capacitaciones que intentan reducir el estrés ya crónico de los trabajadores. ¿Y cómo? Enfocando tu mente en el momento presente, sin juzgar, sin criticar. Aquí y ahora, dos palabras que también resuenan en otros aspectos de nuestra actual sociedad. ¿Puede el cristianismo contraatacar? ¿O siquiera sobrevivir?
Es preciso, por una parte, quitarle un poco de hierro al asunto: el mindfulness, como todo, no es ni tan bueno ni tan malo como lo pintan. Está suficientemente demostrado que la meditación y la práctica de la compasión tienen efectos positivos a corto y a largo plazo. Y que convenga despejar la mente y dejarse de agobiar, no hace falta estudio que lo compruebe. Es, sin profundizar, una práctica saludable de la que todos, independientemente de su credo, pueden sacar provecho. No conviene, en mi opinión, demonizarla como algunos hacen.
Dicho lo cual, la imparable invasión del mindfulness y compañía en nuestro achacoso Occidente tiene una explicación más siniestra que el reemplazo de las tradiciones cristianas: el aumento de la productividad en una maquinaria a punto de estallar. Y es que el mindfulness corporativo —esta reducción de las enseñanzas budistas de compasión y desapego— no cuestiona las causas del sufrimiento, ni habla de desigualdades, de precariedad, de tejido social agónico, de corrupción, de natalidad negativa o de codicia institucionalizada. No. El mindfulness responsabiliza al individuo de todo este malestar. ¡Mala gestión suya, pues, si se siente desbordado! Las jornadas extenuantes, el salario que no alcanza, la crisis de la vivienda, la extinción de las tradiciones no aumentan el estrés: el estrés lo aumenta el individuo. Una sesión de meditación, respiración pranayama y las compañías se lavan las manos. ¡Y la gente lo compra!
Es difícil ver el futuro de nuestras sociedades desde un prisma positivo. No obstante, es evidente que solamente un regreso a un sistema de valores fuerte y completo, con unas tradiciones unificadoras extensibles a toda la sociedad, puede acabar con la soledad y la crisis de valores tan devastadora que estamos viviendo. Y no solo acabar con ella, sino iniciar una nueva era de prosperidad. Y esta transformación, en Occidente y más allá, solo la puede abanderar uno: Jesucristo, en Su Iglesia.
El mindfulness promete paz interior, pero el mindfulness corporativo solo enseña a soportar un sistema cada vez más deshumanizado. La verdadera crisis de Occidente no es el estrés: es la pérdida de sentido, comunidad y trascendencia. Compartir en X




