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Natalidad: ideología y confianza en el futuro; la crisis que precede a la vivienda y al salario

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La crisis de la natalidad en España se ha convertido en un lugar común del debate público. Se repiten, casi de forma ritual, las explicaciones materiales: vivienda inaccesible, salarios bajos, precariedad laboral, conciliación deficiente. Todo ello es cierto. Pero es incompleto.

Los datos —cuando se observan con una mínima profundidad comparada— apuntan a una realidad más incómoda: antes de la economía, hay una cultura; antes de la cultura, un sentido religioso; y antes de la decisión de tener hijos, una confianza en el futuro que no se decreta por ley.

Los dos gráficos que acompañan este análisis lo ilustran con claridad.

El primero, procedente de encuestas longitudinales en Estados Unidos, muestra una correlación robusta entre posicionamiento ideológico y natalidad: hombres y mujeres conservadores tienen significativamente más hijos que sus homólogos liberales, y la brecha se amplía con el tiempo.

El segundo, referido a España, refleja el desplome sostenido de los nacimientos de madre española y el creciente peso relativo de la inmigración en el sostenimiento demográfico del país.

Ambos fenómenos no son independientes. Tampoco pueden explicarse únicamente por condiciones materiales.

La ideología como marco previo a la decisión demográfica

Tener hijos no es una decisión de consumo. Es una decisión existencial. Supone, al menos, dos disposiciones previas. La primera es la capacidad de desposesión: aceptar que una parte sustancial de la vida, del tiempo y de los recursos propios se orientará hacia otros. La segunda es la confianza en el futuro: creer que la vida merece ser transmitida y que el mañana no es, por definición, peor que el presente.

Estas dos actitudes —entrega y esperanza— no nacen espontáneamente de una política de vivienda ni de una deducción fiscal. Forman parte de un marco cultural, moral y sobre todo religioso. Y ese marco, nos guste o no, tiene traducción política.

el número de hijos por mujer entre las católicas practicantes se sitúa de forma consistente entre 1,6 y 1,7, muy por encima de la media nacional actual, que ronda el 1,2.

Aunque en España no existan todavía estudios sistemáticos que crucen ideología y fecundidad con la precisión del mundo anglosajón, los datos disponibles apuntan en la misma dirección. Diversas encuestas sociológicas muestran que el número de hijos por mujer entre las católicas practicantes se sitúa de forma consistente entre 1,6 y 1,7, muy por encima de la media nacional actual, que ronda el 1,2. No alcanza el nivel de reemplazo, pero es suficiente para elevar sensiblemente la media global. En contraste, las mujeres que se declaran agnósticas o ateas no alcanzan, ni siquiera, un hijo por mujer.

No se trata de moralizar el dato, sino de interpretarlo. La ideología enmarca la confianza. Y sin confianza en el futuro, la natalidad se desploma, incluso en contextos de bienestar material.

La fragilidad antropológica de la izquierda cultural contemporánea

Este patrón obliga a una reflexión incómoda sobre las ideas dominantes en amplios sectores de la izquierda occidental. No tanto la izquierda social clásica —que sí incorporaba una noción fuerte de comunidad y de sacrificio intergeneracional— como la izquierda cultural contemporánea, centrada en la autorrealización individual, la desconfianza estructural hacia el futuro y la sospecha frente a toda forma de trascendencia.

Una visión del mundo que dificulta la entrega estable y relativiza el futuro común genera, inevitablemente, menos hijos.

Desde esta perspectiva, la baja natalidad no es un “fallo del sistema”, sino casi una consecuencia lógica. Una visión del mundo que dificulta la entrega estable y relativiza el futuro común genera, inevitablemente, menos hijos. No por coerción, sino por coherencia interna.

En cambio, las personas de orientación conservadora y, de manera particular, los cristianos practicantes, mantienen con más fuerza esas dos disposiciones clave: capacidad de sacrificio y esperanza histórica. No porque ignoren las dificultades materiales, sino porque las integran en un horizonte de sentido más amplio.

Demografía, transmisión cultural y cambio religioso

Este diferencial de fecundidad tiene consecuencias de largo plazo. Si existe —como muestran numerosos estudios— una correlación significativa entre la transmisión de creencias de padres a hijos, entonces la demografía acaba transformando el paisaje cultural y religioso.

De hecho, algunos trabajos prospectivos ya señalan que entre las décadas de 2040 y 2060 la proporción de católicos en España podría aumentar respecto a los mínimos actuales. En esta evolución influyen dos factores convergentes. Por un lado, la mayor fecundidad relativa de los católicos practicantes. Por otro, la composición de la inmigración: una parte sustancial procede de América Latina, con un fuerte sustrato católico, y otra pertenece a iglesias cristianas reformadas, lo que refuerza el peso global del cristianismo frente al agnosticismo secular.

Paradójicamente, la secularización cultural puede estar incubando su propio retroceso demográfico.

Conclusión: sin cultura de la esperanza no hay política natalista eficaz

España necesita mejores salarios, vivienda accesible y estabilidad laboral. Sin duda. Pero ninguna política natalista funcionará si ignora el marco cultural previo. Tener hijos no es solo una respuesta a incentivos; es un acto de confianza radical en el futuro y de entrega personal.

Mientras el debate público siga reduciendo la natalidad a una cuestión de ayudas económicas, seguirá fracasando. La pregunta de fondo es otra: ¿qué ideas sobre el hombre, el tiempo y la vida estamos transmitiendo? Porque, al final, las sociedades que no creen en el mañana, sencillamente, dejan de engendrarlo.

Tener hijos exige dos cosas: entrega y esperanza. Sin ellas, no hay política natalista que funcione. #Familia Compartir en X

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