No confundir a los desertores con la nación

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La decisión de Podemos y BNG de ausentarse de la visita del Papa al Congreso de los Diputados se ha justificado, entre otras razones, acusando a la Iglesia de ser «cómplice» de los abusos cometidos por algunos de sus miembros. Es una afirmación grave, pero sobre todo profundamente injusta.

Nadie discute la monstruosidad de los abusos sexuales cometidos por clérigos. Han sido delitos horribles que han causado un sufrimiento incalculable a las víctimas y a sus familias. Precisamente por eso resulta imprescindible hablar con rigor y distinguir entre quienes cometieron esos crímenes y la institución cuyos principios traicionaron.

Cuando un sacerdote abusa de un menor no está actuando conforme a la doctrina de la Iglesia Católica. Está haciendo exactamente lo contrario. Está desobedeciendo aquello que prometió defender y servir. Está traicionando el Evangelio, el sacerdocio y la confianza depositada en él. No representa a la Iglesia; representa su negación.

Resulta llamativo que esta distinción, evidente en cualquier otro ámbito, desaparezca cuando se habla de la Iglesia.

Nadie concluye que la medicina sea mala porque existan médicos que hayan cometido atrocidades. Nadie sostiene que la enseñanza sea perjudicial porque algunos profesores hayan abusado de alumnos. Nadie afirma que la natación sea nociva porque un monitor haya cometido un delito. Sabemos distinguir entre una institución, sus principios y quienes los violan.

Sin embargo, cuando se trata de la Iglesia Católica, algunos parecen empeñados en identificarla exclusivamente con sus peores traidores. Es como juzgar a una nación entera por las acciones de sus desertores.

Además, los Papas han pedido perdón repetidamente por estos crímenes. Lo han hecho una y otra vez, reconociendo el dolor de las víctimas, exigiendo responsabilidades y promoviendo medidas para evitar que semejantes hechos vuelvan a producirse. La propia Iglesia ha afirmado con claridad que esos abusos constituyen una gravísima ofensa contra Dios y contra la dignidad humana.

Por eso resulta especialmente importante la visita del Santo Padre a España. Porque permite escuchar la voz de quien representa aquello que la Iglesia realmente es y pretende ser. No la voz de quienes la traicionaron, sino la de quien está llamado a recordar al mundo su misión de servicio, de defensa de la dignidad humana, de promoción de la justicia y de anuncio de la esperanza.

Reducir la Iglesia a los pecados de algunos de sus miembros es tan absurdo como injusto. Lo que define una institución son sus principios, sus enseñanzas y aquello que propone como ideal, no las faltas de quienes los incumplen.

La Iglesia Católica lleva dos mil años sosteniendo hospitales, escuelas, universidades, misiones, obras de caridad y proyectos de atención a los más vulnerables.

Millones de personas han encontrado en ella consuelo, sentido, ayuda material y esperanza. Esa realidad inmensa no desaparece porque algunos individuos hayan cometido actos repugnantes.

Por eso conviene no confundir a los desertores con la nación. No confundir a los traidores con aquello que traicionaron. La visita del Papa ha ofrecido precisamente la oportunidad de recordar qué representa realmente la Iglesia Católica. Y lo que representa no son los abusos, sino exactamente lo contrario: la defensa de la dignidad de cada persona, especialmente de los más débiles.

Quien quiera juzgar a la Iglesia debería hacerlo por aquello que enseña y propone, no por las acciones de quienes decidieron apartarse de ello. Lo contrario no es justicia. Es prejuicio.

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