Después del mes del Rosario, llega noviembre, tradicionalmente dedicado por la piedad cristiana a los fieles difuntos. La continuidad entre ambos meses nos ofrece una hermosa oportunidad educativa: seguir rezando en familia, ahora recordando de manera especial a quienes «nos han precedido con el signo de la fe y duermen ya el sueño de la paz» (Misal, Canon romano).
El mes de noviembre comienza con dos celebraciones cristianas que conviene contemplar juntas. El día 1 celebramos la solemnidad de Todos los Santos: aquellos que gozan ya de la presencia de Dios, incluidos tantos cristianos que nunca han sido ni serán canonizados. El día 2, en la conmemoración de los Fieles Difuntos, rezamos por quienes han muerto, pidiendo al Señor que los purifique y los acoja en la plenitud de su gloria.
Ambas celebraciones nos recuerdan hacia dónde caminamos y nos invitan a vivir con la esperanza puesta en Cristo resucitado.
Y, lamentablemente, ambas celebraciones están siempre precedidas del espanto de Halloween, que al menos nos obliga a reflexionar sobre qué forma de enfrentar la muerte queremos enseñar a nuestros hijos: la muerte como objeto de juego, algo divertido y macabro, que se presta a broma, o la muerte con un sentido trascendente, con la esperanza de la resurrección.
Porque la muerte es una experiencia que, tarde o temprano, llama a la puerta de todas las casas. Todos vamos a pasar por la dolorosa situación de la pérdida de una persona a la que queremos y la necesidad de acompañar a nuestros hijos ante ella, por no hablar de nuestra propia muerte. Como padres y educadores, a veces querríamos ahorrar a nuestros hijos cualquier contacto con el sufrimiento y con la muerte.
Es comprensible: nos duele verlos sufrir. Pero acompañarlos en su crecimiento exige también ayudarles a afrontar las realidades más duras y difíciles, y desde luego aquellas que sabemos que son “inevitables”, y la muerte lo es y lo va a seguir siendo, por mucho que en nuestra sociedad actual, saturada de soberbia, muchos aspiren a superar todas las limitaciones humanas, incluida la muerte.
Precisamente León XIV nos invita a “aceptar los límites y la fragilidad de la humanidad sin considerarlos un error que haya que corregir” (Magnifica humanitas, 12). Es fundamental, por lo tanto, que intentemos educar a nuestros hijos para reconocer con humildad nuestra condición y aprender a cuidar a quienes experimentan de manera concreta su propia fragilidad, la debilidad y el sufrimiento que, tarde o temprano, a todos nos llegarán.
La muerte de un abuelo, de un familiar o de alguien cercano debe dar paso a una conversación sobre el amor, la familia, la fragilidad humana y nuestra confianza en Dios, sobre la vida y la muerte. Porque saber llorar también es un aprendizaje cristiano. Ante la muerte lloramos todos, cristianos y descreídos, pero los cristianos, por la fe, lloramos con esperanza. Jesús mismo lloró ante la muerte de su amigo Lázaro. Sería injusto pedir a un niño que no esté triste cuando falta su abuelo, como si echarlo de menos revelara falta de fe. La tristeza expresa también cuánto hemos amado a esa persona. ¡Hemos amado y amamos aún!, porque nuestro amor sigue alcanzando también a los difuntos, puesto «que el amor puede llegar hasta el más allá» (Benedicto XVI, Spe salvi, n. 48). De esta manera, la comunión de los santos nos permite comprender que nuestra pertenencia a Cristo mantiene unidos a los que peregrinamos en la tierra, a aquellos que se purifican en el purgatorio y a todos los que gozan ya de la gloria de Dios en el cielo. Y así nuestra oración por los difuntos es una expresión real de ese amor que sigue buscando su bien, y manteniendo un lazo y una unión que va mucho más allá de lo meramente sentimental y emotivo.
La oración por aquellos que nos han precedido siempre ha ocupado un lugar especial en la tradición cristiana, iluminada por la certeza de la resurrección y por la llamada a la santidad, común a todos los cristianos.
Cuando yo era niño – ¡no hace tantos años…! – acostumbrábamos a rezar en familia por las almas benditas del purgatorio. Ya fuese al final del rosario o de cualquier otra oración, no faltaba un Padrenuestro por las almas benditas del purgatorio. ¿Dónde ha quedado esta venerable costumbre en la piedad cristiana y en las oraciones que actualmente enseñamos en nuestras catequesis? ¿Qué fue de ella en la predicación? Por eso creo que tiene pleno sentido recuperar noviembre como mes de los difuntos. ¡Cuánto contenido educativo hay en la tradición de la Iglesia, y en su manera de ayudarnos a entender el sentido pleno y último de la vida y de la muerte!
Esa llamada a la santidad que recordamos en noviembre, asociada a la oración por los difuntos, se concreta para la mayoría de nosotros en el cuidado y atención de la vida familiar, en el trabajo bien hecho y entregado y en la atención a quien tenemos a nuestro lado.
De esta manera, la esperanza del cielo, la certeza de la resurrección futura y el legítimo y santo deseo de ver la gloria de Dios cara a cara nunca son para el cristiano auténtico una huida del mundo ni de sus responsabilidades más directas, sino precisamente acicate para vivir cada minuto del día con plenitud de sentido y de entrega, como lo hizo Nuestro Señor durante su vida terrena.
Quiera Dios que este noviembre encontremos tiempo para rezar por nuestros difuntos y por las almas benditas del purgatorio. Y también para acompañar con delicadeza a quienes sufren una pérdida, a quienes están más solos y desamparados.
Y que nuestros hijos descubran, al vernos rezar, que pueden confiar en Jesucristo también cuando sienten tristeza y desamparo.
¡Cristo ha vencido a la muerte y nos llama a compartir su vida para siempre!




