Octubre, el mes del Rosario: historia y sentido de una devoción

Iglesia

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En la tradición católica permanece octubre como el mes del Rosario por excelencia, una costumbre muy arraigada en una espiritualidad que hoy probablemente muchos consideran «demasiado tradicional».

Rezar nunca ha estado de moda, seamos realistas. Y, puestos a rezar, rezar el Rosario muchos lo consideran “de nota”. De hecho, en la actual pastoral de la Iglesia, a veces tan llena de reparos y componendas para no resultar invasiva, y de temores de presentar actividades y formas de oración que puedan interpretarse como “aburridas”, creo que el Rosario no ocupa el primer puesto entre las oraciones de los catecumenados. Sin embargo, la Santísima Virgen no tuvo reparos en recomendar el rezo diario del Rosario a tres pastorcitos de Fátima que no levantaban dos palmos del suelo.

Es sabido que la relación entre el mes de octubre y la devoción al Santo Rosario tiene su origen en la batalla de Lepanto. Desde ese memorable 7 de octubre de 1571 al hecho de que octubre llegase a ser “el mes del Rosario”, hay un largo camino.

El día de la victoria se enfrentaban en las aguas del Golfo de Patras, cerca de Lepanto, la temible flota del Imperio otomano y las fuerzas de la Santa Liga, coalición promovida por el papa san Pío V, integrada en su mayor parte por la Monarquía Hispánica, Venecia y los Estados Pontificios. Al frente de la armada cristiana estaba un jovencísimo don Juan de Austria, hijo natural de Carlos V y hermanastro de Felipe II.

La victoria cristiana se entendió desde el principio como un signo de especial protección de la Virgen a la cristiandad, más aún teniendo en cuenta que Pío V había promovido intensamente el rezo del Rosario para implorar el auxilio de la Virgen ante la batalla.

La tradición señala a san Pío V como beneficiario de una información directa de la victoria, transmitida de manera sobrenatural, antes de que llegasen a Roma noticias por los medios ordinarios. Más allá de la veracidad de semejante “deferencia del cielo” al papa, imposible de confirmar históricamente, la anécdota contribuye a entender el carácter épico, la enorme repercusión y el alcance religioso que la victoria tuvo en toda la cristiandad.

¡Fuit homo missus a Deo, cui nomen erat Ioannes! Es conocidísima también la anécdota del elogio a don Juan de Austria tomado del prólogo del evangelio de san Juan y atribuido al papa Pío V.  «Hubo un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan» (Jn 1, 6). No es pequeño elogio, y menos viniendo de un papa santo: aplicar a don Juan de Austria una cita en la que el evangelista alude nada menos que a san Juan Bautista, evidencia hasta qué punto se consideró al jovencísimo comandante español como un instrumento de la Divina Providencia.

Hoy en día, nos cuesta mucho entender estas situaciones. Nosotros, personas de fe tan débil, enseguida leemos anécdotas de este tipo como una exageración, incluso, si me apuran, como una irreverencia “¡Menuda falta de respeto, comparar a don Juan de Austria con san Juan Bautista!”, pensamos con facilidad.

En realidad, creo que deberíamos ser capaces de ver en esta clase de momentos históricos el reflejo de una sociedad que tenía una fe recia, y que era capaz de leer los acontecimientos de la historia desde una perspectiva cristiana y religiosa, algo que para nosotros es poco menos que imposible, en tantas ocasiones.

Después de Lepanto, a los pocos meses de la victoria, en marzo de 1572, el mismo papa san Pío V instituye la celebración de Nuestra Señora de la Victoria, como acción de gracias por el triunfo de la Liga cristiana. El año siguiente, Gregorio XIII establece la celebración de Nuestra Señora del Rosario el primer domingo de octubre, inicialmente vinculada tan solo a las cofradías del Rosario. Hay que tener en cuenta que la victoria del 7 de octubre del 1571 cayó en domingo, primer domingo de octubre, jornada que las cofradías solían ya dedicar de manera especial a la devoción y rezo del Rosario. Hubo que esperar hasta 1716 para que Clemente XI extendiera la fiesta del Rosario a toda la Iglesia latina, y a 1913 para que san Pío X fijase la fiesta el día 7 de octubre, dejando de ser “fiesta móvil” como hasta entonces.

¿En qué momento comienza a ser considerado octubre como “el mes del Rosario”? Pues aquí tenemos que retroceder unos pocos años al pontificado de León XIII, que ha venido a ser recordado como el papa del Rosario. En su carta encíclica Supremi Apostolatus Officio, publicada en 1883, animaba a toda la Iglesia a dedicar octubre de manera especial al rezo del Santo Rosario:

No sólo excitamos vivamente a todos los cristianos a dedicarse pública o privadamente y en el seno de sus familias a recitar el Santo Rosario y a perseverar en este santo ejercicio, sino que queremos que el mes de Octubre de este año se consagre enteramente a la Reina del Rosario. Decretamos por lo mismo y ordenamos que en todo el orbe católico se celebre solemnemente en el año corriente, con esplendor y con pompa la festividad del Rosario, y que desde el primer día del mes de Octubre próximo hasta el segundo día del mes de Noviembre siguiente, se recen en todas las iglesias curiales, y si los Ordinarios lo juzgan oportuno, en todas las iglesias y capillas dedicadas a la Santísima Virgen, al menos cinco decenas del Rosario, añadiendo las Letanías Lauretanas”.

Y también, en su encíclica Superiore Anno, el mismo León XIII recordó expresamente que el año anterior había dispuesto que la Virgen fuese honrada mediante el Rosario durante todo el mes de octubre.

Así las cosas, podemos tomar el año 1883 como la referencia para lo que podría considerarse propiamente el origen de octubre como mes del Rosario, tal y como actualmente lo conocemos en la Iglesia.

Ante todo, tengamos en cuenta que el rezo del Rosario no es para nosotros simplemente el recuerdo de una victoria militar – fundamental en la historia, pero lejana para nosotros – ni menos aún una oración reservada a tiempos de especial dificultad. Es más bien una forma de contemplar, acompañados de María, los grandes misterios de la vida de Jesucristo. Así nos lo enseñó la santidad del gran Juan Pablo II, en su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae:

“Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo”. (N. 3)

“El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría”. (N. 12).

Que la Santísima Virgen María, Nuestra Señora del Rosario, nos ayude a avanzar en el camino que marcó a los santos pastorcitos hace más de 100 años, y con ellos a toda la Iglesia universal: el camino del Santo Rosario, ¡el camino de la contemplación!

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