Hoy en el cierre de su mensaje para la XXXIV Jornada Mundial del Enfermo , el papa León XIV concentra el sentido pastoral de su texto en un gesto sencillo y profundamente católico: elevar una plegaria a la Virgen María, “Salud de los Enfermos”, y proponer una antigua oración familiar para quienes viven la enfermedad y el dolor.
Tras recorrer la parábola del Buen Samaritano como imagen de la compasión activa —una compasión que se detiene, mira, cura y acompaña— el Pontífice cambia el tono: de la exhortación a la acción, pasa a la súplica. Ese giro final es el corazón espiritual del mensaje: la caridad que cuida necesita una fuente, y esa fuente, insiste, es Dios; por eso termina pidiendo la intercesión materna de María por quienes sufren.
“Salud de los Enfermos”
“Elevemos nuestra oración a la Bienaventurada Virgen María, Salud de los Enfermos; pidamos su ayuda por todos los que sufren, los necesitados de compasión, escucha y consuelo”, escribe el Papa antes de introducir la plegaria.
La elección del título mariano —Salud de los Enfermos— coloca a María como presencia de cercanía, justo en la línea del samaritano que no pasa de largo. El mensaje ha hablado de heridas, de tiempos entregados, de manos que curan y de comunidad; la oración final condensa todo eso en clave espiritual: pedir ayuda, pedir consuelo, pedir intercesión.
La “antigua oración” que el Papa propone rezar en familia
El Papa no inventa una fórmula nueva. Presenta una oración “antigua”, “que se rezaba en familia” por quienes atraviesan la enfermedad. Dice así:
Dulce Madre, no te alejes,
tu vista de mí no apartes.
Ven conmigo a todas partes
y nunca solo me dejes.
Ya que me proteges tanto
como verdadera Madre,
Haz que me bendiga el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo.
Leída con atención, la oración tiene tres movimientos muy claros —y muy humanos— para quien está enfermo:
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Pedir presencia: “no te alejes”, “no apartes tu vista”, “ven conmigo”. No se pide primero curación, sino compañía.
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Pedir protección materna: “me proteges tanto como verdadera Madre”. La enfermedad suele traer vulnerabilidad; la plegaria responde con la imagen de una madre que guarda.
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Pedir bendición trinitaria: culmina en el deseo de la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, como si la Virgen condujera al enfermo a un abrazo mayor: Dios mismo.
Por qué el Papa termina ahí
El texto había insistido en que la compasión cristiana no es solo un esfuerzo individual: se vive en relación —con el que sufre, con quienes cuidan y con Dios— y debe hacerse “social”, comunitaria. En ese marco, la oración final funciona como la síntesis espiritual de todo el mensaje:
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Si la parábola enseña a hacerse prójimo, la oración pide no quedarse solo.
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Si el samaritano entrega tiempo y cuidado, la oración pide una presencia que no abandone “a todas partes”.
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Si el mensaje reclama una caridad enraizada en Dios, la oración acaba explícitamente en la bendición trinitaria.
El Papa, en definitiva, cierra poniendo en labios del pueblo una plegaria que encarna lo que el mensaje predica: compasión que acompaña.
El Papa elige terminar con una frase que resume toda la esperanza del enfermo: “y nunca solo me dejes”.








