¿Para qué la Iglesia? …y ¿por qué no? (y III)

Y en esas estamos, como vemos en el artículo anterior de esta serie. Hasta que crean por las buenas en la Iglesia y su Cabeza, Jesucristo. O bien, también será posible que le obliguen al Amor de los amores a hacerlo por las malas. Puesto que será Él, y no otro, el que un día vendrá a liberarnos a todos, sí, pero después de mucho mal que nos estamos provocando nosotros mismos, como ya empezamos a comprobar con el cambio climático, las guerras, el caos personal, social y familiar; las ansiedades e inestabilidades mentales, la pobreza extrema, la perversión sexual, el aborto, la eutanasia… y con ellas la contradictoria primacía de la muerte sobre la vida.

“¡Y no queréis venir a mí, para tener vida!”, nos grita Jesús (Jn 5,40). No obstante, si Él es Vida y es Rey, con Él viviremos y reinaremos los que a Él le sigamos. “De nuevo vendré y os llevaré junto a mí, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros” (Jn 14,3). “Si sufrimos con Él, reinaremos con Él” (2 Tim 2,12). Ciertamente, será por sorpresa. “El día y la hora nadie los sabe, ni los ángeles del Cielo, ni el Hijo, solo el Padre” (Mc 13,32).

Pues sí. Los pobres felices elegidos reinaremos aquí en la Tierra y allá en el Cielo, de la mano de Jesús Rey, que vendrá a coronar a su Iglesia en la pobreza. Solo falta que queramos reinar, pero para ello será necesario que actuemos aplicándonos sabiamente en el advenimiento del Reino. Ya sabemos que la participación de los seguidores de Cristo en la vida pública pertenece a la esencia del cristianismo, por mandato explícito y directo de Jesús a sus apóstoles: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura” (Mc 16,15). “Expulsad demonios” (Mt 10,8). Posteriormente a la muerte de Jesús, lo atestigua de palabra y de obra san Pablo (el Apóstol de los gentiles) en todas sus cartas del Nuevo Testamento, escritas tras su conversión. Fue ni más ni menos que la consecución del mandato del Señor en su conversión, según palabras de Ananías: “Serás su testigo ante todos los hombres de lo que has visto y oído” (Hch 22,15).

Si tomamos los socialismos y los capitalismos, la Doctrina Social de la Iglesia no es tercera vía política, sino el modo de caminar ineludible con cualquier sistema de gobierno humano lícito. Con ellos y en ellos, habrá que interpretar y aplicar correctamente la praxis y la globalidad del mensaje cristiano a la luz del Bien y la Verdad en Dios, siguiendo los pasos de nuestro divino Maestro.

En esa perspectiva tan amplia, habrá que advertir, asimismo, que, a medida que avanza el Mal, constatamos que la vida de la Iglesia es el pálpito del mundo, su propia alma, su esperanza. Así es, puesto que “yo soy la puerta”, nos asegura Jesús (Jn 10,9). Observemos que la puerta está en y nos la abre la Iglesia, que es nuestro redil, nuestro aprisco. “El que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, ese es ladrón” (Jn 10,1).

Por otro lado, no olvidemos jamás que la Virgen nos introduce como Madre en la Vida sin fin de su Hijo, con y por Amor de Madre. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, le confía Jesús desde su Cruz el apóstol Juan, antes de recalcarle al apóstol: “Ahí tienes a tu Madre” (Jn 19,26-27). Y por eso la tenemos como Madre. Porque es Madre de la Iglesia y Puerta del Cielo, como recitamos en las letanías del Rosario. Ella es nuestra Letanía. Letanía del Universo. Reina del Cielo. Nuestra Reina. Y, si reinamos con su Hijo, con ellos reinaremos eternamente.

Concluyamos, pues, nuestra disertación con el aire fresco del Paraíso. “Al que venza le daré a comer del Árbol de la Vida que está en medio del Paraíso de Dios” (Apc 2,7). Como hemos visto, no caminamos solos, sino acompañados de nuestros hermanos cristianos y con los demás hombres y mujeres de buena voluntad, en la promesa de la Gloria. “Quien venza no será dañado por la segunda muerte” (Apc 2,11). “Si Cristo no ha resucitado, vana es vuestra fe (…). Ahora bien, Cristo ha resucitado (…). Como por un hombre vino la muerte, también por un hombre la resurrección de los muertos” (1 Cor 14-21). “Si perseveramos, también reinaremos con Él” (2 Tim 2,12).

¡Esa es nuestra fe! Juntos la vivimos en la Iglesia, y juntos crecemos. Por eso es perseguida, por eso nos persiguen y por eso nos perseguirán. Como nos advierten la parábola del tesoro escondido y la de la perla (Mt 13,44-50), ese es el precio a pagar por el Tesoro. ¡Hay que darlo todo! En la Gloria lo disfrutaremos. Seremos –al fin- la Iglesia triunfante. “Ni ojo vio, ni oído oyó, ni por mente humana han pasado las cosas que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Cor 2,9). Y no será que todo comience, sino que, como dicen las buenas novelas, ¡continuará! nuestra película sin fin…, entonces ya con el final feliz en nuestras manos e hinchiendo nuestros corazones. ¡Final sin fin!

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