El Reino Unido acaba de dar un paso importante contra la pornografía. Y, al hacerlo, ha puesto de manifiesto una de las grandes contradicciones de nuestra civilización: reconocer los daños que produce la pornografía y, simultáneamente, mantener la ficción de que, en general, es una actividad inocua, siempre que exista consentimiento entre adultos.
A partir del 6 de noviembre de 2026, en Inglaterra y Gales será delito poseer o difundir determinadas imágenes pornográficas que representen estrangulamientos, incesto o actividades sexuales simuladas con menores de dieciséis años. La Crime and Policing Act 2026 introduce estas prohibiciones porque el Gobierno reconoce que determinadas representaciones sexuales pueden normalizar conductas peligrosas o delictivas.
La decisión contiene una contradicción de fondo, señalada por Niall Gooch en First Things: ¿por qué determinadas imágenes pueden modificar peligrosamente los comportamientos, mientras se presupone que la inmensa mayoría de las restantes carece de consecuencias?
El gran error: considerar inocua la pornografía ordinaria
La premisa implícita es que la pornografía solo resulta perjudicial cuando representa prácticas extremas. Pero esta separación entre imágenes peligrosas e imágenes supuestamente inocentes resulta antropológicamente insostenible.
La pornografía no es una simple sucesión de imágenes. Es una representación de la sexualidad que educa el deseo, configura expectativas y contribuye a construir imaginarios sobre las relaciones humanas.
Esto no significa que todos sus consumidores experimenten idénticas consecuencias ni que cualquier exposición provoque un daño demostrable. Significa algo bastante más importante: que no existe fundamento para atribuirle, como punto de partida, una neutralidad moral y social.
La ciencia proporciona razones para cuestionarla.
Un metaanálisis publicado en el Journal of Addictive Diseases, que reúne 41 estudios y 70.541 participantes, encuentra una asociación negativa, aunque de pequeña magnitud, entre el consumo de pornografía y la satisfacción sexual.
Otra revisión de 2025, basada en 44 investigaciones longitudinales sobre adolescentes, identifica asociaciones con comportamientos y actitudes sexuales, aunque advierte que los resultados son heterogéneos y no permiten establecer relaciones causales universales.
Hay una realidad adicional. La clasificación internacional de enfermedades de la OMS reconoce el trastorno por comportamiento sexual compulsivo, que puede incluir el uso problemático de pornografía y afectar gravemente a las responsabilidades personales, familiares y profesionales.
Cuando el consumo se vuelve compulsivo, puede deteriorar la atención, la motivación y el desempeño laboral. El problema no termina en la intimidad del consumidor.
Mi teoría de la desvinculación, expuesta en La sociedad desvinculada, describe el proceso mediante el cual nuestras sociedades sustituyen las relaciones estables, las obligaciones recíprocas y las instituciones de pertenencia por vínculos frágiles, reversibles y subordinados a la satisfacción individual.
La pornografía constituye una expresión especialmente significativa de este proceso.
En la relación sexual humana concurren dimensiones que no pueden separarse sin consecuencias: corporalidad, afectividad, intimidad, confianza, responsabilidad y apertura a una comunidad de vida.
La pornografía, por el contrario, ofrece una experiencia sexual que puede prescindir completamente del otro como sujeto de relación. El otro aparece como imagen disponible, instrumento de excitación, objeto de consumo.
Es la sexualidad desvinculada llevada a su expresión más radical: satisfacción sin reciprocidad, placer sin responsabilidad y deseo sin encuentro personal.
Desde luego, una persona puede distinguir entre ficción y realidad. Pero la repetición de un determinado imaginario puede contribuir a conformar preferencias y expectativas. Precisamente este es el principio que admite el legislador británico cuando prohíbe ciertas representaciones violentas.
¿Por qué, entonces, negarse a considerar sus implicaciones en el conjunto del fenómeno?
La cuestión no consiste únicamente en saber si la pornografía genera comportamientos delictivos. Consiste también en preguntarse qué concepción de la persona, del cuerpo y de la relación entre hombre y mujer está contribuyendo a normalizar.
La revolución sexual ha elevado el consentimiento a criterio prácticamente exclusivo de legitimidad moral.
Sin embargo, consentir es una condición necesaria de las relaciones sexuales, pero no suficiente para afirmar que todo aquello que se consiente es bueno, saludable o socialmente indiferente.
La pornografía industrial explota justamente la reducción de la sexualidad al consumo, convirtiendo la intimidad en mercancía y el deseo en una fuente permanente de rentabilidad.
Inglaterra y Gales aciertan al establecer límites y al proteger a los menores mediante verificaciones de edad. Pero una política pública coherente debería ir más allá.
Necesitamos educación afectiva, fortalecimiento de las familias, responsabilidad de las plataformas digitales, protección efectiva de los menores y una cultura que restituya el significado humano de la sexualidad.
Porque una sociedad no se desintegra solamente cuando crecen la violencia o la delincuencia. También se debilita cuando pierde la capacidad de amar, de comprometerse y de construir vínculos duraderos.
La gran mentira de la liberación sexual consiste en haber presentado toda desvinculación como una conquista de libertad, sin preguntarse cuánto de nuestra humanidad desaparecía con ella.
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El Reino Unido admite que ciertas imágenes pornográficas modifican conductas peligrosamente. ¿Por qué presupone que el resto de la pornografía es socialmente inocua? Compartir en X









