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Progreso y libertad

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A medida que pasan los años, cuando llega esa mediana edad que conlleva replantearse qué es eso de la vida y qué es eso de la finalidad que contiene, uno no tiene más remedio que argumentar que la vida, y su finalidad, no es otra cosa que hacer lo que tienes que hacer en cada momento y presumir de haberlo conseguido. Es decir, estar orgulloso de estar donde estás. Resulta convincente cuando tu conciencia, serena y lúcida, te hace ubicar tus anhelos y búsquedas en realidades que son palpables, humanas y concretas. Aunque todos corramos el riesgo de querer escaparnos o evadirnos en algún momento…

Corremos el riesgo de querer huir de nuestra propia vida, de creer que la vida de los demás siempre es mejor, o de creer que tendríamos la capacidad de montarnos otra vida con tranquilidad y sin esfuerzo. Dejando de lado los falsos eslóganes de que los 40 son los nuevos 30 y toda esa sarta de lemas primermundistas, debería ser el momento de manifestar el orgullo verdadero de haber logrado llegar a eso que querías llegar. E incluso, aun no queriéndolo, haberte dejado sorprender por lo que en la vida ha acontecido fuera de los márgenes de nuestras expectativas. ¿Es lógico pensar si otra vida hubiera sido posible? ¿Mejor? ¿Peor? Si de haber tomado otros caminos, ¿hubiese sido diferente?

El error común en nuestros días es machacar con insistencia que vida solo hay una y que hay que disfrutarla, que no hemos venido a sufrir, que cambies todo aquello que no te gusta de lo que tienes, que a rey muerto rey puesto, y una retahíla de frases simplistas… No seré yo, por otro lado, quien abogue por la resignación, por el aplomo insulso o por la mediocridad vital. Pero esa especie de psicosis experimental, importando en última instancia nuestra parcela de existencia acomodada no es otra cosa que una trampa de manual, una estrategia de control que no deja de pasar de una etapa vital donde no se han establecido ciertos filtros existenciales. Quizás era a esa especie de falta de autoanálisis crítico a lo que algunos llamaban progreso, a emanciparse tomando como base los libros de autoayuda y haciendo de su vida una especia de película a medio camino entre el glamur y la vulgaridad.

El progreso

Cuanto más logramos desprendernos de aquello que nos cuesta para poder sortear dificultades, cuanto más tiempo dedicamos al autocuidado y la terapia, cuanto más se habla de salud mental, más sensación de soledad y abandono sentimos. No deja de ser curioso que en la época en la que nos creemos más libres, disponemos de menos espacios de encuentro y menos tiempo para el diálogo sosegado. El progreso, esa supuesta quimera social a la que un día todos llegaremos, no ha sido más que una falsa prebenda para unas generaciones que nos hemos visto estafadas, engañadas y manipuladas.

El progreso era tener una casa propia, un trabajo estable, un lugar dentro de la clase media social con un poder adquisitivo solvente con el que formar una familia funcional donde reinara el equilibrio. La casa propia es imposible si no te toca la lotería o tu familia provee de un caudal necesario para su adquisición. El trabajo, cuando te llega, es una suerte de privilegio al que debes de darle todo tu tiempo, dejando de lado tu proyecto de vida personal -matrimonio, hijos, cuidado y atención de familiares…- si quieres llegar a algo y así favorecer el engranaje capitalista al que nos hemos acostumbrado. ¿Es esto a lo que llamábamos progreso? ¿O hemos creado una brecha generacional, y de sentido, que tardaremos en resolver?

La libertad

Quizás el progreso, como digo, ha sido un baluarte generacional en otras épocas, siendo este la meta de nuestros abuelos y padres, pues “progresar en la vida” era la ilusión de todo buen ciudadano honesto y cumplidor. La labor realizada, el trabajo bien hecho, te aseguraba un porvenir, una estructura vital, un orden existencial.

En la actualidad eso se ha visto trastocado, las reglas de juego con las que se contaban se han visto modificadas y, en ocasiones, urdidas y trampeadas. El foco de la línea ontológica definida para nuestro presente se ha visto, por consiguiente, emborronado. La familia, la comunidad, la solidaridad, han sido relegadas a un segundo o tercer plano, haciendo de nuestro día a día una especie de supervivencia en la que el ritmo de vida nos come por completo, haciendo de los demás los siervos de nuestras apetencias y necesidades. La vida a contrarreloj.

El multitasking se ha erigido como objeto de valor, ser alguien capaz de realizar muchas cosas a la vez es sinónimo de valía y de compromiso, confundiendo la efectividad y la polivalencia con una dedicación exclusiva y completa por el trabajo. ¿No es, por tanto, digno el trabajo? El trabajo es digno tanto en cuanto dignifique a la persona, la haga mejor, la plenifique, la dote de significado; es por ello por lo que todo trabajo debería cumplir con esas premisas, dotando a las personas de tiempo para poder disfrutar del trabajo bien hecho.

¿Qué es, entonces, la libertad plena y plenificadora que debe hacernos vivir? Aquella que nos devuelva al origen fundacional del Hombre, aquel que identificó la alegría de vivir en armonía con su creador, dotando a la naturaleza del significado genuino y de la comunión con sus iguales sabiendo que la libertad no es otra cosa que donación y que en esa entrega, olvidada hoy, el progreso puede volverse a hacer realidad, haciendo del trabajo un elemento complementario y necesario en la dedicación a la proyección antropológica del ser. Una realidad consecuente y testificadora que surge en demasía como anhelo en el corazón de toda persona que sepa de su existencia: poder y llegar a ser en verdad, en bondad y en belleza. Solo entonces el progreso y la libertad casarán para hacer del mundo un lugar renovado y habitable.

Poder y llegar a ser en verdad, en bondad y en belleza. Solo entonces el progreso y la libertad casarán para hacer del mundo un lugar renovado y habitable. Compartir en X

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